El león, la bruja y el armario

Ordenar armarios se me asemeja a revisar álbumes de fotos antiguos, como quien busca la clave de un secreto familiar propio de un telefilme de Antena 3. No es que el objetivo robe el alma, como en aquel libro de Stephen King, pero sí se va quedando con cosas que ya no existen, como un pelo rubísimo, las mochilas del colegio  y los amigos que se tienen a los doce años.

Volcar la ropa en la cama y volver a doblar todo, decidir qué montón sí y qué montón dar, acaba convirtiéndome en un verdugo sentimental incapaz de separar la ropa de lo personal. Hace tiempo que guardo el armario para camisas rescatadas y vestidos regalados para bailes de instituto que nunca tuvimos, un espacio para la nostalgia que es la que me hace sentirme guapa.

Beth March, justo antes de morir, le confesaba a Jo que a ella lo que más le gustaba era estar en casa, guardando un leve reproche para la mejor de sus hermanas, a la que le costó mucho entender que para ser todo lo que ella quería, y fue muchas cosas, no debía romper con su origen sino retomarlo del todo.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, cantaba Sabina, y yo lucho cada día contra esa constante, construyendo una casa a base de recuerdos y lugares comunes, releyendo libros que me hicieron feliz y triste hace años, guardando jerseys de invierno grandes y heredados, volviendo a ver fotos que jamás nos haremos de nuevo y dejando espacio en el armario para todas aquellas cosas de antes de las que sin querer, con el paso de los años, me he ido olvidando.