Nadie por la calle

Mes: febrero, 2015

“Chúpamela”

Me gusta mucho recordar con tintes tragicómicos la primera vez que me censuraron un artículo: tenía 19 años y la Universidad me prohibió publicar “joder”. El perfecto toque para que yo montara un drama fue enterarme directamente por la prensa: al abrir la revista de la universidad para leer extasiada el reportaje descubrí que en vez del joder se encontraba una frase que a mí me pareció sacada de una novela de aventuras de Enid Blyton y nada apropiada para un atentado de ETA.  La fuerza del momento se fue por el desagüe y mi futuro como cronista de conflictos también.

Monté en cólera (relativa, desnatada y a escondidas) porque ni siquiera tuve la oportunidad de defender mi joder con whisky, tabaco y un portazo, o como quisiera que se hicieran esas cosas en tercero de carrera. En su lugar apareció un silencio administrativo que interpreté como un castigo cercano a la excomunión.

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Pequeñas cosas sin importancia

En el final de uno de los mejores episodios de Los Simpson, Homer claudica por su familia y le pide a su nuevo jefe que le deje volver a Springfield. Hank Scorpio intenta retenerle con la promesa de colocar un piso más en el lujoso chalet en el que viven, pero Homer, apesadumbrado, rechaza la oferta alegando que la infelicidad familiar se debe a pequeñas cosas sin importancia, la mejor frase con la que uno debe retirarse ante un millonario.

Saboreamos tanto la infelicidad de los ricos porque nos hemos convencido de que si ocupáramos su lugar la prensa jamás nos retrataría en tal situación, cuando lo cierto es que lloraríamos mucho más y de peor forma. El dinero tiene la capacidad de construir palacios, manipular elecciones, conquistar el mundo y convertirte en Miss Mundo pero nada tiene que hacer con las pequeñas cosas sin importancia: no es que no cuesten dinero, es que en esas tiendas nunca tienen cambio.

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La física de los superhéroes

Cuenta la historia que, en 1957, cuando Estados Unidos perdió la carrera espacial contra la URSS (los dos Sputnik y la perrita Laika en el espacio) se animó a las editoriales del cómic a que incluyeran avances tecnológicos en las historietas para animar a los chavales a adentrarse en el mundo de la ciencia. Las editoriales obedecieron y al año siguiente, Batman se las tuvo que ver con un científico loco y malvado que con un generador de ondas de choque trataba de encontrar la guarida del murciélago mediante el tiempo que tardaban en retornar las ondas.

Sea como fuere, James Kakalios, profesor de física de la Universidad de Minnesota y autor del libro La física de los superhéroes, reconoció hace algunos años que todo lo que sabía de ciencia lo había aprendido en los cómics. Y es que, cuando aceptamos la premisa de que a Superman le tiemblan las rodillas por culpa de la kriptonita, y que Flash Gordon puede parar las balas, se puede comprobar que todos los héroes y los villanos de los cómics se comportan de acuerdo con las leyes de la física. No es de extrañar que el mundo de la investigación se vuelva loco por los cómics. Es mucho más eficaz enseñar las Leyes de Newton utilizando a Superman como parte de la ecuación. Es decir, que sabiendo que Superman saltaba un edificio de 200 metros (porque en los primeros cómics no volaba), pesaba cerca de 100 kilos y su altura era cercana a los dos metros, se puede saber que la gravedad de Kryptón, su planeta original, era quince veces la de la Tierra.

Y es que la física, al igual que los superhéroes, siempre intenta ir más allá. El impulso, la aceleración y la tensión fueron los únicos que lograron esclarecer que fue Spiderman el causante de la muerte de Gwen Stacy, su primera novia (Mary Jane Watson vino muchos números después), y no el Duende Verde al tirarla desde el puente. Los 90 metros de caída libre a 250 km/h hicieron que la telaraña produjera tal tensión al tirar del cuerpo de la chica que el cuello se quebró, matándola inmediatamente. Aquella ley física le sirvió al hombre araña para cambiar su táctica de salvamento, y fue a partir de ahí cuando comenzó a tirarse en picado desde los rascacielos para salvar a media ciudad de Nueva York.

Aunque la física ha condicionado siempre a los superhéroes de la Marvel, sí que ha habido gazapos memorables. Mi preferido es el que atañe al verde brillante del Increíble Hulk, que en el primer número era gris. El color verde no se debe a la radiación de los rayos gamma a los que estuvo expuesto Bruce Banner, puesto que los rayos gamma son incoloros. A Stan Lee se le olvidó explicar en clase de física que decidió que Hulk sería verde porque hubo problemas en la coloración de las viñetas.

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La promesa de la primavera

Sucedió de repente, como suceden las tormentas, los caprichos y la muerte: mi calle, durante un momento intensísimo y fugaz, olió a junio. Que la primavera me estuviera espiando desde la esquina fue lo más parecido a que un todoterreno me deslumbrara con los faros para luego dejarme a ciegas en medio de la carretera. Parada en el portal de casa, con las llaves en la mano, descubrí que por mucho que me alimente de meses los vaqueros cada vez me van más grandes.

El Carpe Diem siempre fue un poema de Garcilaso, Robin Williams en El club de los poetas muertos, la posibilidad de que el hombre llegara a la luna y todas las mentiras que nos creímos a los doce años. Es verdad que crecer conlleva traicionarse a uno mismo y echarle las culpas de nuestras equivocaciones al tiempo, el último reducto de confort que nos queda cuando dejamos de rezar a Superman.

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