El mundo se desmoronaba y nosotros tuiteábamos

por B

Se termina agosto en las ciudades, y el cemento poco a poco se va quedando sin paz. Madrid en verano es una burbuja apacible, sin mucho ruido y abierta toda la noche. Recuerda a veces a una de esas mujeres de novela negra, distante y falsamente desganada, como esa amante lejana que finge corrección mientras tiene las piernas ligeramente separadas.

A mí del verano lo que más me gusta son sus lecturas, perder tiempo entre ellas porque es lo que proporciona material para septiembre y para la vida, lo que realmente hay al girar la esquina. Las vacaciones, los periódicos y los libros de la playa me han dado la espalda, y las columnas de antes recaen en hombres pretenciosos que se jactan de escribir sobre mujeres fatales, copas de champagne y albornoces mullidos de piscina cinco estrellas. Creo que necesitamos una corriente literaria nueva, otra revolución con claveles y un cantante protesta, pero mi única aportación a la causa ha sido escribir en una pared, a la manera de Casablanca, que el mundo se desmoronaba y nosotros tuiteábamos. 

Me encanta el discurso romántico que hace Tom Hammerschmidt en House of Cards cuando se coloca él mismo sin querer entre la espada y la pared; esa última lucha por querer seguir publicando lo que es bueno y no lo que la sociedad reclama como nuevo. Los tertulianos de opinión y los tuiteros de profesión son los nuevos anarquistas de salón; los que presumen de saber hacer lo que el mundo todavía no ha conseguido aprender. 

Con tantas ganas de localizar fama y dinero, he asumido que ya nadie me señalará para permitirme dejar todo por los libros, un artículo semanal y un vermut de grifo antes de comer. La culpa de todo la tiene el no ser extranjera, aristócrata, ni bloguera de moda y no tener un lunar pegadito a la boca.

 

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