Nadie por la calle

Mes: febrero, 2016

Todas las canciones hablan de mí

Y luego estaban todas esas cosas que los adultos nos prohibían cuando éramos niños, como ducharnos con el agua ardiendo, morder las tostadas del desayuno que estuvieran quemadas, saltar encima de una cama, bañarnos sin hacer las tres horas de digestión en verano y, por supuesto, alimentar a un Gremlin pasadas las doce de la noche. Era imposible no reírse con desdén de todas aquellas historias de terror en las que niños desobedientes acababan perdidos por el bosque, abducidos por la luna o tragados por el espejo de los baños del colegio. A nosotros jamás nos iban a pasar esas cosas horribles porque para empezar, eran todas mentira, y para terminar, nosotros éramos mucho más listos que ellos. Estábamos protegidos por todos los superhéroes de nuestra infancia, Michael Jordan, Bart Simpson, los primos mayores, las Nike Air y las pistolas de juguete.

La infancia fue afortunadamente fácil, de una forma casi insultante, porque nunca había que hacer nada importante. La adolescencia hubiera sido parecida de no ser por la publicidad, las historias de sexo en las revistas y el renacer del Britpop, pero no recuerdo el momento exacto en que decidimos desconectarnos del mundo. Nos educaron con tanto amor, tanta posibilidad y tanta promesa que jamás detuvimos el tiempo para agacharnos y anudarnos fuertemente los cordones.

Ahora, casi quince años después de todo aquello, parece que hemos vivido cuatro vidas pero en ninguna de ellas hemos sido capaces de deletrear sin equivocarnos el alfabeto. La culpa no ha sido del todo nuestra, aunque jamás debimos burlarnos de las fábulas. Nunca llegaron a abducirnos los extraterrestres pero cada vez que nos miramos en un espejo somos incapaces de distinguir la ficción de la realidad.

No teníamos que ser nosotros, sino esos niños desobedientes, atontados y sin oportunidades los que vagaran por las calles, mendigando como descendientes de Oliver Twist. No nosotros, los herederos definitivos de la democracia, que nos creíamos salvadores del mundo, buscadores de tesoros, estrellas del rock y todo lo que anunciaba el catálogo de regalos de El Corte Inglés. Tan concentrados estábamos en nubes y viajes espaciales que nadie prestó atención el día que el Telediario explicó las subidas y bajadas de la Bolsa, las plagas bíblicas, el dopaje en el deporte y las maldiciones interminables que empiezan con siete años de mala suerte.

 

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El club de los optimistas incorregibles

De entre todos los diálogos de Lost in Traslation recuerdo siempre la misma conversación en los momentos que no sé qué hacer:

Charlotte: Estoy perdida. ¿Eso tiene arreglo?
Bob: No.

Ella gira la cabeza y le mira, extrañada por el automatismo de la respuesta.

Bob: Sí. Ya se arreglará…
Charlotte:: ¿De veras? Fíjate en ti…
Bob: Gracias.

Ella se ríe.

Bob: Cuanto más sabes quién eres y lo que quieres, menos te afectan las cosas.
Charlotte:: Ya. Es que aún no sé lo que quiero ser. ¿Sabes? Quise ser escritora, pero odio lo que escribo. Intenté hacer fotos, pero eran muy mediocres. Todas las chicas pasan por una fase de fotógrafas. Y por querer un poni… ¿sabes? Y haces fotos tontas de tus pies…
Bob: Ya lo averiguarás. No te preocupes por eso. Sigue escribiendo.
Charlotte:: Pero es que soy mala.
Bob: Eso es lo bueno.

 

RBA publicó en 2010 El club de los optimistas incorregibles, de Jean Michel Guenassia, una novela con con el rock and roll, los libros, el futbolín, París, la guerra de Argelia y lo agridulce de la adolescencia como telón de fondo. Es enternecedor ver cómo cuando un francés quiere ponerse optimista le sale siempre la nostalgia a presión. Cuando lo hace un español le sale una historia cursi de ciencia ficción.

Guenassia confirmó que nunca quiso que le saliera una novela de un tiempo que ya no existe pero es verdad que de la adolescencia y de la historia sólo se puede escribir echando la vista hacia atrás. Hasta París ha cambiado, aunque nos neguemos a aceptarlo.

En una película de Natalie Portman, cuyo nombre no recuerdo, y cuya escena jamás he vuelto a ver, la actriz se encuentra bebiendo con un chico en un bar, hablando del optimismo, el futuro, y todos esos temas que salen a colación a partir de las tres de la mañana. A la pregunta de él, sobre si es una de esas chicas que ve el vasio medio lleno o ve el vaso medio vacío, ella le contesta de la única forma posible: “Borracha. Lo veo borracha”.

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