Una soledad demasiado ruidosa

Dice Ainhoa Rebolledo en una entrevista en Madriz que lo que ella quería era estar  en el bando de las IT-Girls antes que en el de los escritores, que la vida de escritor no es lo que ella quiere. Tiene razón Ainhoa en decir que la vida de escritor se parece bastante al infierno, con esa norma no escrita de la ubicuidad, la publicación constante y desmedida y ese dinero que no llega.

Yo jugué durante mucho tiempo a ser escritora y por eso vivía entre librerías, iba a todas las presentaciones que podía, me sabía de memoria las novedades mensuales de las editoriales, hacía crítica literaria, pensaba en triunfar con una novela, compraba los libros según las recomendaciones de suplementos y revistas exquisitas y me convertí en una persona horrible.

No me dí cuenta de nada hasta que me mudé de barrio, y las pequeñitas librerías y ese pastiche medio intelectual desapareció para dar paso a tiendas de ropa, cafeterías, centros comerciales y grandes superficies donde los libros más vendidos suelen ser de escritores famosísimos y es habitual ver a hombres vestidos de traje. Poco a poco, como quien se recupera de una larga y extraña enfermedad, volví a sentirme mejor y a ocupar el tiempo libre de una forma natural: hacer la compra en el supermercado, tomar una caña en el barrio, acostarme  un poco antes, olvidarme de mi novela, llevar ropa a la tintorería y leer en la cama hasta quedarme dormida.

Desde que me mudé, hace un par de años, he descubierto un par de pequeñas librerías en el barrio, de esas familiares, tranquilas, en las que siempre suele haber una buena colección infantil, y también he vuelto a la costumbre adolescente de pasear y cotillear entre los estantes de El Corte Inglés y La Casa del Libro, sabiendo que puedo desperdiciar el tiempo con libros que no voy a comprar.

En Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal, su protagonista, que trabaja en una trituradora de papel, se dedica a rescatar los libros que el gobierno manda destruir para después almacenarlos en secreto en su piso. Así es como se deberían leer los libros, como si los salvaras de alguien. En silencio, sin necesidad de ostentación, ni impostura, sin importar tanto las recomendaciones, casi por impulso o flechazo. Casi como si te estuvieras enamorando.

 

una soledad.jpg