La vida de los otros

por B

La novela perfecta no necesita al lector. Así resumió Carlos Fuentes hace unos años la imposibilidad  de escribir la novela total. Para el escritor mejicano estaba fuera de toda duda que la novela, lo que más necesita, es al lector, y la posibilidad de encontrar finalmente un texto perfecto y absoluto no tendría ningún sentido ya que el destinatario, humano e imperfecto, se sentiría rechazado por una novela que jamás sería capaz de comprender.

Que desde su nacimiento la novela se haya convertido en el género preferido del lector no es de extrañar si con ella nació el subjetivismo más absoluto y una capacidad asombrosa de adaptarse a los cambios sociales e históricos, emergiendo de sus cenizas con cada cambio generacional para renacer en algo completamente distinto a lo anterior pero a la vez manteniendo una esencia capaz de seguir siendo identificada por escritores y públicos. Hace cerca de un año El País recogió en un artículo las 33 veces que alguien profetizó que la novela moriría; acertaron y se equivocaron al mismo tiempo. Robert Clark Young, citado también en ese mismo artículo, achacaba esa muerte a algo cíclico, periódico y muchas veces necesario, casi como algunos cambios de Gobierno o rotaciones de presidencias de vecinos: “como el Sueño Americano, la muerte de la novela debe ser anunciada por cada nueva generación”.

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