Nadie por la calle

Mes: enero, 2015

Se nos rompió el amor

Siempre creí que mi primera columna oficial revelaría, al menos, dos verdades del Universo, un secreto de Estado y el estilo de los escritores gallegos que tanto me he afanado en copiar. Durante años llevé en silencio mi intención de dedicarme a escribir, ya que la sociedad jamás ha visto con buenos ojos los trabajos para los que sólo hace falta pasión y una cama.

Cuando me divorcié del periodismo adopté una actitud propia de estrella de cine que se niega a responder sobre su vida privada pero pretende seguir cobrando por cada portada de revista. Ante los rumores que se empezaron a extender en mi círculo social decidí dar carpetazo al asunto alegando que mi profesión no hacía más que ponerme los cuernos, algo soportable si hubiera aprendido a hacer las preguntas adecuadas en vez de obsesionarme por el porqué y las metáforas. Con la gabardina arrugada, el bolígrafo en el bolsillo y la actitud malhumorada parecía, más que reportera, un detective en apuros.

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Sobre Superman o la condición humana

Bill: Como sabes, soy amante de los cómics. Especialmente de los de superhéroes. Encuentro que toda la mitología que rodea a los cómics es fascinante. Tomemos a mi superhéroe favorito, Superman. No es un cómic grandioso, no está bien dibujado. Pero la mitología, no sólo es estupenda, sino que es única.

Beatrix: ¿Cuánto falta para que esta mierda entre en acción?

Bill: Unos dos minutos. Lo suficiente como para que entiendas lo que te explico. Lo común en una historia de mitología es que por un lado está el superhéroe, y por el otro está su alter-ego. Batman en verdad es Bruce Wayne, Spiderman es en realidad Peter Parker. Cuando ese personaje se despierta por la mañana es Peter Parker. Tiene que ponerse un traje para convertirse en Spiderman. Y es en esa característica en la que Superman no tiene semejante. Superman no se convirtió en Superman, nació siendo Superman. Cuando se levanta por la mañana es Superman. Su alter-ego es Clark Kent. Ese traje, con la S en rojo, era la colcha con la cual estaba envuelto de bebé cuando los Kent lo encontraron. Esa es su ropa. Lo que usa Kent, las gafas, el traje de negocios, ese es el disfraz. Ese es el traje que utiliza Superman para mezclarse entre nosotros. Clark Kent es como Superman nos ve a nosotros. ¿Y cuales son las características de Clark Kent? Es débil, inseguro… es un cobarde. Clark Kent es la crítica que hace Superman sobre toda la raza humana.

Kill Bill, Vol II, Quentin Tarantino.

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Sílbame

Mentiría si dijera que no he pensado en exagerar un poco mi vida, buscar la popularidad en las redes sociales, cortarme el pelo, vivir de forma irresponsable, transformarme en la protagonista de El diablo viste de Prada y en todo un largo etcétera de decisiones que me llevaran a convertirme en alguien que no soy yo.

Si fuera la protagonista de una película lo primero que pediría sería rodar una escena en la que, acompañada de alguna canción que el público reconociera fácilmente, corriera por la ciudad a contrarreloj para llegar a tiempo a alguna estación o aeropuerto e impedir un viaje. Es lo bueno de las carreras en las películas románticas: siempre sabes el motivo por el que echas a correr a la desesperada. En mi vida real las carreras desesperadas siempre terminaban con la puerta cerrada del transporte público  y un reflejo en el cristal de una persona que se parecía mucho a mí, sólo que fuera de lugar. Recordé que lo único que es igual que en las películas es Nueva York, precisamente porque las películas son como Nueva York.

Pensando en todos aquellos esfuerzos que bien merecen una carrera acabé sin querer haciendo una lista de las canciones que más me gusta cantar y salieron las siguientes: la intro de Bored to Death, el estribillo de Cheers, la canción que hicieron del Inspector Gadget en español y Sílbame, el tema de los créditos de cierre de La vuelta al mundo de Willy Fogg. Me pareció una definición de mí misma inmejorable.

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El pez más feo del mundo

Como a todos los niños del mundo a mi también me tocó un pez en las ferias. Mi pez iba en una caja de plástico, era naranja, alargado, con los ojos de huevo y era el pez más feo del mundo. Eso fue lo primero que dijo mi madre cuando lo vio. Qué pez más feo. Lo llamamos Pink Floyd.

Pink Floyd era feo y hacía cosas de feo. Comía comida fea, nadaba de una forma muy fea y boqueaba de una forma muy fea porque Pink Floyd era feo y sólo sabía hacer cosas de feo.

El pez más feo del mundo vivió un montón de tiempo, ajeno a sus dueños, a las peceras grandes y a las corrientes de río. Quizás vivió tanto porque yo esperaba cada día que apareciera muerto, y me alegraba y me decepcionaba cada vez que volvía del colegio y seguía nadando de esa forma tan fea, en vez de estar muerto, boca arriba, con la tripa fea e hinchada, que era lo que se esperaba de un pez feo de la feria.

Papá mató a Pink Floyd un día que nos fuimos de viaje. Lo arrojó por el váter, sin que yo lo supiera, y tiró de la cadena, mientras el pez intentaba saltar y escapar de la corriente que lo condenaba a las tuberías, al desagüe, ese sitio que tenía que ser muy feo, tan feo como él, o incluso más. Cuando papá me lo contó me enfadé muchísimo con él porque yo quería barbaridad a Pink Floyd. Aunque no le hiciera ni caso. Lo quería como quería a mis amigas feas y gordas, que me lo pasaba muy bien con ellas, pero que en la fila del comedor no les hablaba porque nadie quiere que te vean con cosas feas y gordas, no vaya a ser que se confundan, que a ti también te llamen fea y gorda, se te pegue sin que te des cuenta y no tenga solución.

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Sobre las despedidas

Primer apunte:

No son como en las películas, aviso. En el cine, cuando alguien se despide no está haciendo nada, vemos a dos personas que hablan entre música y emociones. En la realidad siempre hay algo que hacer. En el caso de mi padre las despedidas coinciden con la cena. Entre cucharada y cucharada de menú triturado me cuenta que ha sido muy feliz en su vida con su mujer, sus hijos (con los que no paraba de discutir) y sus nietos (a los que adora). Son despedidas en toda regla, con todo el melodrama que requiere la ocasión, pero yo en lugar de tomarle la mano y ponerme a llorar entre música de pianola, tengo que seguir dándole la cena, animándole a que se acabe el plato y prometiéndole que se pondrá mejor. Mientras, las enfermeras no paran de entrar en la habitación y el señor de al lado sube el volumen de la radio: la liga ha acabado, el Barça ha fichado a Neymar.

Un hombre serio, Carlos de Diego.

Segundo apunte:

Ella sabía que no iba a confiar más en él, pero si él iba a buscarla y le hacía una promesa o formulaba entre lágrimas un juramento inverosímil -“aquello no fue lo que tú imaginabas”: como sí se tratara de su imaginación, y no de sus ojos-, Blanca, tan en contra de su dignidad como de su inteligencia, lo creía, o fingía creerlo, con tal eficacia que hasta la próxima decepción era capaz de mantenerse engañada a sí misma. Dormía con somníferos, despertaba con estimulantes y se arrastraba a lo largo del día a base de cigarrillos, whiskies y cafés, en una niebla atónita de enervamiento, malestar físico y desolación.

En ausencia de Blanca, Antonio Muñoz Molina

Tercer apunte

Te das la vuelta y allí está: la carta, cómo no, la consabida carta, dentro de un sobre grande, color lila pálido, con tu nombre escrito en él. La caligrafía femenina, tan familiar, unas letras orondas atravesadas por la visera urgente de los trazos horizontales, algunas palabras tachadas con ansiedad, vocales y consonantes, demasiados nervios, una alambrada de pinchos en la que se enredan los ojos. Aunque la leas por encima una sola vez, una sola, con eso basta, ya no se te olvidará nunca. Las frases se te graban en las gafas. “Querido, cuando leas esta carta yo ya…”.
Se ha ido.

Manchas solares, Eloy Tizón.

Cuarto apunte

Simple y reducida es mi historia como el poema más escolar de Neruda, veinte líneas cursis serán suficientes, yo la quise, a veces ella también me quiso, puedo escribir los versos más tristes, etcétera. La quise siguiéndola con los ojos dentro de su vestido de rayas, fingiendo que no la amaba desde el primer día. Me quiso mirándose en mí como en un espejo, satisfecha del entusiasmo que yo reflejaba, suprimiendo su angustia de niña perseguida con el nutriente de mi efusiones. Yo le hablaba de su nariz y de la curva de su cuello y sin escucharme ella se lamentaba de una infancia feroz de patio de monjas y niñas crueles vestidas como adefesios, todo eso ya pasó, le decía, hace tanto tiempo, qué importa, mira.

Antipoema 20, Pablo Gutiérrez.

Quinto apunte

De qué tengo miedo: de que los paneles solares fueran una máquina del tiempo. De ser una mujer que vuelve a casa al cabo de muchos años . De que mis padres ya no estén y la casa ya no nos pertenezca. De que sea un edificio en ruinas, desierto. Vivir aquí todos juntos fue bonito, incluso cuando discutíamos; parecía que aquello no iba a acabar. Siempre lo echaré de menos.

El tiempo es un canalla, Jennifer Egan.