Ciudadanos particulares

por B

“Puedo admitir determinadas cosas ahora: que no puedo estar sola. Que ambición, transgresión y justa venganza a fin de cuentas no eran suficientes. Y al final que mis ganas de escribir no tienen nada que ver con talento o expresión. No es que yo tenga un camino que seguir con las palabras; es que no lo tengo sin ellas”.
Ciudadanos particulares,
Tony Tulathimutte

El domingo por la tarde, tras la victoria contra Turquía en el baloncesto, terminamos con copas en el sofá riéndonos de la pobre reportera de Cuatro que, varada entre riadas de agua, hacía un esfuerzo por mantenerse en pie y  ofrecer datos sobre el huracán que asolaba Miami como si en televisión de repente las imágenes no significaran nada. Que no pase ni una semana sin una muestra de nuestra prepotente crueldad.

Mi egoísmo particular, que ocupa una parcela pequeñísima, pero compacta, bien regada e inalterable al desánimo, suele preguntarse a menudo que quién escribirá de nosotros cuando estemos muertos.  En un ejercicio ridículo de planificación, como lo de preocuparse por todo lo que no nos va a ocurrir ni vamos a conseguir,  me dio por preguntar a mis amigos un lunes que qué íbamos a hacer el viernes, y lo único que obtuve como respuesta fue el montaje de una foto de Diana de Gales y la Madre Teresa comparándolas con C3PO y R2D2. La tontería surtió efecto y la respuesta vino sola: pocas personas van a atreverse a analizar nuestra generación porque somos tan idiotas que ya nos comunicamos sin palabras.

Si hay algo que por encima de todo destaco de Ciudadanos particulares, de Tony Tulathimutte, una buena aproximación de lo que creo que realmente somos, es la encomiable cabezonería de sus jóvenes protagonistas de seguir adelante con sus sueños, rotos desde el comienzo, a pesar de que ninguno tiene talento, ambición y fuerza.  Dudo de esa supuesta capacidad autodestructiva que algunos nos señalan, puesto que supone mucho esfuerzo, dinero y desgaste para de verdad llevarla a cabo, y es cierto que tendemos a  dejar que las grandes ciudades expliquen nuestro estado de ánimo para no tener que pensarlo por nosotros mismos, pero quizás ese efecto espejo dure seis meses. Lo que sí que me gusta es que sigue habiendo un porcentaje alto de nosotros que sigue el impulso de ese empeño tierno y absurdo de conseguir  a toda costa todo lo que decidimos que queríamos ser a los seis años en una mañana tonta de colegio. Por muy drástico que sea, no deja de ser envidiable aceptar hundirse con el Titanic sin dejar de tocar tremendamente mal el violín cuando además sabes que no te está mirando nadie.

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