Nadie por la calle

Mes: febrero, 2014

Lo peor de todo

A mí me expulsaron porque a Juan José de la Llave le dio por robarme la merienda. Cogía mi merienda con sus manazas de gordo asqueroso, se la metía en su boca de gordo asqueroso y masticaba deprisa hasta que caía en su gran barriga de gordo asqueroso. Así todo el trimestre. Hasta que se me hincharon las narices y le tiré una silla a la cabeza. No era una silla muy pesada, era una silla de resina de plástico, pero al final de la contienda Juan José de la Llave tenía una brecha de cinco centímetros en la cabeza. Tenía mi merienda y tenía su brecha. Ésa es mi idea acerca de cómo se deben equilibrar las cosas. Para los chicos del primer turno de recreo era un héroe porque al fin podían comerse sus meriendas. Para el director era poco menos que un asesino. Me dijo que me faltaba mucho para ser una buena persona. Pero es que cuando eres pequeño lo último que quieres ser es buena persona. Cuando eres pequeño piensas que aún te quedan posibilidades de convertirte en un verdadero hijo de puta, así que intentas aprovecharlas. Tal y como lo veo, un verdadero hijo de puta es un tío que mantiene a raya a los memos del segundo turno de recreo y no un pedazo de mierda que se pasa el día asustando a los niños chicos y robándoles sus meriendas.

Cuando eres niño no quieres ser buena persona por nada del mundo, quieres tumbar a los pesos pesados, ser expulsado de dos de cada tres clases y hacerte pajas hasta que te den calambres en las manos. Cuando eres niño quieres quemarte en el infierno y ver cómo todo el jodido te admira por ello.

Lo peor de todo, Ray Loriga.

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Ventajas de viajar en tren

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–  Pero “gloria” no significa “una bonita argumentación definitiva” —objetó Alicia.
–  Cuando yo uso una palabra —dijo Humpty Dumpty con cierto menosprecio—, significa justamente lo que yo quiero que signifique. Nada más y nada menos.
– La cuestión es —dijo Alicia— si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas distintas.
– La cuestión es —dijo Humpty Dumpty—, quién es el que manda. Eso es todo.

El tiempo es el que manda., ya sea en un cuento engañosamente infantil o en los viajes retrospectivos de cada uno. Eso pensaba mientras iba en cercanías desde el extrarradio al centro de Madrid, en un recorrido que siempre me recuerda a las carreteras de Francia, con sus centros comerciales encementados de las afueras de las poblaciones rurales del norte, en su lluvia constante, telón de fondo de las visitas turísticas y de cementerios que enterraron soldados.

Las ventajas de viajar en tren equivalen a rescatar recuerdos de vidas que ahora me son muy lejanas; una Alicia buscando el camino de vuelta a casa y explicando sus problemas de identidad a una Oruga que no escucha. “Yo no soy yo misma”, pero tampoco soy las demás.

El principal problema de la protagonista fue empezar una batalla perdida contra la metafísica.  El mío el de pensar que dando puñetazos a un espejo (o buscando mi reflejo en la luna de un vagón) se ve todo de forma más clara.

Febrero

La previsión de nieve trae consigo una espera inocente y nostálgica similar a la noche del cinco de enero, un regalo canjeable por una ciudad entera colapsada durante un día, el último recurso que se te ocurre para vengarte de todas las horas extras que te deben en el trabajo. Si de pequeños soñábamos con bombas que explotaran el colegio e inundaciones que derrumbaran el edificio en domingo el paso del tiempo sólo ha conseguido depurar la técnica pero no las intenciones. Los días robados son mejor que los sábados y las vacaciones porque tienen el triunfo de Aquiles, del que se siente invencible.

Febrero debería de estar prohibido, a la manera de agosto, ya que jamás cumple lo prometido. El olor a hielo en el aire lo único que consigue es alargar la esperanza de una nevada que no vendrá, como si la caída oportuna de copos de nieve estuviera limitada a la infancia y a los milagros. Todos los febreros me encuentro a mí misma abriendo la ventana de madrugada y buscando a lo lejos a Eduardo Manostijeras, para ver si cumple el trato o me acuchilla la cara de una vez y despierto de tanta ingenuidad.

Al frío de febrero yo le pido lo mismo que Mafalda al mundo; que lo paren para que me baje, al menos, durante 24 horas. Algo parecido a la famosa lista de los discos que te llevarías a una isla desierta, exceptuando que nadie medianamente inteligente quisiera quedarse aislado para toda su vida, sólo el tiempo recomendable para bañarse, quedarse desnudo al sol y que no molestara la burocracia. Yo de febrero sólo quiero algo parecido a la portada de The New Yorker: quedarme en ropa interior en la cama un miércoles, ver cómo nieva en la calle, abandonarme y no sentir nada durante un día.

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