Nadie por la calle

Mes: marzo, 2016

El voto popular

Los tranvías no deberían ser modernos y nunca nunca nunca, bajo ningún concepto, uno debería vivir en una calle llamada Cantando bajo la lluvia o Con faldas y a lo loco, por muy buenas películas que sean. Eso te condiciona a que te den de hostias en el patio del colegio, y ya se sabe que los estamentos del recreo son inamovibles.

A las niñas lo que nos condicionaba era la edad en la que te ponías un sujetador por primera vez y si tenías pueblo para el verano. Tener pueblo significaba que a los doce te habían dado un morreo y a los catorce ya te habían tocado una teta. Eso te convertía en alguien popular hasta los dieciséis, cuando los tíos del instituto preferían que sólo usaras la lengua para lamer Chupa Chups. Los volubles eran ellos, no nosotras.

A mi madre que yo viviera condicionada le daba exactamente igual. No muerdas la mano que te da de comer, repetía, acuérdate de Goya, que odiaba la guerra pero bien que la usó para hacer un montón de cuadros. Esa fue su razón para que yo llevara deportivas blancas lisas y lasas mientras todas las niñas se ponían cordones de colores y chapas de latas de Coca-Cola. El blanco pega con todo y no hay discusión. A mí no me condicionaron las niñas, pero sí mi madre.

Mi ciudad está condicionada por ser una capital de provincias que no se conforma con serlo, que tiene un tranvía moderno y que hay gente que le gusta vivir en el 10 de Un americano en París. Todo son decisiones del Ayuntamiento, que dice que beber en la calle está mal, que es feo, pero partir la ciudad en siete y hacer obras es infinitamente mejor, ya que condiciona a los ciudadanos a votar en las elecciones agradeciendo de rodillas tanta novedad. Eso son las conclusiones que sacan tras horas de reuniones, con la corbata aflojada y los últimos movimientos de las tarjetas de crédito en bandejitas de plata.

Mamá tenía razón; el blanco pega con todo.

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No soy esa clase de chica

Que La vida sexual de las gemelas siamesas fuera el primer libro que leí en 2016 tuvo mucho de impulso frenético y nada de querencia. Casi pareció que estaba escogiendo un libro prohibido, como si hubiera descargado a propósito una película porno. El libro de Irvine Welsh ha sido mi experiencia más cercana a engancharme a un reality denigrante: en las primeras páginas todo me parecía chillón y sacado de contexto, a la mitad seguía leyendo sin saber si me gustaba, y durante las últimas cien páginas no soltaba el libro y pedía a gritos más detalles sórdidos. Terminé el libro casi jadeando, habiendo disfrutado muchísimo de tanta página tóxica, algo parecido, supongo, a estar todo el día colocado.

El costumbrismo sigue estando de moda aunque sus propios autores lo nieguen. Si Welsh dio en la diana cuando publicó Trainspotting hace muchos años, su última novela prefiere diseccionar con mucha sorna y algo de exageración ese culto al cuerpo que convive con el contraste de la onmnipresente obesidad mórbida y grasienta. Las obsesiones de esta novela son mucho más universales que la de su gran éxito: comida, salud, perfección emocional y sexo, sexo, sexo, y después más sexo.

El pasado domingo Tentaciones de El País dedicaba la portada a la todopoderosa Lena Dunham y a su capacidad de ser, gracias a Girls, si no la voz de su generación, una voz (bastante fuerte) de una generación (que no grita nada ). Con la serie de Dunham me hubiera gustado que me pasara algo parecido con el libro de Welsh, pero las obsesiones de las cuatro amigas me hacen enarcar continuamente las cejas y reprimir el impulso de darles alguna bofetada. Incluso con el paso del tiempo, que es cuando han empezado realmente a diferenciar el sexo del amor, y han conseguido apaciguar esa necesidad  de atención constante, no veo a cuatro amigas buscando su sitio e intentando entender lo que les rodea, sino cuatro egos que mientras están perdidos sólo se entretienen contemplando su deslumbrante reflejo en el espejo del baño. Hannah, Marnie, Shoshanna y Jessa se me asemejan infinitamente más a las adolescentes protagonistas de Clueless que a las cuatro fabulosas hermanas de Mujercitas. En una serie sobre el universo femenino y lo retorcida que puede ser a veces la amistad entre chicas, es curioso que los únicos personajes capaces de avanzar, aceptar sus contradicciones o convivir con ellas de una forma adulta sean los dos chicos principales.

Ellas, tan narcisistas, manipuladoras y abofeteables, siguen convencidas de pertenecer a esa generación especial que no necesita aprender absolutamente nada sobre nada, y mucho menos de recapacitar tras sus errores. Para que pudiera empatizar un poco más con las cuatro chicas, Lena Dunham debería dar más espacio a historias que no fueran exclusivamente las suyas.

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Actualmente, la serie Girls acaba de empezar su quinta y penúltima temporada.