Nadie por la calle

Mes: enero, 2014

Definición

Había pensado en describirme, contar, por ejemplo, que mi pelo cambia de color hacia las puntas y se vuelve muy rubio, o mi parecido con alguno de los dibujos de Sara Herranz. Hay más: la testaruda obsesión, comer galletas compulsivamente y escribir como si me siguieran pagando por hacerlo.

El individualismo social se está empezando a pasar de moda y yo sigo esperando a que un cronista lo diga. Buscar la aprobación mediática de los intereses propios debería estar prohibido. El vocerío es sólo eso, ruido.

Ayer, 24 de enero,  fue San Francisco de Sales, patrón de periodistas y escritores. Hoy, Manuel Jabois, ha dado una definición perfecta de lo que supone ser uno mismo.

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Entremos más adentro de la espesura

Fue en la otra habitación, ya fuera de la UVI, a la que me trasladé tres días más tarde, cuando comencé a usar mi libretita actual para algunas actuaciones pour mémoire. Y es ahora, cada día más próximo a mi normalidad (o a una nueva normalidad, un nuevo estado, aún no lo sé) cuando empiezo sistemáticamente a narrarme a mí mismo lo vivido: la ascensión y descenso del sagrado Monte Sinaí en Nueva York. No quiero haber vivido esas semanas extramuros de mí sin averiguar qué han sido y dónde han sido, qué me han dado y quitado, que han hecho de mí y adónde me han llevado. El “entremos más adentro de la espesura” de San Juan de la Cruz que estampé como lema al frente de mi novela Octubre, octubre ha sido constante regla de mi vida y a estas alturas no voy a traicionarla. Estoy desconcertado, confuso entre ideas contradictorias, enredado en ellas como lo estuve allí entre tubos y cables, y, como entonces, sin poder ver las pantallas reveladoras del tumulto de mi corazón. Sólo me aclararé y reconstruiré como lo hice siempre: escribiendo (…)

Monte Sinaí, José Luis Sampedro

Libros para después de un rescate

Lo bueno que tiene España, además de diferente, es que es única y menos mal, porque sólo faltaba que pasara como decían en aquella película, que lo malo de que hubiera otra vida es que fuera exactamente igual a ésta.

Si retrocedemos históricamente los rescates siempre comienzan de la misma forma: el príncipe le dice a la princesa que ha matado al dragón y ella termina encerrada en un matrimonio de conveniencia sin separación de bienes y en el que crecen continuamente los enanos, casi todos deformes.

Los eufemismos los carga el diablo, que es más listo y más divertido que Dios; el apoyo financiero son papá y mamá comprando ropita de bebé a su hija adolescente embarazada y no un montón de alemanes frotándose ansiosamente las manos, su gesto más característico desde 1871.

Lo que pide ahora el cuerpo es un poquito de violencia, con un balcón desde el que poder disfrutar las vistas y hacer fotos en blanco y negro; el fuego asusta pero hipnotiza y si La Conciergerie ardió tan bien Madrid no debe ser menos que París, sobre todo ahora que vamos empatados a puntos en la Eurocopa. Se hicieron canciones para después de una guerra, aunque no se hayan cantado nunca, y de todos es sabido que ya no hay que salvar ni a los niños ni a las mujeres; ahora la prioridad es para los Bancos, Hacienda y la prima de riesgo, a la que siempre imagino como a la pariente descocada del pueblo que se deja manosear por todos a la vez en el pajar, la muy guarra.

Antes daba la sensación de que había más películas con las que sonreír cuando todo estaba demasiado oscuro, pero ahora no se pueden recomendar libros como quien receta Valium para dormir con calma; el papel no es la solución para evadirse sino uno de los pocos frenos que nos impiden encadenar personas en plazas pública. Hablar de libros en épocas de crisis es una ofensa a los que leen, es repugnante que el dinero también esté hecho de papel. El cosquilleo de los tiempos convulsos debería tener banda sonora de comedia romántica americana mezclada con película apocalíptica, pero aquí en España suena más a chundarata de las fiestas de la Virgen de agosto. Salvar dinero es rentable pero nada heroico y muy poco romántico, quizás por eso Portugal sigue estando tan solo; prefirió parar una dictadura con claveles antes que hacer amigos que le invitaran a fiestas de postín.

Entre tanta guerra y tanto caníbal es posible que el fin del mundo esté cerca, y casi que deberíamos alegrarnos, porque además de poder recuperar la lista de los cinco discos que nos llevaríamos a una isla desierta, en cuanto los coches se queden aparcados en la calle y no haya gasolina el dinero no valdrá nada, no se rescatará a nadie, no habrá que tenerle miedo a Alemania y con un poco de suerte, antes de que estalle todo, podremos escribir en los muros que fuimos los últimos campeones del mundo.