Nadie por la calle

Mes: octubre, 2015

El mundo en un cuadrado

Fue revelador que, en una entrevista de trabajo que tuve hace un mes, me pidieran dibujar el árbol genealógico de la familia Kardashian y no supiera decir más de dos nombres. Se confirmó entonces lo que yo sospechaba desde hacía tiempo: el mundo y yo no giramos en la misma dirección. Lejos de sentirme decepcionada me consolé a la manera de Silvia Plath; respiré profundamente y oí el rebuzno del corazón diciendo soy yo, soy yo, soy yo.

Cuando descubres que todo lo que atesoras no sirve de mucho ni es útil para el desarrollo moderno, no puedes evitar protegerlo con más cariño. No es de extrañar que Gilda, rodeada de tanta gente, se sintiera tan sola. Pero ya lo dijo el joven Edmund Swettenhaam en uno de mis párrafos preferidos: no somos ni mucho menos más desgraciados de lo que fueron nuestros antepasados pero nunca hemos estado tan frustrados. Si algo aprendí en la Universidad es que la moda, como la Biblia, es cíclica.

Yo imaginaba la vida adulta llena de pequeñas explosiones individuales, todas distintas y sin tener que ser complementarias, tampoco exhibidas y mucho menos catalogadas en un millar de etiquetas bajo un pie de foto, pensando que esa necesidad de reconocimiento terminaría con la adolescencia. La realidad es que hay una censura colectiva dispuesta a abuchear y a señalar con el dedo al iluso disidente que se atreva a salirse de la norma, esa que no está escrita pero que tiene que ver con que ahora los restaurantes sean de madera y todas las chicas vayan con el mismo vestido a las bodas.

Entiendo cada vez más a la gente que protege su propio mundo, ese que probablemente le habrá llevado años, esfuerzo, recuerdos y algún lloro construir, de la misma forma que conforme pasa el tiempo es normal que seamos nosotros los que vamos soltando lastre de aquel mundo construido en un cuadrado, dejando abandonado en la esquina todo aquello que ya no sirve ni para defendernos ni para abrigarnos. Como decía aquel poemita inmenso de Manuel Alcántara: Le gustaban pocas cosas / Quevedo, recordar África, / las noches y los amigos, / el verano y tus pestañas.

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Publicado previamente en The Best and Brightest

Cambio de hora

Pensaba, hace cinco minutos, en lo difícil que es escribir un diario, llevar una vida moderna de esas de copas a media tarde, vender tus pertenencias en mercadillos y salir siempre guapo en la foto. Pensaba, hace tres minutos, en lo extraño que es ir contento a trabajar, encontrar vuelos baratos a Europa, tener siempre las uñas bien pintadas o lo largo que se hace el cambio de hora. Pensaba, hace un minuto, que por qué pensaba. Y pienso, ahora mismo, en lo fácil que es marearse de repente en atracciones infantiles, echar de menos repentinamente, guardar un rato para aburrirse, sentirse fuera de lugar en los bares, leer libros viejos que no importan ya a nadie, pasar un día entero en silencio y mentir descaradamente.

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