Estar en llamas

por B

Her

Salimos de ver Her con sonrisas de medio lado,  la promesa de la primavera y guiños de carteles luminosos de venta de relojes de diseño.  La película es preciosa, reveladora, triste y turbadora, no sé si en este orden precisamente, pero es que el amor es lo que tiene, que a veces se va de las manos y no se digna a volver.  Tenía razón Ray Loriga al decir que al final todos hablábamos de lo mismo, la diferencia está en que pasada la adolescencia preferimos dejar aparcadas las metáforas y preguntar a bocajarro por el yo.

Si yo pudiera escoger me presentaría con un apretón de manos masculino e iría a todos los lados con una bolsa de piel colgada al hombro en la que metería una cámara de fotos, un cuaderno de tapa dura de hojas lisas, un fajo de billetes enrollados a la manera americana y un montón de caramelos Werther’s Original esparcidos por el fondo.

La identidad acaba siendo como una resaca de entre semana; aparece en su máximo apogeo cuando crees que has ganado la batalla. Bourne buscaba desesperado su nombre como otros han buscado frenéticamente El Dorado o las formas de volver a casa. Para empezar una lucha por uno mismo hay que saber que es un trabajo con horario partido y sin siestas de dos horas.  Para empezar una lucha por el amor hay que aceptar que acabarás convirtiéndote en Portugal.

Cheever aconsejaba a los alumnos escribir como si se encontraran en un edificio envuelto en llamas. En Her Theodore y Samantha se querían como si los que estuvieran ardiendo fueran ellos.

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