Sobre las despedidas

por B

Primer apunte:

No son como en las películas, aviso. En el cine, cuando alguien se despide no está haciendo nada, vemos a dos personas que hablan entre música y emociones. En la realidad siempre hay algo que hacer. En el caso de mi padre las despedidas coinciden con la cena. Entre cucharada y cucharada de menú triturado me cuenta que ha sido muy feliz en su vida con su mujer, sus hijos (con los que no paraba de discutir) y sus nietos (a los que adora). Son despedidas en toda regla, con todo el melodrama que requiere la ocasión, pero yo en lugar de tomarle la mano y ponerme a llorar entre música de pianola, tengo que seguir dándole la cena, animándole a que se acabe el plato y prometiéndole que se pondrá mejor. Mientras, las enfermeras no paran de entrar en la habitación y el señor de al lado sube el volumen de la radio: la liga ha acabado, el Barça ha fichado a Neymar.

Un hombre serio, Carlos de Diego.

Segundo apunte:

Ella sabía que no iba a confiar más en él, pero si él iba a buscarla y le hacía una promesa o formulaba entre lágrimas un juramento inverosímil -“aquello no fue lo que tú imaginabas”: como sí se tratara de su imaginación, y no de sus ojos-, Blanca, tan en contra de su dignidad como de su inteligencia, lo creía, o fingía creerlo, con tal eficacia que hasta la próxima decepción era capaz de mantenerse engañada a sí misma. Dormía con somníferos, despertaba con estimulantes y se arrastraba a lo largo del día a base de cigarrillos, whiskies y cafés, en una niebla atónita de enervamiento, malestar físico y desolación.

En ausencia de Blanca, Antonio Muñoz Molina

Tercer apunte

Te das la vuelta y allí está: la carta, cómo no, la consabida carta, dentro de un sobre grande, color lila pálido, con tu nombre escrito en él. La caligrafía femenina, tan familiar, unas letras orondas atravesadas por la visera urgente de los trazos horizontales, algunas palabras tachadas con ansiedad, vocales y consonantes, demasiados nervios, una alambrada de pinchos en la que se enredan los ojos. Aunque la leas por encima una sola vez, una sola, con eso basta, ya no se te olvidará nunca. Las frases se te graban en las gafas. “Querido, cuando leas esta carta yo ya…”.
Se ha ido.

Manchas solares, Eloy Tizón.

Cuarto apunte

Simple y reducida es mi historia como el poema más escolar de Neruda, veinte líneas cursis serán suficientes, yo la quise, a veces ella también me quiso, puedo escribir los versos más tristes, etcétera. La quise siguiéndola con los ojos dentro de su vestido de rayas, fingiendo que no la amaba desde el primer día. Me quiso mirándose en mí como en un espejo, satisfecha del entusiasmo que yo reflejaba, suprimiendo su angustia de niña perseguida con el nutriente de mi efusiones. Yo le hablaba de su nariz y de la curva de su cuello y sin escucharme ella se lamentaba de una infancia feroz de patio de monjas y niñas crueles vestidas como adefesios, todo eso ya pasó, le decía, hace tanto tiempo, qué importa, mira.

Antipoema 20, Pablo Gutiérrez.

Quinto apunte

De qué tengo miedo: de que los paneles solares fueran una máquina del tiempo. De ser una mujer que vuelve a casa al cabo de muchos años . De que mis padres ya no estén y la casa ya no nos pertenezca. De que sea un edificio en ruinas, desierto. Vivir aquí todos juntos fue bonito, incluso cuando discutíamos; parecía que aquello no iba a acabar. Siempre lo echaré de menos.

El tiempo es un canalla, Jennifer Egan.

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