Nadie por la calle

Mes: noviembre, 2016

A year in the life

Al escuchar oír de Las Chicas Gilmore lo normal es pensar en embarazos adolescentes, litros de café, conversaciones rapidísimas y un pueblo de locos. Pero también es pensar en la necesidad de la no normalidad, de ser feliz a la manera que se quiere, de los dieciséis años rodeados de libros, de gente que te mima y cuida, de pasar el tiempo con quien quieras.

Anoche los fabulosos chicos de Play me invitaron a hablar sobre una de mis series preferidas y, sin darme cuenta, se me escapó media adolescencia.

Podéis escuchar el podcast aquí

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Sopa de cocido

Me vine de casa echando de menos toda la sopa de cocido que no había comido y con un pelo envidiable. Estuve durante diez minutos del viaje intentando analizar un fenómeno extrañísimo: a mismo champú, distinto olor, más brillo y espesor. Como si mi pelo me estuviera diciendo “en Madrid no lo llevas así”.

Pienso a menudo en una de las citas de Jon Krakauer de su precioso libro Into the Wild en la que el periodista asegura que la felicidad sólo es real cuando es compartida. Ahora que estoy leyendo el descalabro horrible que fue el desastre del Everest en mayo de 1996, sorprende pasar del Krakauer vital, inquieto y casi místico  de Into the Wild al Krakauer temeroso, inseguro y paranoico de Into thin Air, el libro donde relató la tragedia de las expediciones comerciales. Del cielo al infierno en un año. Los que somos cobardes por naturaleza y heredamos vértigo a la mayoría de edad (no nadamos nunca hasta la boya, rechazamos la copa que no nos va a sentar bien y seguimos yendo a votar) encontramos en las experiencias extremas ajenas la adrenalina necesaria para convencernos de que nuestra postura (ignorar llamadas de números desconocidos, no querer vivir en el extranjero y no besar a chicos extraños) es la correcta.

Conduciendo de camino a la estación, mi hermana, un gato y yo protestábamos a mi madre de que no queríamos volver al colegio, que mejor nos quedábamos en casa, a vivir la felicidad compartida: rechazaríamos trabajos deseados en ciudades grandes, nos despediríamos de novios, amigos, bodas y niños y decidiríamos apostar por la rutina del cine de los sábados por la tarde, discutir como discutíamos antes, comer judías verdes y sanjacobos, irnos de vacaciones en septiembre, quedarnos las tres en el mismo sofá mientras apoyamos a nuestro concursante preferido de Saber y Ganar para al final acabar mal durmiendo la siesta escuchando de fondo Amar es para siempre.

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