París no se acaba nunca

Me fui a París con la idea de escribir cartas de amor y volví sin nada que decir. Pensé que la ciudad de los escritores guardaría mi primera novela pero la realidad fue que me amonestaron en Shakespeare and Co y Dumas no apareció por ninguna parte. La culpa fue mía, por dedicarme esa semana a leer sólo literatura norteamericana, desdeñar el imperialismo de los Campos Elíseos y comer exquisitos croissants rusos sentada en el barrio judío. Tantos años creyéndome francesa y París insistió en decirme que no, que a mí lo que de verdad me pega ser es italiana.

Al volver me encontré con la libreta vacía, una tromba de agua y Muñoz Molina despidiéndose del agosto en Madrid en un texto tan perfecto, apacible y brillante, que volvió a conseguir que mi madre lamentara mi futuro hacia vete a saber qué, ese espectro tan amplio que abarca todo lo que no significa dedicarse a escribir.

Quizá fue por eso por lo que me obligué a hacerme una entrevista a mí misma, como si hubiera triunfado en el mundo del espectáculo y cualquiera de mis opiniones fuera interesantes. Al final, al llegar a la pregunta obligada de en qué te inspiras para escribir, yo, tan joven y tan guapa, no me quedó más remedio que admitir que sólo hablo de todas aquellas cosas que no me pasan.

La conclusión que saqué después de semejante ejercicio de egocentrismo fue la de que de repente hacía frío. Madrid ha vuelto con demasiadas prisas a su bullicio de septiembre, como si quisiera hacernos olvidar bruscamente el lujoso paréntesis del verano. Hay en el aire de otoño una llamada imperativa al cambio, un deseo casi adolescente de mutar por alguien completamente distinto a uno mismo, preferiblemente rico y distinguido. Creo que ha llegado el momento de reconocer que hasta los sueños, especialmente los buenos, cuestan mucho dinero.

Si retrocediera diez años me encontraría en el pasillo del colegio, con fotos en la taquilla de hombres cuyo nombre no quiero acordarme, el ceño fruncido y la misma cazadora vaquera que sigue en mi armario. Tan desorientada e ingenua para contestar, sin dudarlo ni un momento, que yo no iba a ser igual que el resto.

rimbaud