Asignatura pendiente

por B

Cada cierto tiempo, cuando Internet se cae y no hay conexión con el mundo real, me da por pensar que somos como los protagonistas de aquella película de Garci cuya generación había llegado tarde a todo. Los años 50 son para mí fotografías en blanco y negro de mi padre muy pequeño, de los 60 últimamente nadie dice nada; por qué será. Los años 70 los identifico con una amalgama de revoluciones que nunca logré entender y, los 80, se han reducido a una lista de tópicos que jamás me pertenecieron porque desde siempre me obligaron a viajar con el cinturón abrochado en la parte de atrás.

A nosotros, que hemos llegado tarde a los futbolines, a la fotografía, a la política y a la religión, se nos escapa de los dedos la democracia como los granos de arena de la playa. Así, como pequeños exploradores propios de libros de Julio Verne, espiamos con los prismáticos regalados en la Comunión ideologías que se han construido alas tan grandes y frágiles que, al igual que Ícaro, han levantado el vuelo para ir a morir al sol.

Vivimos continuamente a la espera de esa recompensa que ya hemos dado por perdida, mientras, entre descanso y descanso de alguna competición deportiva, bebemos para recordar que nunca fuimos los elegidos. Un rebaño que se cree que no lo es, balando bajito por un Moisés que nos saque de un desierto en el que nos hemos metido sin siquiera levantarnos del sofá. Quizás sea ese nuestro único ilimitado poder, la creencia de poder construir un utópico mundo mejor a través de la conexión a la red.

No puedo evitar sentirme vencida cuando pienso en todas las guerras que no nos esperan. Me es imposible no darle la razón a Garci cuando en Asignatura Pendiente deja caer esa frase terrible, preciosa y desesperanzadora como epitafio: A Miguel Hernández, que se murió sin que nosotros supiéramos que existía.

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