Nadie por la calle

El descubrimiento del mundo

Hubo un tiempo en que me dedicaba a buscar el significado más profundo de las cosas, convencido de ser una especie de sabueso hermenéutico que vagaba por el mundo, pero cuando cumplí los doce dejé de hacerlo. Aunque entonces no habría sido capaz de expresarlo correctamente, pasados los años he terminado reconociendo que abandoné toda búsqueda de una explicación de lo que podrían llamarse esquemas de significado subjetivos o temáticos para reemplazarla por un simple bosquejo de descripciones de casos específicos de los que podía, al menos, sacar conclusiones, aunque inconscientes, que me permitirían entender el mundo y el modo en que éste me afectaba. Dicho de otra forma: aprendí a aceptar el mundo tal como era. Dicho aún de otra forma: me daba igual.

X, Percival Everett

 

hitchcock-reads-book.jpg

El voto popular

Los tranvías no deberían ser modernos y nunca nunca nunca, bajo ningún concepto, uno debería vivir en una calle llamada Cantando bajo la lluvia o Con faldas y a lo loco, por muy buenas películas que sean. Eso te condiciona a que te den de hostias en el patio del colegio, y ya se sabe que los estamentos del recreo son inamovibles.

A las niñas lo que nos condicionaba era la edad en la que te ponías un sujetador por primera vez y si tenías pueblo para el verano. Tener pueblo significaba que a los doce te habían dado un morreo y a los catorce ya te habían tocado una teta. Eso te convertía en alguien popular hasta los dieciséis, cuando los tíos del instituto preferían que sólo usaras la lengua para lamer Chupa Chups. Los volubles eran ellos, no nosotras.

A mi madre que yo viviera condicionada le daba exactamente igual. No muerdas la mano que te da de comer, repetía, acuérdate de Goya, que odiaba la guerra pero bien que la usó para hacer un montón de cuadros. Esa fue su razón para que yo llevara deportivas blancas lisas y lasas mientras todas las niñas se ponían cordones de colores y chapas de latas de Coca-Cola. El blanco pega con todo y no hay discusión. A mí no me condicionaron las niñas, pero sí mi madre.

Mi ciudad está condicionada por ser una capital de provincias que no se conforma con serlo, que tiene un tranvía moderno y que hay gente que le gusta vivir en el 10 de Un americano en París. Todo son decisiones del Ayuntamiento, que dice que beber en la calle está mal, que es feo, pero partir la ciudad en siete y hacer obras es infinitamente mejor, ya que condiciona a los ciudadanos a votar en las elecciones agradeciendo de rodillas tanta novedad. Eso son las conclusiones que sacan tras horas de reuniones, con la corbata aflojada y los últimos movimientos de las tarjetas de crédito en bandejitas de plata.

Mamá tenía razón; el blanco pega con todo.

pink-ladies-grease-live

No soy esa clase de chica

Que La vida sexual de las gemelas siamesas fuera el primer libro que leí en 2016 tuvo mucho de impulso frenético y nada de querencia. Casi pareció que estaba escogiendo un libro prohibido, como si hubiera descargado a propósito una película porno. El libro de Irvine Welsh ha sido mi experiencia más cercana a engancharme a un reality denigrante: en las primeras páginas todo me parecía chillón y sacado de contexto, a la mitad seguía leyendo sin saber si me gustaba, y durante las últimas cien páginas no soltaba el libro y pedía a gritos más detalles sórdidos. Terminé el libro casi jadeando, habiendo disfrutado muchísimo de tanta página tóxica, algo parecido, supongo, a estar todo el día colocado.

El costumbrismo sigue estando de moda aunque sus propios autores lo nieguen. Si Welsh dio en la diana cuando publicó Trainspotting hace muchos años, su última novela prefiere diseccionar con mucha sorna y algo de exageración ese culto al cuerpo que convive con el contraste de la onmnipresente obesidad mórbida y grasienta. Las obsesiones de esta novela son mucho más universales que la de su gran éxito: comida, salud, perfección emocional y sexo, sexo, sexo, y después más sexo.

El pasado domingo Tentaciones de El País dedicaba la portada a la todopoderosa Lena Dunham y a su capacidad de ser, gracias a Girls, si no la voz de su generación, una voz (bastante fuerte) de una generación (que no grita nada ). Con la serie de Dunham me hubiera gustado que me pasara algo parecido con el libro de Welsh, pero las obsesiones de las cuatro amigas me hacen enarcar continuamente las cejas y reprimir el impulso de darles alguna bofetada. Incluso con el paso del tiempo, que es cuando han empezado realmente a diferenciar el sexo del amor, y han conseguido apaciguar esa necesidad  de atención constante, no veo a cuatro amigas buscando su sitio e intentando entender lo que les rodea, sino cuatro egos que mientras están perdidos sólo se entretienen contemplando su deslumbrante reflejo en el espejo del baño. Hannah, Marnie, Shoshanna y Jessa se me asemejan infinitamente más a las adolescentes protagonistas de Clueless que a las cuatro fabulosas hermanas de Mujercitas. En una serie sobre el universo femenino y lo retorcida que puede ser a veces la amistad entre chicas, es curioso que los únicos personajes capaces de avanzar, aceptar sus contradicciones o convivir con ellas de una forma adulta sean los dos chicos principales.

Ellas, tan narcisistas, manipuladoras y abofeteables, siguen convencidas de pertenecer a esa generación especial que no necesita aprender absolutamente nada sobre nada, y mucho menos de recapacitar tras sus errores. Para que pudiera empatizar un poco más con las cuatro chicas, Lena Dunham debería dar más espacio a historias que no fueran exclusivamente las suyas.

GirlsHBO.jpg

Actualmente, la serie Girls acaba de empezar su quinta y penúltima temporada.

 

 

Todas las canciones hablan de mí

Y luego estaban todas esas cosas que los adultos nos prohibían cuando éramos niños, como ducharnos con el agua ardiendo, morder las tostadas del desayuno que estuvieran quemadas, saltar encima de una cama, bañarnos sin hacer las tres horas de digestión en verano y, por supuesto, alimentar a un Gremlin pasadas las doce de la noche. Era imposible no reírse con desdén de todas aquellas historias de terror en las que niños desobedientes acababan perdidos por el bosque, abducidos por la luna o tragados por el espejo de los baños del colegio. A nosotros jamás nos iban a pasar esas cosas horribles porque para empezar, eran todas mentira, y para terminar, nosotros éramos mucho más listos que ellos. Estábamos protegidos por todos los superhéroes de nuestra infancia, Michael Jordan, Bart Simpson, los primos mayores, las Nike Air y las pistolas de juguete.

La infancia fue afortunadamente fácil, de una forma casi insultante, porque nunca había que hacer nada importante. La adolescencia hubiera sido parecida de no ser por la publicidad, las historias de sexo en las revistas y el renacer del Britpop, pero no recuerdo el momento exacto en que decidimos desconectarnos del mundo. Nos educaron con tanto amor, tanta posibilidad y tanta promesa que jamás detuvimos el tiempo para agacharnos y anudarnos fuertemente los cordones.

Ahora, casi quince años después de todo aquello, parece que hemos vivido cuatro vidas pero en ninguna de ellas hemos sido capaces de deletrear sin equivocarnos el alfabeto. La culpa no ha sido del todo nuestra, aunque jamás debimos burlarnos de las fábulas. Nunca llegaron a abducirnos los extraterrestres pero cada vez que nos miramos en un espejo somos incapaces de distinguir la ficción de la realidad.

No teníamos que ser nosotros, sino esos niños desobedientes, atontados y sin oportunidades los que vagaran por las calles, mendigando como descendientes de Oliver Twist. No nosotros, los herederos definitivos de la democracia, que nos creíamos salvadores del mundo, buscadores de tesoros, estrellas del rock y todo lo que anunciaba el catálogo de regalos de El Corte Inglés. Tan concentrados estábamos en nubes y viajes espaciales que nadie prestó atención el día que el Telediario explicó las subidas y bajadas de la Bolsa, las plagas bíblicas, el dopaje en el deporte y las maldiciones interminables que empiezan con siete años de mala suerte.

 

campos_pattysworld.jpg

 

El club de los optimistas incorregibles

De entre todos los diálogos de Lost in Traslation recuerdo siempre la misma conversación en los momentos que no sé qué hacer:

Charlotte: Estoy perdida. ¿Eso tiene arreglo?
Bob: No.

Ella gira la cabeza y le mira, extrañada por el automatismo de la respuesta.

Bob: Sí. Ya se arreglará…
Charlotte:: ¿De veras? Fíjate en ti…
Bob: Gracias.

Ella se ríe.

Bob: Cuanto más sabes quién eres y lo que quieres, menos te afectan las cosas.
Charlotte:: Ya. Es que aún no sé lo que quiero ser. ¿Sabes? Quise ser escritora, pero odio lo que escribo. Intenté hacer fotos, pero eran muy mediocres. Todas las chicas pasan por una fase de fotógrafas. Y por querer un poni… ¿sabes? Y haces fotos tontas de tus pies…
Bob: Ya lo averiguarás. No te preocupes por eso. Sigue escribiendo.
Charlotte:: Pero es que soy mala.
Bob: Eso es lo bueno.

 

RBA publicó en 2010 El club de los optimistas incorregibles, de Jean Michel Guenassia, una novela con con el rock and roll, los libros, el futbolín, París, la guerra de Argelia y lo agridulce de la adolescencia como telón de fondo. Es enternecedor ver cómo cuando un francés quiere ponerse optimista le sale siempre la nostalgia a presión. Cuando lo hace un español le sale una historia cursi de ciencia ficción.

Guenassia confirmó que nunca quiso que le saliera una novela de un tiempo que ya no existe pero es verdad que de la adolescencia y de la historia sólo se puede escribir echando la vista hacia atrás. Hasta París ha cambiado, aunque nos neguemos a aceptarlo.

En una película de Natalie Portman, cuyo nombre no recuerdo, y cuya escena jamás he vuelto a ver, la actriz se encuentra bebiendo con un chico en un bar, hablando del optimismo, el futuro, y todos esos temas que salen a colación a partir de las tres de la mañana. A la pregunta de él, sobre si es una de esas chicas que ve el vasio medio lleno o ve el vaso medio vacío, ella le contesta de la única forma posible: “Borracha. Lo veo borracha”.

o-LOST-IN-TRANSLATION-facebook.jpg

 

 

Una soledad demasiado ruidosa

Dice Ainhoa Rebolledo en una entrevista en Madriz que lo que ella quería era estar  en el bando de las IT-Girls antes que en el de los escritores, que la vida de escritor no es lo que ella quiere. Tiene razón Ainhoa en decir que la vida de escritor se parece bastante al infierno, con esa norma no escrita de la ubicuidad, la publicación constante y desmedida y ese dinero que no llega.

Yo jugué durante mucho tiempo a ser escritora y por eso vivía entre librerías, iba a todas las presentaciones que podía, me sabía de memoria las novedades mensuales de las editoriales, hacía crítica literaria, pensaba en triunfar con una novela, compraba los libros según las recomendaciones de suplementos y revistas exquisitas y me convertí en una persona horrible.

No me dí cuenta de nada hasta que me mudé de barrio, y las pequeñitas librerías y ese pastiche medio intelectual desapareció para dar paso a tiendas de ropa, cafeterías, centros comerciales y grandes superficies donde los libros más vendidos suelen ser de escritores famosísimos y es habitual ver a hombres vestidos de traje. Poco a poco, como quien se recupera de una larga y extraña enfermedad, volví a sentirme mejor y a ocupar el tiempo libre de una forma natural: hacer la compra en el supermercado, tomar una caña en el barrio, acostarme  un poco antes, olvidarme de mi novela, llevar ropa a la tintorería y leer en la cama hasta quedarme dormida.

Desde que me mudé, hace un par de años, he descubierto un par de pequeñas librerías en el barrio, de esas familiares, tranquilas, en las que siempre suele haber una buena colección infantil, y también he vuelto a la costumbre adolescente de pasear y cotillear entre los estantes de El Corte Inglés y La Casa del Libro, sabiendo que puedo desperdiciar el tiempo con libros que no voy a comprar.

En Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal, su protagonista, que trabaja en una trituradora de papel, se dedica a rescatar los libros que el gobierno manda destruir para después almacenarlos en secreto en su piso. Así es como se deberían leer los libros, como si los salvaras de alguien. En silencio, sin necesidad de ostentación, ni impostura, sin importar tanto las recomendaciones, casi por impulso o flechazo. Casi como si te estuvieras enamorando.

 

una soledad.jpg

 

 

Fuera de onda

Estaba en la farmacia esperando pacientemente a que me atendieran cuando de repente vi un cartelito que anunciaba que se realizaban pendientes en las orejas, con esa pistola que debe de ser la misma que usa el de Bricomanía para los clavos en la madera y me dije venga, sí, adelante. Un aro pequeño en el cartílago, otra bolita en el lóbulo, o el del tragus que querían mis dieciséis años pero una madre autoritaria dijo jamás. Luego volví a pensar un poco más y por mucho que mi decisión fuera algo hortera y absurda (como empezar a fumar a los dieciocho, suspender matemáticas o ennoviarte sin contarlo) lo peor fue sentirme completamente alejada de la estética: la rebeldía de los noventa sólo fue una cuestión de imagen.

Salí de la farmacia y me encaminé hacia casa con la repetitiva necesidad de hacer algo distinto antes de que terminara el año y se me ocurrió la estúpida idea de comprarme por primera vez una agenda. Espero que dentro de un año, con un poco de suerte, no haya tenido tenido que recordarme nada.

Clueless-Reunion-Alicia-Silverstone-Video.jpeg

 

 

La famille

6d291ac49d5668c57958deee7e7e8cb489beb23ac18bbe245d9cfd7e4ed52ef6384575_2832343330225_1308415384_33055789_215025433_n1082143352alain_laboile_31alain_laboile_la_famille_photos_05Alain-Laboilealain-laboile-1-1-e1347372787129alanlaboileChildren-Photography-by-Alain-Laboile7SebastianLuczywo1tumblr_nlj1mtNiiv1rwifndo1_1280o-LA-FAMILLE-facebook

Todos los niños deberían tener la infancia de las fotografías que Alain Laboile hizo a sus hijos.

Las mejores familias

Rob Gordon puso de moda hacer listas y enumerar tiernamente el desastre en cinco momentos dramáticos, pero habló demasiado de amor y casi nada de morbo y así es imposible que una relación funcione. Puestos a sacar colores y vergüenzas está claro que mejor vosotros que yo; qué placentera es la filia a las familias disfuncionales, sobre todo si sus niñas bonitas nunca lo fueron y les tocó ser feas, retrasadas y un poquito putas, a la manera de Faulkner.

Lo que uno espera de una mujer de 90 años es que con suerte se acuerde del nombre de alguno de sus nietos y no que escriba sobre niñitas deformes que sienten asco de sí mismas. Aurora Venturini tiene clase y mucha ironía porque Las Primas, además de ser familia, son una panda de taraditas boludas que se dejan embarazar y sacar dinero como si en vez de en los años 40 de Argentina vivieran en el Beverly Hills de los 90. Las Primas babean más de lo normal cuando les conviene y sacan provecho de sus cuerpos deformes para quedarse con todo y deshacerse de madres, tías, pervertidos y muertos. Venturini hace lo más difícil de corrido y sin signos de puntuación, que es construir vida sobre algo ruinoso, incompleto y deforme: una familia genéticamente inútil en un país económicamente enfermo.

Cuando le preguntan a la octogenaria abuelita que cuánto hay de ficción y cuánto hay de realidad en la historia se limita a reír, como si le preguntaran por qué Silvestre no ha cazado todavía a Piolín, menciona algún pariente lejano extraño e insiste en que escribió una novela impecable, sin defectos, para volver a reírse otra vez de su ocurrencia casi trágica, nauseabunda y tan sentida.

9789876580205.jpg

Reseña publicada originalmente en A Cubierta Libros, en junio de 2012.
Aurora Venturini ha fallecido hoy, a los inimaginables 92 años.

Por un puñado de dólares

En aquel bodrio de Adrian Lyne, Una proposición indecente, medio Hollywood se llevó las manos a la cabeza cuando Demi Moore aceptó un millón de dólares a cambio de enroscarse en las piernas de Robert Redford. Puestos a venderse, el escándalo no es tal si el dinero te lo ofrece educadamente un galán sin necesidad ninguna de engañar.

Lo de tener un precio no es tan malo si es lo suficientemente desproporcionado para que nadie se atreva a pagar por él. La condición humana es como es, y la integridad, tan maleable y dúctil como algunos de los metales que nos hacían estudiar en el colegio, el único valor que se paga más caro conforme más inexistente es.

Si le preguntáramos a Ellroy sobre quien tiene mayor capacidad para venderse nos remitiría a sus personajes preferidos, que son los policías, los políticos, las prostitutas y los periodistas. El mayor inconveniente de colocarse un precio ya no son los problemas derivados con la ley, muchas veces inexistentes, sino tener que irte a la cama contigo mismo y poder dormir tranquilamente. Como en el final de L.A. Confidential, cuando desde el coche Bud le dice a Ed: “Algunos hombres consiguen el mundo, otros consiguen ex rameras y un viaje a Arizona. Tú eres de los primeros, pero por Dios que no te envidio la sangre que te pesa en la conciencia”.

En una publicación de la revista Telva, una periodista aseguraba que el sueño de cualquier estudiante de comunicación pasaba por protagonizar un beso a tornillo delante de las cámaras junto con un futbolista guapo o cualquier cantante de éxito. Y ya después, como si unas cañas improvisadas de viernes noche, lo que surja: renunciar voluntariamente al anonimato, aceptar preguntas incómodas, contar tu vida privada en una página web, fotografiar las cremas de la estantería del baño, posar con toda la ropa del armario en una esquina del jardín y decir sí quiero a la publicidad.

En Por un puñado de dólares Clint Eastwood se dedicaba a sobrevivir trabajando para las dos bandas rivales sin que estas lo supieran. Demi Moore lo único que quería es lo que ha querido siempre; salvar sus matrimonios y seguir siendo romántica. Venderse por el bien común, ambición, ideología o dinero es, por encima de discutible, peligroso. Mostrar públicamente que te vendes a cambio de bolsos y menciones en redes sociales es, exclusivamente, propio de la estupidez.

LA-Confidential-PORTADA.jpg

Publicado originalmente en The Best and Brightest