Nadie por la calle

Mes: diciembre, 2014

Feliz todo lo viejo

Que leas, que rías, que no beses si no quieres. Que te cases, que te embarques. Que comas, que bebas, que te manches, que te limpien. Que regales, que bailes, que viajes. Que pienses, que cambies, que te equivoques, que te perdonen. Que te decidas, que te atrevas. Que gastes, que muerdas, que aplaudas. Que fantasees, que brindes, que quieras, y que no te cierren el bar de la esquina.

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Sobre la entrega

Primer apunte:

“Quizás en el placer máximo de la lectura hay un elemento de autoaniquilación. Estar tan entregado que casi uno no sabe que existe”, Ian McEwan.

Segundo apunte:

Me acuerdo perfectamente de aquella vez que le puse la mano debajo de la falda, en el tranvía, y de cómo retorció ella el dedo entre los botones de mi pantalón, y que ya sé que no fue más que un segundo, pero que no fue un segundo normal, que fue un segundo deportivo. Fue un segundo como los segundos de las olimpiadas, que no son segundos normales. Los segundos de las olimpiadas están un poco más rellenos que los demás segundos, y valen un poco más y pesan más también.

Un tranvía en SP, de Unai Elorriaga

Tercer apunte:

Se les suele llamar “creadores”, porque hasta el más tonto de los creadores sabe que su participación en la aparición de lo excelente es mínima y efímera, que él es un instante de un proceso que durante los últimos veinte siglos trata de hacer hablar a la tierra para que descubra su secreto y nos diga (a todos, a los vivos y a los muertos, y a los que todavía están por nacer) cuál es la regla de este juego, y qué hace nuestra conciencia gritando entre billones de estrellas mudas, sordas y ciegas. La tierra sigue callada, pero nuestra respuesta está en algunas películas, en ciertas composiciones musicales, en algunas pinturas, en un puñado de esculturas, en unos cuantos edificios, en unos pocos objetos y libros y lugares. Y son tan obra nuestra como del infeliz que los creó y de quien ya nadie se acuerda, afortunadamente.

Fragmento de Creadores, de Félix de Azúa

Cuarto apunte:

– Quisiera que siempre fuera así -dijo él.
– Siempre es sólo un momento -respondió ella.

Fragmento de La historia interminable, de Michael Ende

Quinto apunte:

Pero ¿qué sabía yo? Yo sólo era una joven llena de buenas intenciones que estaba a punto de romperle el corazón a un muchacho contándole la verdad. Que no le quería. Y que esperaba que nunca más volviera a desnudarme a la fuerza en el asiento trasero de un coche en el blasfemo nombre del amor.

Fragmento de El amante de los caballos, de Tess Gallagher

b

Asignatura pendiente

Cada cierto tiempo, cuando Internet se cae y no hay conexión con el mundo real, me da por pensar que somos como los protagonistas de aquella película de Garci cuya generación había llegado tarde a todo. Los años 50 son para mí fotografías en blanco y negro de mi padre muy pequeño, de los 60 últimamente nadie dice nada; por qué será. Los años 70 los identifico con una amalgama de revoluciones que nunca logré entender y, los 80, se han reducido a una lista de tópicos que jamás me pertenecieron porque desde siempre me obligaron a viajar con el cinturón abrochado en la parte de atrás.

A nosotros, que hemos llegado tarde a los futbolines, a la fotografía, a la política y a la religión, se nos escapa de los dedos la democracia como los granos de arena de la playa. Así, como pequeños exploradores propios de libros de Julio Verne, espiamos con los prismáticos regalados en la Comunión ideologías que se han construido alas tan grandes y frágiles que, al igual que Ícaro, han levantado el vuelo para ir a morir al sol.

Vivimos continuamente a la espera de esa recompensa que ya hemos dado por perdida, mientras, entre descanso y descanso de alguna competición deportiva, bebemos para recordar que nunca fuimos los elegidos. Un rebaño que se cree que no lo es, balando bajito por un Moisés que nos saque de un desierto en el que nos hemos metido sin siquiera levantarnos del sofá. Quizás sea ese nuestro único ilimitado poder, la creencia de poder construir un utópico mundo mejor a través de la conexión a la red.

No puedo evitar sentirme vencida cuando pienso en todas las guerras que no nos esperan. Me es imposible no darle la razón a Garci cuando en Asignatura Pendiente deja caer esa frase terrible, preciosa y desesperanzadora como epitafio: A Miguel Hernández, que se murió sin que nosotros supiéramos que existía.

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