Los niños mimados de Astorga

por B

Los cajones de los escritorios se hicieron para guardar cosas que ya no usas pero que no te atreves a tirar. Si la Biblia y la moda nos han enseñado algo es que todo vuelve y varias veces, hombreras ochenteras o el resurgir de los muertos, cómo lo llames es lo de menos, un nombre es sólo un nombre, ya se lo gritó Julieta a Romeo desde el balcón de casa.

Los niños Panero siempre lo supieron y por eso se dedicaron a coleccionar apellidos ajenos, porque el suyo estaba ya demasiado oído. Paranoicos, lúcidos alcohólicos, esquizofrénicos, cultos y provocadores, decidieron posar con chulería en el epitafio que Chávarri les escribió en los 70. El desencanto desmontó la teoría de que la familia bonita de intelectuales del régimen era idílica en noventa y siete minutos. Los pobres niños ricos pasaron a ser los pobres niños locos.

El malditismo hay que saber llevarlo y Leopoldo María Panero fue el más espabilado de los tres al pagarse la droga y los intentos de suicidios con la nómina que le ingresaba Cátedra. Juan Luis, el mayor, por mucho que empezara a fumar antes de poder afeitarse, enseguida hizo como que las salidas de tono no iban con él, no se sabe aún si por vergüenza o por envidia. Michi, tan deslenguado, tan ocurrente, tan inteligente, no servía para casi nada y sólo nos quedó de él el tema apócrifo que le escribió Nacho Vegas.

El escritor y periodista J. Benito Fernández, obsesionado desde siempre con los niños raros y conocedor de la obra del mediano de los Panero (en el 98 ya había publicado una antología suya) se lanzó a escribir El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero, una excepcional biografía del poeta en la que invirtió más de dos años que analiza detalladamente, a la manera de las grandes biografías británicas, todos los pasos que dio la familia mientras se vigilaban las espaldas continuamente.

Con un padre ausente que falleció demasiado pronto como para que las ideas radicales le estallaran en la cara y una madre sin demasiado interés por convertirse en la mala del cuento que sus hijos reclamaban, los Panero Blanc convencieron a la sociedad de que vivieron rebelándose a una autoridad que realmente no existía. Leopoldo Panero pronto fue peor poeta y más desconocido que sus hijos y Felicidad Blanc prefería seguir enamorada de Cernuda y escribir cuentitos que pasar la tarde riñendo a sus hijos.

Esa manía de rebelarse, no tanto por unos principios ideológicos sino por un desafío a lo ya establecido, a lo que estaba ya antes que él, fue lo que llevó a Leopoldo María a estrellarse y a la vez a triunfar. Cárcel, universidad, libros, drogas y sexo fue todo de la mano, un peón en el tablero de ajedrez haciendo todo lo posible por alcanzar la octava casilla y convertirse en rey.

Benito Fernández realiza un exhaustivo trabajo al coger de la mano al lector y llevarle por todas las habitaciones de la familia Panero Blanc, con las camas sin hacer, la vajilla descascarillada, los trapos sucios secándose al sol, casi acartonados por el calor y por un rencor que no se comprende si no se mira como una rabieta no atendida desde la cuna.

Leopoldo María, tan consciente de que no podría ingresar tranquilamente en el psiquiátrico hasta que la crítica literaria le aplaudiera sus poemas, arrastró durante toda su juventud y buena parte de su madurez la creencia de que, como él mismo citaba, su mayor problema era que “sólo soy a ratos”, cuando lo que es realmente complicado es ser siempre, a todas horas.

Anuncios