Nadie por la calle

Mes: julio, 2017

Límites de exposición temporal para agentes químicos

En un momento de la fabulosa serie Parks and Recreation, el contable Ben Wyatt diseña y produce un juego de mesa enrevesado y ridículo que termina siendo un éxito impresionante entre los departamentos administrativos de empresas pequeñas. Crear desde tu propia imaginación algo aparentemente inútil pero que hace muy feliz a un pequeño y anodino grupo de personas es la mejor forma de triunfar en esta vida.

Óscar Palmer Yáñez, responsable de Es Pop Ediciones, confesaba en una entrevista reciente a Jot Down que lo que le había hecho feliz a él era dejar un trabajo de oficina para abrazar del todo el mundo de los libros y quedarse, mientras pueda, a vivir en él. Si su padre, un pizzero que terminó de corresponsal en Moscú, le enseñó que los límites a veces no están donde dicen los demás, parecía selección natural renunciar a un empleo fijo para montar en los supuestos peores tiempos una editorial.

Kevin McCallister tenía sólo ocho años cuando impidió un atraco en su casa en Navidad, consiguiendo además que la policía encarcelara a Joe Pesci.

También se saltaron los límites Julio Verne, Marie Curie, la ñoña de Pollyanna, Miguel Induráin, Lewis Carrol, Madame Butterfly, y todas esas personas que hicieron algo por primera vez mientras el mundo les gritaba un no.

Queda un mes para las vacaciones y, como todos los veranos, reparo con un suspiro propio de cómic japonés en que mis límites en agosto cada vez se parecen más a los que tendría cualquiera de las protagonistas de Mujeres Desesperadas: llevar la ropa justa en la maleta, calcular bien los libros que puedo llevar, bajo ningún motivo ponerme más de diez minutos al sol y que no me roben de mi casa las joyas que no tengo mientras estoy en la playa. Como casi siempre que se acerca mi cumpleaños me da por hacer una extravagancia ridícula, el otro día se me chamuscó uno de los cables que permanecía intacto, el de vivir de manera medio discreta sin denuncias por parte de vecinos y policía, y me compré en un adolescente impulso una carcasa para el móvil muy hortera, llena de brillantes que molestan a la vista, de la que sobresalen de forma terrorífica las dos orejas de Mickey Mouse y que me recuerdan constantemente que mis límites están en conseguir ser gran parte del tiempo una perfecta y encantadora tonta.

 

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Bandera blanca

El sábado pasado aparecimos mi hermana y yo por casa pasadas las tres de la mañana y en un estado de sobriedad totalmente alarmante para esas horas. La riña de mi madre por supuesto se prolongó en el espacio y el tiempo mientras además nos recordaba que no era el momento ideal para reírnos como dos hienas histéricas.

Aparecer por casa de madrugada y sin un estado tambaleante es como descubrir que de repente te encanta una verdura odiada: la revelación de la única fe o el secreto mejor guardado de una secta. Es imposible no mirarse hacia dentro y preguntarse si, en el fondo, se lleva haciendo un ridículo espantoso demasiado tiempo.

Cuando pasada la tontuna y se decide crecer tranquilo y bien las madres deberían dar paga extra y el BOE publicar decreto. Es llegar el fin de semana y glorificarme de ver mi casa recogida, disfrutar de levantarme voluntariamente temprano y poner mucho mimo en la forma que doy a las albóndigas. Tomando algo hace un par de sábados casi me escandalicé de que me hubieran dado las diez y media de la noche sin cenar  y automáticamente entendí que el siguiente paso era llevar en el bolso una rebequita, por si en julio refresca.

Mientras que a los veinte años salía hasta en domingo, ahora llegan os festivos y no deja de maravillarme lo  bien que lucen mis amigos bajo la brillante luz del día. La noche nos ha confundido tanto que hay veces que me entran ganas de meterme en las discotecas para predicar como una histérica que la resurrección va a llegar y que será revelada a partir de los 30 años. Pocas cosas más placenteras y gustosas en la vida que volverse un converso.

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