Feo, fuerte y formal

por B

Es volver de vacaciones y prometerme otra vez que voy a cambiar.  Poner dos lavadoras seguidas y sábanas limpias en la cama me hace pensar en una renovación que se me antoja casi industrial. Lo fácil sería seguir el modelo de las series norteamericanas; decir que sí a un grupo de desconocidos y en una tarde convertirme en Miss Carolina del Norte.

Ahora que el periodismo se ha elegido como la segunda peor profesión del mundo deberíamos asumir que ya somos muy mayores para llamar a nuestra madre cada vez que nos quitan la pelota en el patio del colegio. Y citaré a Gistau para explicarme: Además, nunca he compartido las ínfulas de ciertos compañeros de profesión según los cuales el periodismo es una especie de misión sacralizada más importante para la sociedad -para la Democracia- que un parque de bomberos o de un laboratorio de investigación oncológica. Ya dije una vez que aquí se viene a no tener madrugar, aunque luego se madrugue por culpas de las tertulias, que son lo que hago por mis hijos: de mis ocupaciones profesionales, la de escribir es la única que quedaría si ganara la lotería. (Esto ha sido esnobismo: solo movería el dedo para pelar gambas y aprender piano. Lo del piano también ha sido esnobismo).  A la mala prensa del periodismo, como a las dimisiones ministeriales, hay que venir llorado de casa, porque si no es imposible merecerse la portada.

Lo mejor que tiene la profesión es que conforme pasan los años uno cada vez encuentra más personas a las que admirar, aunque casi todos intentemos querer ser como los que ya no están, el último truco que se nos ha ocurrido para vengar la muerte.

Yo estudié periodismo porque no quería ser lo mismo durante toda mi vida, de ahí que siempre me disculpe de antemano cuando me preguntan qué es lo que soy. Las definiciones me incomodan porque las relaciono con un ataque directo a la intimidad, algo que el periodismo parece haber perdido un sábado por la noche en la cama de un desconocido. Ahora que está tan de moda etiquetar la comida, los amantes y las ginebras, me atrevo a levantar también la mano y decir que si el periodismo tuviera que ser algo debería ser feo, fuerte y formal. De hecho, me encantaría poder llegar a casa un día, desatornillar la placa del buzón, quitar mi nombre y mis apellidos y escribir “Aquí vive John Wayne”.

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