Saber perder

por B

Si preguntas en Zaragoza por la parábola del hijo pródigo te dirán que es la trayectoria de 49 metros  que recorrió la pelota disparada por Nayim en la Recopa de Europa antes de acabar en gol. Aquella machada de 1995 acabó con una ovación de madrugada a la Virgen del Pilar y llamadas telefónicas de enhorabuena, como si cada familia de la ciudad  hubiera ganado la Lotería.

En la década de los 90 los vaivenes entre ese fútbol magnífico y desastroso del Zaragoza se vivían con un orgullo y un catastrofismo apabullante; lo que para cualquier otra afición hubiera sido desquiciante, para nosotros era la más normal de las situaciones.  Los equipos que siempre se han dado importancia han preferido vivir las emociones como en la casa de Gran Hermano: desmesuradamente magnificadas. El Zaragoza asumía las derrotas antes de que se produjeran, de una forma heroica y patética. El desastre se olía en el cierzo, en los bares y en la afición, que aparecía ya en el estadio con resignación de funeral. Se imponía un encogimiento de hombros y la sensación de que no éramos nadie. A veces era verdad.

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