Nadie por la calle

Mes: marzo, 2015

El Ruido y la Furia

Explotará el mundo y entre toda la escandalera se escuchará  a un español apoyado en la barra de un bar diciendo que él ya lo vio venir. Contra la genética no se puede luchar, de ahí que sea una enorme falta de responsabilidad no asumir nuestras limitaciones. Ojalá todo fuera como en aquella película de cine negro en la que la mujer fatal se encogía de hombros cuando le reprochaban su conducta, pero es que a los tertulianos de la opinión nadie los dibujó así.

Ante las tragedias no hay nada que nos guste más que golpearnos el pecho a la manera de Tarzán y subirnos después a un púlpito a señalar con el dedo vete a saber qué.  A los cuatro Jinetes del Apocalipsis habría que sumar el de la Estupidez, al que imagino escribiendo barbaridades en los medios y animando a una masa anónima y moldeable a que practique el linchamiento.

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Polvo enamorado

Ojalá pudiera salvarse el mundo a la manera de las series estadounidenses, con animadoras rubias adolescentes cuyo verdadero problema es discutir continuamente con papá. Cuando alguna liga de hombres extraordinarios intenta convencernos de lo contrario, aparecen de repente los matones de barrio y los abusones de patio de colegio presentándose otra vez a las municipales.

Que Madrid se ponga a llorar en su primer festivo del año indica más un castigo de la ciudad que las ganas de purificación. Las fiestas que empiezan vestidas de negro hacen pensar en recogimiento, candado y tenue olor a incienso, como si tuviéramos que seguir cumpliendo penitencia por el pecado original.

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Saber perder

Si preguntas en Zaragoza por la parábola del hijo pródigo te dirán que es la trayectoria de 49 metros  que recorrió la pelota disparada por Nayim en la Recopa de Europa antes de acabar en gol. Aquella machada de 1995 acabó con una ovación de madrugada a la Virgen del Pilar y llamadas telefónicas de enhorabuena, como si cada familia de la ciudad  hubiera ganado la Lotería.

En la década de los 90 los vaivenes entre ese fútbol magnífico y desastroso del Zaragoza se vivían con un orgullo y un catastrofismo apabullante; lo que para cualquier otra afición hubiera sido desquiciante, para nosotros era la más normal de las situaciones.  Los equipos que siempre se han dado importancia han preferido vivir las emociones como en la casa de Gran Hermano: desmesuradamente magnificadas. El Zaragoza asumía las derrotas antes de que se produjeran, de una forma heroica y patética. El desastre se olía en el cierzo, en los bares y en la afición, que aparecía ya en el estadio con resignación de funeral. Se imponía un encogimiento de hombros y la sensación de que no éramos nadie. A veces era verdad.

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Nunca serás emperatriz de la China

Hay, en esa idea de dedicarse a inventar, un matiz romántico patentado por Lord Byron: el decidir irse a morir a guerras ajenas convenciéndose de que al final se nos concederá la resurrección. Una quimera casi encomiable si no fuera porque el paso a la edad adulta destruye todo ese mundo imaginario obligando a vivir en la sensatez.

Inventarse una vida no es algo tan grave como nos hacen creer si uno lo hace con despreocupación y ternura, como quien se teje un vestido de novia con papel higiénico y tira confeti por la casa saludando a la nada. Es verdad que la imaginación desmedida está en esa delgada línea en la que se encuentran la creación de la próxima gran novela americana y escuchar voces de ultratumba pero al final el sueño de la razón es el que produce monstruos y el de la imaginación superhéroes de acero.

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El diablo viste de Prada

Encuentro siempre un vergonzoso y rastrero placer en dejar las cosas para última hora, como si en vez de cumplir con una obligación fuera a ganar una cantidad indecente de dinero con una jugada de póquer maestra. La procrastinación me dio desde muy pequeña los sobresalientes más lúcidos y brillantes, motivo por el cual me permití matricularme en una carrera en la que el estudio fuera algo secundario.

El miedo a la página en blanco lo he solucionado siempre levantándome del sofá y yendo a hacer cualquier otra actividad ajena. Si Picasso suplicaba porque la inspiración le encontrara trabajando, a mí se me aparecía casi siempre en los bares, juguetona y achispada. Mi vida me quiere escritor y entonces escribo, decía Clarice Lispector, pero se le olvido especificar sobre qué.

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