El milagro de la primavera

por B

Apuro el batido de chocolate como imagino que apuran las copas los protagonistas de las columnas de Tallón; sorbiendo con fruición y chupando con pena la última gota. Desayunar en el trabajo es como leer la prensa después de volver de la playa o las copas previas a un examen de fin de carrera; la procrastinación agridulce del que se sabe sujeto a obligaciones que no le interesan en absoluto.

Empiezan las flores y los edificios a desperezarse entre quejidos y hematomas de invierno,  como quien se levanta de la cama un día de resaca buscando una botella de agua. Los colores de la primavera tienen algo de libro de plástica de un niño de primaria: cantidades ingentes de un amarillo muy fuerte con algo de naranja, rosa y azul amenazando con salirse del margen.

El verdadero peligro de los abriles soleados madrileños es el inicio de la  fuerte corriente hormonal, que comienza en las terrazas, pasa por debajo de las faldas y suele terminar en septiembre. La primavera es caprichosa, manipuladora y de vida disoluta, totalmente incompatible con horario de oficina.

El arranque del calor me encuentra siempre haciendo cosas  propias de anuncio de cerveza mediterránea, como pasear a las cuatro y media de la tarde por calles desiertas creyéndome en vacaciones.  Paso por Bárbara de Braganza, Hortaleza, Gravina, Piamonte, San Lucas, dando un poco de vuelta, mirando las casas antiguas recién pintadas, con las contraventanas abiertas y los balcones en flor, y pienso en: las siestas que empiezan a parecerse a las de verano, ir descalzo por casa, asomarse por la ventana en ropa interior, qué hacía yo hace un año, tener un perro, estar en Roma y en Lisboa, mis padres antes de nosotras,  ponerme vestidos cortos, traerme la bicicleta a Madrid, beber otra cerveza cuando llegue a casa, ser de esas chicas sobre las que escriben libros, querernos para siempre.

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