Febrero

por B

La previsión de nieve trae consigo una espera inocente y nostálgica similar a la noche del cinco de enero, un regalo canjeable por una ciudad entera colapsada durante un día, el último recurso que se te ocurre para vengarte de todas las horas extras que te deben en el trabajo. Si de pequeños soñábamos con bombas que explotaran el colegio e inundaciones que derrumbaran el edificio en domingo el paso del tiempo sólo ha conseguido depurar la técnica pero no las intenciones. Los días robados son mejor que los sábados y las vacaciones porque tienen el triunfo de Aquiles, del que se siente invencible.

Febrero debería de estar prohibido, a la manera de agosto, ya que jamás cumple lo prometido. El olor a hielo en el aire lo único que consigue es alargar la esperanza de una nevada que no vendrá, como si la caída oportuna de copos de nieve estuviera limitada a la infancia y a los milagros. Todos los febreros me encuentro a mí misma abriendo la ventana de madrugada y buscando a lo lejos a Eduardo Manostijeras, para ver si cumple el trato o me acuchilla la cara de una vez y despierto de tanta ingenuidad.

Al frío de febrero yo le pido lo mismo que Mafalda al mundo; que lo paren para que me baje, al menos, durante 24 horas. Algo parecido a la famosa lista de los discos que te llevarías a una isla desierta, exceptuando que nadie medianamente inteligente quisiera quedarse aislado para toda su vida, sólo el tiempo recomendable para bañarse, quedarse desnudo al sol y que no molestara la burocracia. Yo de febrero sólo quiero algo parecido a la portada de The New Yorker: quedarme en ropa interior en la cama un miércoles, ver cómo nieva en la calle, abandonarme y no sentir nada durante un día.

new yorker

Anuncios