Las mejores familias

por B

Rob Gordon puso de moda hacer listas y enumerar tiernamente el desastre en cinco momentos dramáticos, pero habló demasiado de amor y casi nada de morbo y así es imposible que una relación funcione. Puestos a sacar colores y vergüenzas está claro que mejor vosotros que yo; qué placentera es la filia a las familias disfuncionales, sobre todo si sus niñas bonitas nunca lo fueron y les tocó ser feas, retrasadas y un poquito putas, a la manera de Faulkner.

Lo que uno espera de una mujer de 90 años es que con suerte se acuerde del nombre de alguno de sus nietos y no que escriba sobre niñitas deformes que sienten asco de sí mismas. Aurora Venturini tiene clase y mucha ironía porque Las Primas, además de ser familia, son una panda de taraditas boludas que se dejan embarazar y sacar dinero como si en vez de en los años 40 de Argentina vivieran en el Beverly Hills de los 90. Las Primas babean más de lo normal cuando les conviene y sacan provecho de sus cuerpos deformes para quedarse con todo y deshacerse de madres, tías, pervertidos y muertos. Venturini hace lo más difícil de corrido y sin signos de puntuación, que es construir vida sobre algo ruinoso, incompleto y deforme: una familia genéticamente inútil en un país económicamente enfermo.

Cuando le preguntan a la octogenaria abuelita que cuánto hay de ficción y cuánto hay de realidad en la historia se limita a reír, como si le preguntaran por qué Silvestre no ha cazado todavía a Piolín, menciona algún pariente lejano extraño e insiste en que escribió una novela impecable, sin defectos, para volver a reírse otra vez de su ocurrencia casi trágica, nauseabunda y tan sentida.

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Reseña publicada originalmente en A Cubierta Libros, en junio de 2012.
Aurora Venturini ha fallecido hoy, a los inimaginables 92 años.

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