Cartas de amor y guerra

por B

“(…) Tú te habías ido ya. Apenas te recuerdo aquel verano. Sólo eras una de las personas que me tenían antipatía o que me resultaban indiferentes. No me gustaba pensar en ti. No me necesitabas y era más fácil hablar con, o mejor dicho dirigirse a, Madame Bellois y atiborrarme de vino. Agradecí que fueras conmigo al médico una tarde, pero al cabo de una semana en París ya tanto me daba vivir o morir. Las cosas eran siempre iguales. Los apartamentos estaban desastrados, las sirvientas olían mal; el ballet siempre delante de mis narices, estropear un cuento para llevar a los Troubetskoys a cenar, emponzoñar un viaje a África. Te estabas volviendo loca y lo llamabas genio, yo me estaba arruinando y lo llamaba lo primero que me viniera a la cabeza. Y creo que cualquiera lo bastante distanciado para vernos fuera de nuestra fácil representación de nosotros mismos adivinaba tu egoísmo casi megalomaníaco y mi demencial entrega a la bebida. Hacia el final ya nada importaba mucho. Lo más cerca que he estado alguna vez de dejarte fue cuando me dijiste que creías que era marica, en la rue Palatine, aunque lo que dijeras ya sólo me producía una especie de compasión distante por ti. A pesar de tu capacidad de observación superior y de tu inteligencia más firme, yo tengo la facultad de advininar sin datos, incluso con cierto asombro, por qué y de dónde llegó el atajo mental. Ojalá Hermosos y malditos hubiera sido un libro escrito con madurez porque era real. Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el uno al otro”.

Cartas de amor y guerra, Francis Scott Fiztgerald.

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