Nadie por la calle

Mes: marzo, 2014

Canción de amor y muerte

Imagen

 

Cupido, certero y Venus, abundante.
Y no he encontrado una definición de amor más bonita que ésta.

 

Los horarios cambiados

Porque escribir, pensaba yo, es estar más despierto de lo normal. Un espasmo de lucidez recorre todo, nos sacude el sistema nervioso con una sobrecarga de vitalidad, de plenitud, de audacia, de algún modo hay que canalizar toda esa energía dispersa y un tanto alucinógena que desborda la conciencia. De la euforia molecular hasta el folio. Entran ganas de cantar, de bailar, de recibir una bofetada o un electroshock. En lugar de eso, volcamos toda esa actividad frenética hacia dentro y nos contentamos con enfilar, con gran aplomo, un signo negro tras otro. 

De modo que yo escribía. Llevaba varios años buscando un lugar acogedor para escribir, sin encontrarlo, rastreando estudios y apartamentos, entrevistándome con porteras y encargados de inmobiliarias y otra vez porteras, regateando precios de alquileres, anotando números de teléfono en papelitos y transcribiendo los mensajes que voces misteriosas dejaban al anochecer en el contestador; hasta que un día terminé rindiéndome a la verdad: que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir.

Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva. Desde entonces dejé de buscar, me conformé con lo que tenía, me relajé. Asumí que escribir no es ese espacio apropiado para instalarse en él durante largas temporadas, sino solo para hacer visitas breves, entrar y salir, y el resto del tiempo pasarlo fuera y a ser posible lejos, cuando más lejos mejor. Y en esto -pero solo en esto- se parece un poco a la felicidad.

Técnicas de iluminación, Eloy Tizón

Estar en llamas

Her

Salimos de ver Her con sonrisas de medio lado,  la promesa de la primavera y guiños de carteles luminosos de venta de relojes de diseño.  La película es preciosa, reveladora, triste y turbadora, no sé si en este orden precisamente, pero es que el amor es lo que tiene, que a veces se va de las manos y no se digna a volver.  Tenía razón Ray Loriga al decir que al final todos hablábamos de lo mismo, la diferencia está en que pasada la adolescencia preferimos dejar aparcadas las metáforas y preguntar a bocajarro por el yo.

Si yo pudiera escoger me presentaría con un apretón de manos masculino e iría a todos los lados con una bolsa de piel colgada al hombro en la que metería una cámara de fotos, un cuaderno de tapa dura de hojas lisas, un fajo de billetes enrollados a la manera americana y un montón de caramelos Werther’s Original esparcidos por el fondo.

La identidad acaba siendo como una resaca de entre semana; aparece en su máximo apogeo cuando crees que has ganado la batalla. Bourne buscaba desesperado su nombre como otros han buscado frenéticamente El Dorado o las formas de volver a casa. Para empezar una lucha por uno mismo hay que saber que es un trabajo con horario partido y sin siestas de dos horas.  Para empezar una lucha por el amor hay que aceptar que acabarás convirtiéndote en Portugal.

Cheever aconsejaba a los alumnos escribir como si se encontraran en un edificio envuelto en llamas. En Her Theodore y Samantha se querían como si los que estuvieran ardiendo fueran ellos.

Los niños mimados de Astorga

Los cajones de los escritorios se hicieron para guardar cosas que ya no usas pero que no te atreves a tirar. Si la Biblia y la moda nos han enseñado algo es que todo vuelve y varias veces, hombreras ochenteras o el resurgir de los muertos, cómo lo llames es lo de menos, un nombre es sólo un nombre, ya se lo gritó Julieta a Romeo desde el balcón de casa.

Los niños Panero siempre lo supieron y por eso se dedicaron a coleccionar apellidos ajenos, porque el suyo estaba ya demasiado oído. Paranoicos, lúcidos alcohólicos, esquizofrénicos, cultos y provocadores, decidieron posar con chulería en el epitafio que Chávarri les escribió en los 70. El desencanto desmontó la teoría de que la familia bonita de intelectuales del régimen era idílica en noventa y siete minutos. Los pobres niños ricos pasaron a ser los pobres niños locos.

El malditismo hay que saber llevarlo y Leopoldo María Panero fue el más espabilado de los tres al pagarse la droga y los intentos de suicidios con la nómina que le ingresaba Cátedra. Juan Luis, el mayor, por mucho que empezara a fumar antes de poder afeitarse, enseguida hizo como que las salidas de tono no iban con él, no se sabe aún si por vergüenza o por envidia. Michi, tan deslenguado, tan ocurrente, tan inteligente, no servía para casi nada y sólo nos quedó de él el tema apócrifo que le escribió Nacho Vegas.

El escritor y periodista J. Benito Fernández, obsesionado desde siempre con los niños raros y conocedor de la obra del mediano de los Panero (en el 98 ya había publicado una antología suya) se lanzó a escribir El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero, una excepcional biografía del poeta en la que invirtió más de dos años que analiza detalladamente, a la manera de las grandes biografías británicas, todos los pasos que dio la familia mientras se vigilaban las espaldas continuamente.

Con un padre ausente que falleció demasiado pronto como para que las ideas radicales le estallaran en la cara y una madre sin demasiado interés por convertirse en la mala del cuento que sus hijos reclamaban, los Panero Blanc convencieron a la sociedad de que vivieron rebelándose a una autoridad que realmente no existía. Leopoldo Panero pronto fue peor poeta y más desconocido que sus hijos y Felicidad Blanc prefería seguir enamorada de Cernuda y escribir cuentitos que pasar la tarde riñendo a sus hijos.

Esa manía de rebelarse, no tanto por unos principios ideológicos sino por un desafío a lo ya establecido, a lo que estaba ya antes que él, fue lo que llevó a Leopoldo María a estrellarse y a la vez a triunfar. Cárcel, universidad, libros, drogas y sexo fue todo de la mano, un peón en el tablero de ajedrez haciendo todo lo posible por alcanzar la octava casilla y convertirse en rey.

Benito Fernández realiza un exhaustivo trabajo al coger de la mano al lector y llevarle por todas las habitaciones de la familia Panero Blanc, con las camas sin hacer, la vajilla descascarillada, los trapos sucios secándose al sol, casi acartonados por el calor y por un rencor que no se comprende si no se mira como una rabieta no atendida desde la cuna.

Leopoldo María, tan consciente de que no podría ingresar tranquilamente en el psiquiátrico hasta que la crítica literaria le aplaudiera sus poemas, arrastró durante toda su juventud y buena parte de su madurez la creencia de que, como él mismo citaba, su mayor problema era que “sólo soy a ratos”, cuando lo que es realmente complicado es ser siempre, a todas horas.