Nadie por la calle

Mes: abril, 2015

Feliz no cumpleaños

El castigo de nacer en verano lo corregí a muy temprana edad. Como quien entona desde la ventana de su casa Grândola, Vila Morena por apego a las revoluciones románticas,  cambié esa fecha de la que no quiero acordarme por el mejor día del año, que para mí siempre fue el 23 de abril.

A una niña de Zaragoza, cuyos puntos cardinales sólo eran su familia y su biblioteca, el Día del Libro era lo más parecido a ser  Reina del Carnaval, porque no sólo las librerías salían a la calle, sino que además coincidía con la fiesta de San Jorge, patrón de Aragón, por lo que mis padres no trabajaban y el colegio desaparecía durante veinticuatro horas que a mí me sabían a regalo de cumpleaños.

La infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, del huerto claro o de lo que uno prefiera, y en este caso  pocas veces me recuerdo tan feliz, tan insistente y tan enloquecida como cuando tiraba de la mano de mi madre para llegar pronto al puesto de la Librería París, como si los libros no me fueran a esperar.

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La vida de los otros

La novela perfecta no necesita al lector. Así resumió Carlos Fuentes hace unos años la imposibilidad  de escribir la novela total. Para el escritor mejicano estaba fuera de toda duda que la novela, lo que más necesita, es al lector, y la posibilidad de encontrar finalmente un texto perfecto y absoluto no tendría ningún sentido ya que el destinatario, humano e imperfecto, se sentiría rechazado por una novela que jamás sería capaz de comprender.

Que desde su nacimiento la novela se haya convertido en el género preferido del lector no es de extrañar si con ella nació el subjetivismo más absoluto y una capacidad asombrosa de adaptarse a los cambios sociales e históricos, emergiendo de sus cenizas con cada cambio generacional para renacer en algo completamente distinto a lo anterior pero a la vez manteniendo una esencia capaz de seguir siendo identificada por escritores y públicos. Hace cerca de un año El País recogió en un artículo las 33 veces que alguien profetizó que la novela moriría; acertaron y se equivocaron al mismo tiempo. Robert Clark Young, citado también en ese mismo artículo, achacaba esa muerte a algo cíclico, periódico y muchas veces necesario, casi como algunos cambios de Gobierno o rotaciones de presidencias de vecinos: “como el Sueño Americano, la muerte de la novela debe ser anunciada por cada nueva generación”.

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Que viene el Lobo

Hay, en esa extendida costumbre de exponerse públicamente, a la manera folclórica, una rabieta caprichosa no atendida desde la cuna. La necesidad de creerse importante acabó cuando bajar una escalera de caracol de la mano de joyas, alcohol y desesperación dejó de filmarse en el cine. Las historias sobre el estrellato ya no tienen sentido cuando vienen prefabricadas por las redes sociales y desnudos que ya ni siquiera son accidentales.

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