Tenemos que comprar un bar

Lo que más me interesa de Netflix es su pasado. Poco me importan los estrenos de purpurinas y bailes anunciados como la próxima revolución porque el verdadero encanto de la plataforma lo encuentro en que me saque todas mis vergüenzas ocultas. Me he vuelto a reír con series que juré no volver a ver, he visto capítulos enteros de historias que no me interesaban lo más mínimo y he dejado colgadas a mitad las mejor valoradas por la crítica. Para que mi felicidad fuera completa necesitaría que añadieran urgentemente al catálogo Punky Brewster, las películas de Los Cinco, Marmalade Boy, Urgencias y más series para adolescentes.

Este verano me he sentido como si tuviera otra vez el videoclub debajo de casa y pudiera leer pacientemente varias veces la sinopsis de cada película colocada en la estantería, teniendo que escoger muy cuidadosamente la elegida para no arrepentirme. El hecho de poder seleccionar en la televisión lo que quiera y cuando quiera es lo más cercano a sentirme millonaria.

Anoche la decisión final fue para el capítulo 13 de la cuarta temporada de Cómo conocí a vuestra madre, Three days of snow. Cuando rompí con la serie, hace varios años, me centré en todo el odio reconcentrado de los últimos meses y olvidé los buenos comienzos, y así, como quien encuentra de repente las fotos de un noviazgo anterior donde se está joven y guapo, me encontré a mí misma queriendo hacer ayer lo mismo que los protagonistas: montar ese bar que todos hemos jurado tener algún día, aunque sea sólo durante veinticuatro horas. A mí me gustan tanto los bares porque son los lugares donde mejor me lo he pasado. Me he caído de taburetes, he bailado encima de mesas, he entrado hasta en la cocina, me he enamorado, me han dejado, he trazado planes de venganza, me he quedado encerrada, me han echado y he protagonizado los mejores y más vergonzosos momentos de mi vida. Un bar es lo más parecido que puede haber a la tienda de discos de Rob Gordon, el único sitio al que ir cuando estás triste, el refugio perfecto para cualquier desastre o para empezar a escribir una gran novela mala.

Un bar en el que no servir la última o poder quedarse a dormir, eso pensaba yo todas las mañanas siguientes durante los años de universidad, mientras recorría las calles empedradas del casco viejo de la ciudad, poniéndome morada de garrotes pequeños de chocolate, con los vaqueros rotos que mi madre odiaba y la cara llena de churretes por culpa del rímel barato.

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