El pez más feo del mundo

por B

Como a todos los niños del mundo a mi también me tocó un pez en las ferias. Mi pez iba en una caja de plástico, era naranja, alargado, con los ojos de huevo y era el pez más feo del mundo. Eso fue lo primero que dijo mi madre cuando lo vio. Qué pez más feo. Lo llamamos Pink Floyd.

Pink Floyd era feo y hacía cosas de feo. Comía comida fea, nadaba de una forma muy fea y boqueaba de una forma muy fea porque Pink Floyd era feo y sólo sabía hacer cosas de feo.

El pez más feo del mundo vivió un montón de tiempo, ajeno a sus dueños, a las peceras grandes y a las corrientes de río. Quizás vivió tanto porque yo esperaba cada día que apareciera muerto, y me alegraba y me decepcionaba cada vez que volvía del colegio y seguía nadando de esa forma tan fea, en vez de estar muerto, boca arriba, con la tripa fea e hinchada, que era lo que se esperaba de un pez feo de la feria.

Papá mató a Pink Floyd un día que nos fuimos de viaje. Lo arrojó por el váter, sin que yo lo supiera, y tiró de la cadena, mientras el pez intentaba saltar y escapar de la corriente que lo condenaba a las tuberías, al desagüe, ese sitio que tenía que ser muy feo, tan feo como él, o incluso más. Cuando papá me lo contó me enfadé muchísimo con él porque yo quería barbaridad a Pink Floyd. Aunque no le hiciera ni caso. Lo quería como quería a mis amigas feas y gordas, que me lo pasaba muy bien con ellas, pero que en la fila del comedor no les hablaba porque nadie quiere que te vean con cosas feas y gordas, no vaya a ser que se confundan, que a ti también te llamen fea y gorda, se te pegue sin que te des cuenta y no tenga solución.

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