Nadie por la calle

Mes: noviembre, 2014

Sobre la clase de chica que eres

Primer apunte:

Espera, espera… ¿Tú qué tipo de tía eres? ¿De las que dicen “compartimos” y luego se ponen moradas haciéndose las finas? ¿De las que dicen “compartimos” y apenas prueban la tarta? ¿O de las que dicen “compartimos” y comparten de verdad?

Fragmento de Juntos, nada más, de Anna Gavalda.

Segundo apunte:

– Creía que eras de las que sabía decir “basta”.
– No sé que clase de chica soy en realidad.

Diálogo entre Juno y su padre, de la película Juno

Tercer apunte:

En una conversación, ¿eres de los que escuchan o esperan para hablar?,

Mia Wallace, en Pulp Fiction

Cuarto apunte:

Encuentro poco lógico decir que porque las mujeres son buenas deberían votar; los hombres no votan porque sean buenos, votan porque son varones. Las mujeres no deberían votar por ser ángeles y los hombres animales, sino por ser seres humanos y ciudadanos de esta nación.
– Tendría que haber sido abogada, señorita March.
– Tendría que haber sido muchas cosas, señor Meyer.

Diálogo entre el señor Meyer y Jo March, de Mujercitas.

Quinto apunte

Tomé una respiración profunda y escuché el viejo rebuzno de mi corazón: soy yo, soy yo, soy yo

Sylvia Plath.

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Canción de aniversario

La semana pasada abrí el periódico y descubrí que todas las columnas hablaban de amor. Pensé en hacer lo mismo, garabatear una columna imitando a Ray Loriga y al final me salió una canción pop perfecta para un baile de graduación. En momentos de bloqueo echo de menos un editor al que llorarle amargamente por teléfono y decirle aquello de “es que no sé qué ponerme”.

Los cajones se hicieron para guardar todas aquellas cosas que ya no nos sirven pero que no queremos tirar. Pienso en todas las rupturas que estarán guardadas en las mesillas pegadas a la cama: fotos de infancia, un diente de leche y la última carta que enviaron los Reyes Magos. Abrir cajones despreocupadamente conlleva el peligro de acabar llorando nostalgia. Nunca se vuelven a tener los amigos de los doce años.

Bésame mucho, cantaba mi madre por casa, y a mí se me quedó la copla pero perdí el hábito. Tenía razón la biografía de Foster Wallace al resumir que todas las historias de amor terminan siendo historias de fantasmas. Fantasmas del presente y del futuro que, a la manera de Dickens, terminan dejando tras los llantos los pulmones tiernos, como si se hubiera macerado en leche.

Me acuerdo de ese párrafo maravilloso de Frédéric Beigbeder: El amor no tiene nada que ver con el corazón, ese órgano repugnante, especie de bomba empapada en sangre. El amor ataca primero a los pulmones. No deberíamos decir “tengo el corazón roto”, sino “tengo los pulmones asfixiados”. Los pulmones son los órganos más románticos: todos los amantes contraen tuberculosis; no es casual que Chéjov, Kafka, D. H. Lawrence, Frédéric Chopin, George Orwell y Santa Teresa de Lisieux murieran de esa enfermedad; en cuanto a Camus, Moravia, Boudard, Marie Bashkirtseff y Katherine Mansfield, ¿habrían escrito los mismos libros sin esa infección? Además, que se sepa, la Dama de Camelias no murió de infarto de miocardio; semejante castigo está reservado a los trepas con estrés, no a los sentimentales sin remedio. Todo el mundo tiene una pena de amor que dormita en el fondo de sí mismo. Todo corazón que no está roto no es un corazón. Los pulmones esperan a la tuberculosis para sentir que existen. […] Me encantaba mirarte mientras dormías, incluso cuando fingías hacerlo, cuando regresaba tarde a casa, borracho, contaba tus pestañas, a veces me parecía que me sonreías. Un hombre enamorado es alguien a quien le gusta mirar a su mujer mientras duerme, y, de vez en cuando, mirarla mientras goza. […] ¿Puedes oírme a miles de kilómetros de distancia, como en los anuncios de operadores de telefonía? ¿Por qué hace falta que la gente se haya marchado para que uno se de cuenta de que la quiere? ¿Acaso no te das cuenta de que lo único que yo te pedía era que me hicieras sufrir un poquito, como al principio, de una tregua pulmonar?

A veces, sin avisar previamente, siento presión en el pecho y pienso en todos los males románticos. En ese momento es cuando me entran ganas de salir corriendo en buscar de un bar, sentarme a beber sola, y atreverme a gritar el comienzo del monólogo desesperado de William H Dacy en Magnolia: “Estoy enferma y estoy enamorada”.

 

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Sobre la primera vez

Primer apunte:

Lisboa hay que verla en el tiempo exacto de un sollozo. Verla toda entera con la primera luz del amanecer, por ejemplo. O verla bien completa con el último reflejo del sol sobre la Rua da Prata. Y después, llorar. Porque uno, aunque sea la primera vez que la ve, tiene la impresión de haber vivido antes allí todo tipo de amores truncados, desenlaces violentos, ilusiones perdidas y suicidios ejemplares. Caminas por primera vez por las calles de Lisboa y, como le ocurriera al poeta Valente, sientes en cada esquina la memoria difusa de haberla ya doblado. ¿Cuándo? No sabemos. Pero ya habíamos estado aquí antes de haber venido nunca.

Inmersión en la alegría de Lisboa, de Enrique Vila-Matas.

Segundo apunte:

– Aquí nos dimos el primer beso…¿te acuerdas?
– Sí… nos pilló mi padre.

Diálogo de Azuloscurocasinegro, de Daniel Sánchez Arévalo.

Tercer apunte:

Luisa besó a Marco después de las ecuaciones de segundo grado. Se arrepintió enseguida pero también sintió un calor muy intenso y húmedo entre las piernas, bosquecillo ecuatorial. El siguiente martes lo besó después del pronunciamiento de Pavía, y tuvo que correr al baño porque pensaba que se había hecho pis. El siguiente lo besó entre dos sintagmas adverbiales, con los dedos arañaba la mesa, apretaba los codos para rozarse los senos, se resbalaba en la silla buscando el borde, volvía atrás y de nuevo a resbalarse.
El siguiente ni siquiera entraron en la biblioteca, se escondieron juntos en el baño, se desnudaron, la puerta no tenía pestillo, eran unos precursores, nadie había follado nunca en los baños de ese instituto, tampoco sabían cómo hacerlo, ella jamás había visto porno y él no lo suficiente, salió mal, Marco estuvo a punto de correrse dentro pero consiguió evitarlo y ensució las paredes, a ella no le desaparecieron las ganas, se metió dos dedos, se arrodilló, él le tapó la boca con la camiseta porque los gritos se oían en todo el pasillo […]

Fragmento de Democracia, de Pablo Gutiérrez.

Cuarto apunte:

Mira, los chicos nos hacemos los hombres antes de serlo, sacamos pecho, marcamos paquete, nos desabrochamos el segundo botón de la camisa, porque esperamos que eso os impresione; os hacemos reír, y eso está bien, pero nunca nos habéis creído, somos incapaces de sostener la interpretación. Jugamos a ser el sexo fuerte, pero ahí nos tienes, temblando de emoción ante esos organismos que transportan los elementos indispensables para organizar un paraíso en la Tierra. Ninguna de vosotras entendéis desde vuestro desarrollo gradual lo que supone la detonación a los doce, a los trece, a los catorce de esas bombas de testosterona que queman brazos enteros de neuronas hasta la raíz, que impulsan al vello crecer por todo el cuerpo, que te cambian las facciones a tirones, estamos puestos aquí, entre las sensaciones, para plantar la semilla en el surco carnal y asegurar el relevo. ¿Entiendes?
– No.

Fragmento de Divorcio en el aire, de Gonzalo Torné.

Quinto apunte:

Desde entonces has visto muchos paisajes nuevos, has dormido con otras personas hasta conocer de memoria cuerpos que no eran como el suyo,has caminado por habitaciones desconocidas, pequeñas, has cantado muchas veces de alegría en lugares extraños, has estado atento a los recuerdos íntimos de otras personas, has escuchado todo con atención, has amado, no te has abandonado a la nostalgia, has dejado que la vida siguiera y sin embargo las luces se apagan como si las cubriera ella misma con una seda negra, como si discurrieran, por debajo de estos días, los días que debieran haber sido a su lado.

Fragmento de Lista de desaparecidos, de Andrés Barba y Pablo Angulo.

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