Sobre la entrega

por B

Primer apunte:

“Quizás en el placer máximo de la lectura hay un elemento de autoaniquilación. Estar tan entregado que casi uno no sabe que existe”, Ian McEwan.

Segundo apunte:

Me acuerdo perfectamente de aquella vez que le puse la mano debajo de la falda, en el tranvía, y de cómo retorció ella el dedo entre los botones de mi pantalón, y que ya sé que no fue más que un segundo, pero que no fue un segundo normal, que fue un segundo deportivo. Fue un segundo como los segundos de las olimpiadas, que no son segundos normales. Los segundos de las olimpiadas están un poco más rellenos que los demás segundos, y valen un poco más y pesan más también.

Un tranvía en SP, de Unai Elorriaga

Tercer apunte:

Se les suele llamar “creadores”, porque hasta el más tonto de los creadores sabe que su participación en la aparición de lo excelente es mínima y efímera, que él es un instante de un proceso que durante los últimos veinte siglos trata de hacer hablar a la tierra para que descubra su secreto y nos diga (a todos, a los vivos y a los muertos, y a los que todavía están por nacer) cuál es la regla de este juego, y qué hace nuestra conciencia gritando entre billones de estrellas mudas, sordas y ciegas. La tierra sigue callada, pero nuestra respuesta está en algunas películas, en ciertas composiciones musicales, en algunas pinturas, en un puñado de esculturas, en unos cuantos edificios, en unos pocos objetos y libros y lugares. Y son tan obra nuestra como del infeliz que los creó y de quien ya nadie se acuerda, afortunadamente.

Fragmento de Creadores, de Félix de Azúa

Cuarto apunte:

– Quisiera que siempre fuera así -dijo él.
– Siempre es sólo un momento -respondió ella.

Fragmento de La historia interminable, de Michael Ende

Quinto apunte:

Pero ¿qué sabía yo? Yo sólo era una joven llena de buenas intenciones que estaba a punto de romperle el corazón a un muchacho contándole la verdad. Que no le quería. Y que esperaba que nunca más volviera a desnudarme a la fuerza en el asiento trasero de un coche en el blasfemo nombre del amor.

Fragmento de El amante de los caballos, de Tess Gallagher

b

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