Nadie por la calle

Mes: abril, 2014

Feo, fuerte y formal

Es volver de vacaciones y prometerme otra vez que voy a cambiar.  Poner dos lavadoras seguidas y sábanas limpias en la cama me hace pensar en una renovación que se me antoja casi industrial. Lo fácil sería seguir el modelo de las series norteamericanas; decir que sí a un grupo de desconocidos y en una tarde convertirme en Miss Carolina del Norte.

Ahora que el periodismo se ha elegido como la segunda peor profesión del mundo deberíamos asumir que ya somos muy mayores para llamar a nuestra madre cada vez que nos quitan la pelota en el patio del colegio. Y citaré a Gistau para explicarme: Además, nunca he compartido las ínfulas de ciertos compañeros de profesión según los cuales el periodismo es una especie de misión sacralizada más importante para la sociedad -para la Democracia- que un parque de bomberos o de un laboratorio de investigación oncológica. Ya dije una vez que aquí se viene a no tener madrugar, aunque luego se madrugue por culpas de las tertulias, que son lo que hago por mis hijos: de mis ocupaciones profesionales, la de escribir es la única que quedaría si ganara la lotería. (Esto ha sido esnobismo: solo movería el dedo para pelar gambas y aprender piano. Lo del piano también ha sido esnobismo).  A la mala prensa del periodismo, como a las dimisiones ministeriales, hay que venir llorado de casa, porque si no es imposible merecerse la portada.

Lo mejor que tiene la profesión es que conforme pasan los años uno cada vez encuentra más personas a las que admirar, aunque casi todos intentemos querer ser como los que ya no están, el último truco que se nos ha ocurrido para vengar la muerte.

Yo estudié periodismo porque no quería ser lo mismo durante toda mi vida, de ahí que siempre me disculpe de antemano cuando me preguntan qué es lo que soy. Las definiciones me incomodan porque las relaciono con un ataque directo a la intimidad, algo que el periodismo parece haber perdido un sábado por la noche en la cama de un desconocido. Ahora que está tan de moda etiquetar la comida, los amantes y las ginebras, me atrevo a levantar también la mano y decir que si el periodismo tuviera que ser algo debería ser feo, fuerte y formal. De hecho, me encantaría poder llegar a casa un día, desatornillar la placa del buzón, quitar mi nombre y mis apellidos y escribir “Aquí vive John Wayne”.

El milagro de la primavera

Apuro el batido de chocolate como imagino que apuran las copas los protagonistas de las columnas de Tallón; sorbiendo con fruición y chupando con pena la última gota. Desayunar en el trabajo es como leer la prensa después de volver de la playa o las copas previas a un examen de fin de carrera; la procrastinación agridulce del que se sabe sujeto a obligaciones que no le interesan en absoluto.

Empiezan las flores y los edificios a desperezarse entre quejidos y hematomas de invierno,  como quien se levanta de la cama un día de resaca buscando una botella de agua. Los colores de la primavera tienen algo de libro de plástica de un niño de primaria: cantidades ingentes de un amarillo muy fuerte con algo de naranja, rosa y azul amenazando con salirse del margen.

El verdadero peligro de los abriles soleados madrileños es el inicio de la  fuerte corriente hormonal, que comienza en las terrazas, pasa por debajo de las faldas y suele terminar en septiembre. La primavera es caprichosa, manipuladora y de vida disoluta, totalmente incompatible con horario de oficina.

El arranque del calor me encuentra siempre haciendo cosas  propias de anuncio de cerveza mediterránea, como pasear a las cuatro y media de la tarde por calles desiertas creyéndome en vacaciones.  Paso por Bárbara de Braganza, Hortaleza, Gravina, Piamonte, San Lucas, dando un poco de vuelta, mirando las casas antiguas recién pintadas, con las contraventanas abiertas y los balcones en flor, y pienso en: las siestas que empiezan a parecerse a las de verano, ir descalzo por casa, asomarse por la ventana en ropa interior, qué hacía yo hace un año, tener un perro, estar en Roma y en Lisboa, mis padres antes de nosotras,  ponerme vestidos cortos, traerme la bicicleta a Madrid, beber otra cerveza cuando llegue a casa, ser de esas chicas sobre las que escriben libros, querernos para siempre.