Bandera blanca

por B

El sábado pasado aparecimos mi hermana y yo por casa pasadas las tres de la mañana y en un estado de sobriedad totalmente alarmante para esas horas. La riña de mi madre por supuesto se prolongó en el espacio y el tiempo mientras además nos recordaba que no era el momento ideal para reírnos como dos hienas histéricas.

Aparecer por casa de madrugada y sin un estado tambaleante es como descubrir que de repente te encanta una verdura odiada: la revelación de la única fe o el secreto mejor guardado de una secta. Es imposible no mirarse hacia dentro y preguntarse si, en el fondo, se lleva haciendo un ridículo espantoso demasiado tiempo.

Cuando pasada la tontuna y se decide crecer tranquilo y bien las madres deberían dar paga extra y el BOE publicar decreto. Es llegar el fin de semana y glorificarme de ver mi casa recogida, disfrutar de levantarme voluntariamente temprano y poner mucho mimo en la forma que doy a las albóndigas. Tomando algo hace un par de sábados casi me escandalicé de que me hubieran dado las diez y media de la noche sin cenar  y automáticamente entendí que el siguiente paso era llevar en el bolso una rebequita, por si en julio refresca.

Mientras que a los veinte años salía hasta en domingo, ahora llegan os festivos y no deja de maravillarme lo  bien que lucen mis amigos bajo la brillante luz del día. La noche nos ha confundido tanto que hay veces que me entran ganas de meterme en las discotecas para predicar como una histérica que la resurrección va a llegar y que será revelada a partir de los 30 años. Pocas cosas más placenteras y gustosas en la vida que volverse un converso.

b_girls

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