Escrito en servilletas

por B

Despedí el verano en un garito al que sólo le faltaban tres minutos de Raffaella Carrà para convertirse en la fiesta del comienzo de La Gran Belleza. Horas después, sentada al borde de una piscina a las tres de la mañana, cuando la conversación desvarió hacia Doctor en Alaska, la densidad de los piononos, y la capacidad de los Dj para convertirse en gurús, decidí satisfecha que agosto estaba listo para morir en paz.

Septiembre me gusta tanto porque huele a cuaderno sin estrenar, la cartelera de cine empieza a desperezarse y cualquier inconveniente parece que puede solucionarse tapándolo con un jersey fino de entretiempo. Las cafeterías vuelven a llenarse de conversación y del tintineo de la cucharilla apresurada que choca contra la loza y parece que para conseguir cualquier exclusiva o número de teléfono bastan como testigos un bolígrafo o un carmín desgastado estampados en posavasos desechables.

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