Saber perder

El gran problema de España es que parecía que iba seguir creyéndose campeona del mundo antes de que todo ardiera y al final nos ha vuelto a ganar la Monarquía. Lo bueno que tienen los goles en propia puerta es que a veces son los más bonitos del partido, como cuando ante una imagen de una ciudad destruida suena de fondo ópera clásica. Coca-Cola debería hacer otro anuncio como aquel del portero que quería saber qué se sentía al meter un gol, sólo que al revés. No hay nada más épico y dramático que los héroes cansados.

La resignación se lleva mejor desde una casa grande, con piscina para el verano y el lomo de un felino al que acariciar. Para querer conquistar el mundo tiene que haber, además de ganas, un plan trazado desde hace años acompañado de algún trauma infantil, normalmente relacionado con la ausencia de unos padres o la infelicidad constante del niño millonario. Olvidarse de saber perder puede acabar siendo peligroso, sobre todo si uno pretende seguir adelante con su vida como si nunca hubiera habido una derrota.

Estas deducciones novelescas se me ocurren siempre pasadas las once de la noche, cuando vuelvo a casa cruzando los pasos de peatones como si fuera una actriz norteamericana y pensando que ya va siendo hora de que me descubra un cazatalentos. La realidad viene a la mañana siguiente, cuando al mirarme al espejo éste me devuelve una taza de Nesquick y cerca de cuatro semanas sin escribir. Sólo falta Bill Clinton llamándome a casa para gritarme “Es el predicado, estúpida”.

 

 

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