La vida, instrucciones de uso

por B

De entre todas las noticias más leídas de estas semanas, Grecia, Iker Casillas, Harper Lee, Nieves Álvarez, he recibido varios mensajes y llamadas para que me expresara como líder de opinión cuando realmente nunca he sido líder ni de mi propia revolución. La opinión tenía su gracia cuando nadie se la tomaba muy en serio, pero desde que aparece en las primeras páginas de todos los periódicos ha perdido todo el interés, como cuando muerdes solomillo y sólo masticas ternilla.

Ahora que tengo todo el tiempo libre del mundo prefiero ir a contracorriente y centrarme en la vida costumbrista, que es donde está el unto. Ir al gimnasio por la mañana, ducharme al mediodía, comprobar con calma las ofertas del supermercado. Analizar para un auditorio vacío la televisión matinal, escribir a trompicones una tesina sobre personajes femeninos perdidos, adivinar los horarios de los vecinos, olfatear con las ventanas los olores a menús caseros que suben a través del patio. Ir al estanco a comprar sobres y sellos, saludar a los porteros de los edificios colindantes, sacar a pasear el orgullo de barrio aunque la calle hierva a 39 grados. Pintarme las uñas, cocinar boloñesa a fuego lento, leer a altas horas de la madrugada sin linterna y sin tener que esconderme bajo las sábanas. Ver, sin orden ni concierto, capítulos de Bob Esponja, Friends,Doraemon, Alias, The Office y una serie muy tonta sobre un padre adolescente en la que uno de los protagonistas es guapísimo. Dejar el móvil con sonido por si alguien me llama para tomar café. Ordenar la estantería, probarme vestidos de otros veranos y otras modas, estrenar tacones imposibles en la cocina. Merendar en Fonty, quedarme a vivir en la planta de cómics de La Casa del Libro, comprar en rebajas ropa de invierno, no mirar el reloj, arriesgarme a que sea lo que Dios quiera.

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