Por un puñado de dólares

por B

En aquel bodrio de Adrian Lyne, Una proposición indecente, medio Hollywood se llevó las manos a la cabeza cuando Demi Moore aceptó un millón de dólares a cambio de enroscarse en las piernas de Robert Redford. Puestos a venderse, el escándalo no es tal si el dinero te lo ofrece educadamente un galán sin necesidad ninguna de engañar.

Lo de tener un precio no es tan malo si es lo suficientemente desproporcionado para que nadie se atreva a pagar por él. La condición humana es como es, y la integridad, tan maleable y dúctil como algunos de los metales que nos hacían estudiar en el colegio, el único valor que se paga más caro conforme más inexistente es.

Si le preguntáramos a Ellroy sobre quien tiene mayor capacidad para venderse nos remitiría a sus personajes preferidos, que son los policías, los políticos, las prostitutas y los periodistas. El mayor inconveniente de colocarse un precio ya no son los problemas derivados con la ley, muchas veces inexistentes, sino tener que irte a la cama contigo mismo y poder dormir tranquilamente. Como en el final de L.A. Confidential, cuando desde el coche Bud le dice a Ed: “Algunos hombres consiguen el mundo, otros consiguen ex rameras y un viaje a Arizona. Tú eres de los primeros, pero por Dios que no te envidio la sangre que te pesa en la conciencia”.

En una publicación de la revista Telva, una periodista aseguraba que el sueño de cualquier estudiante de comunicación pasaba por protagonizar un beso a tornillo delante de las cámaras junto con un futbolista guapo o cualquier cantante de éxito. Y ya después, como si unas cañas improvisadas de viernes noche, lo que surja: renunciar voluntariamente al anonimato, aceptar preguntas incómodas, contar tu vida privada en una página web, fotografiar las cremas de la estantería del baño, posar con toda la ropa del armario en una esquina del jardín y decir sí quiero a la publicidad.

En Por un puñado de dólares Clint Eastwood se dedicaba a sobrevivir trabajando para las dos bandas rivales sin que estas lo supieran. Demi Moore lo único que quería es lo que ha querido siempre; salvar sus matrimonios y seguir siendo romántica. Venderse por el bien común, ambición, ideología o dinero es, por encima de discutible, peligroso. Mostrar públicamente que te vendes a cambio de bolsos y menciones en redes sociales es, exclusivamente, propio de la estupidez.

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Publicado originalmente en The Best and Brightest

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