Todas las canciones hablan de mí

por B

Y luego estaban todas esas cosas que los adultos nos prohibían cuando éramos niños, como ducharnos con el agua ardiendo, morder las tostadas del desayuno que estuvieran quemadas, saltar encima de una cama, bañarnos sin hacer las tres horas de digestión en verano y, por supuesto, alimentar a un Gremlin pasadas las doce de la noche. Era imposible no reírse con desdén de todas aquellas historias de terror en las que niños desobedientes acababan perdidos por el bosque, abducidos por la luna o tragados por el espejo de los baños del colegio. A nosotros jamás nos iban a pasar esas cosas horribles porque para empezar, eran todas mentira, y para terminar, nosotros éramos mucho más listos que ellos. Estábamos protegidos por todos los superhéroes de nuestra infancia, Michael Jordan, Bart Simpson, los primos mayores, las Nike Air y las pistolas de juguete.

La infancia fue afortunadamente fácil, de una forma casi insultante, porque nunca había que hacer nada importante. La adolescencia hubiera sido parecida de no ser por la publicidad, las historias de sexo en las revistas y el renacer del Britpop, pero no recuerdo el momento exacto en que decidimos desconectarnos del mundo. Nos educaron con tanto amor, tanta posibilidad y tanta promesa que jamás detuvimos el tiempo para agacharnos y anudarnos fuertemente los cordones.

Ahora, casi quince años después de todo aquello, parece que hemos vivido cuatro vidas pero en ninguna de ellas hemos sido capaces de deletrear sin equivocarnos el alfabeto. La culpa no ha sido del todo nuestra, aunque jamás debimos burlarnos de las fábulas. Nunca llegaron a abducirnos los extraterrestres pero cada vez que nos miramos en un espejo somos incapaces de distinguir la ficción de la realidad.

No teníamos que ser nosotros, sino esos niños desobedientes, atontados y sin oportunidades los que vagaran por las calles, mendigando como descendientes de Oliver Twist. No nosotros, los herederos definitivos de la democracia, que nos creíamos salvadores del mundo, buscadores de tesoros, estrellas del rock y todo lo que anunciaba el catálogo de regalos de El Corte Inglés. Tan concentrados estábamos en nubes y viajes espaciales que nadie prestó atención el día que el Telediario explicó las subidas y bajadas de la Bolsa, las plagas bíblicas, el dopaje en el deporte y las maldiciones interminables que empiezan con siete años de mala suerte.

 

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