Canción de aniversario

por B

La semana pasada abrí el periódico y descubrí que todas las columnas hablaban de amor. Pensé en hacer lo mismo, garabatear una columna imitando a Ray Loriga y al final me salió una canción pop perfecta para un baile de graduación. En momentos de bloqueo echo de menos un editor al que llorarle amargamente por teléfono y decirle aquello de “es que no sé qué ponerme”.

Los cajones se hicieron para guardar todas aquellas cosas que ya no nos sirven pero que no queremos tirar. Pienso en todas las rupturas que estarán guardadas en las mesillas pegadas a la cama: fotos de infancia, un diente de leche y la última carta que enviaron los Reyes Magos. Abrir cajones despreocupadamente conlleva el peligro de acabar llorando nostalgia. Nunca se vuelven a tener los amigos de los doce años.

Bésame mucho, cantaba mi madre por casa, y a mí se me quedó la copla pero perdí el hábito. Tenía razón la biografía de Foster Wallace al resumir que todas las historias de amor terminan siendo historias de fantasmas. Fantasmas del presente y del futuro que, a la manera de Dickens, terminan dejando tras los llantos los pulmones tiernos, como si se hubiera macerado en leche.

Me acuerdo de ese párrafo maravilloso de Frédéric Beigbeder: El amor no tiene nada que ver con el corazón, ese órgano repugnante, especie de bomba empapada en sangre. El amor ataca primero a los pulmones. No deberíamos decir “tengo el corazón roto”, sino “tengo los pulmones asfixiados”. Los pulmones son los órganos más románticos: todos los amantes contraen tuberculosis; no es casual que Chéjov, Kafka, D. H. Lawrence, Frédéric Chopin, George Orwell y Santa Teresa de Lisieux murieran de esa enfermedad; en cuanto a Camus, Moravia, Boudard, Marie Bashkirtseff y Katherine Mansfield, ¿habrían escrito los mismos libros sin esa infección? Además, que se sepa, la Dama de Camelias no murió de infarto de miocardio; semejante castigo está reservado a los trepas con estrés, no a los sentimentales sin remedio. Todo el mundo tiene una pena de amor que dormita en el fondo de sí mismo. Todo corazón que no está roto no es un corazón. Los pulmones esperan a la tuberculosis para sentir que existen. […] Me encantaba mirarte mientras dormías, incluso cuando fingías hacerlo, cuando regresaba tarde a casa, borracho, contaba tus pestañas, a veces me parecía que me sonreías. Un hombre enamorado es alguien a quien le gusta mirar a su mujer mientras duerme, y, de vez en cuando, mirarla mientras goza. […] ¿Puedes oírme a miles de kilómetros de distancia, como en los anuncios de operadores de telefonía? ¿Por qué hace falta que la gente se haya marchado para que uno se de cuenta de que la quiere? ¿Acaso no te das cuenta de que lo único que yo te pedía era que me hicieras sufrir un poquito, como al principio, de una tregua pulmonar?

A veces, sin avisar previamente, siento presión en el pecho y pienso en todos los males románticos. En ese momento es cuando me entran ganas de salir corriendo en buscar de un bar, sentarme a beber sola, y atreverme a gritar el comienzo del monólogo desesperado de William H Dacy en Magnolia: “Estoy enferma y estoy enamorada”.

 

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