Nadie por la calle

Mes: diciembre, 2013

Antiresumen

Podría empezar con el relato de Pablo Gutiérrez, Simple y reducida es mi historia como el poema más escolar de Neruda, veinte líneas cursis serían suficientes, yo la quise, a veces ella también me quiso, puedo escribir los versos más tristes, etcétera. Podría decir que soy como la protagonista de otro de sus cuentos alergia al maquillaje, pudor de vestir putesca, palabrería, altanería, pedantería, síndrome de Holden Caulfield cuando tengo las cualidades para ser un avatar casi perfecto de su hermanita Phoebe. Podría haber sido un genio matemático, fiscal del distrito, la chica de Indiana Jones, revolucionaria, podría haber sido tantas cosas. Podría no llevar zapatillas, faldas cortas, podría no haber dejado de fumar, podría escribir más. Sí, debería de escribir más. Podría haber dado clases en la Universidad y leer fragmentos en voz alta de, no sé, Rafael Reig, Scott Fitzgerald, Carver, Eugenides, Ray Loriga, Giralt Torrente y Tess Gallagher. Podría hacer más listas, podría hacer la lista definitiva de los mejores títulos de libros Partículas subatómicas en un grano de arena en una playa infinita. Podría ser 1920, podrían estallar otras guerras, podría acabarse el mundo, podría no haber héroes. Podría no haberme cortado el pelo, podría no tener manías, podría no gritar, podría enfadarme menos, podría callarme más. Podría ser como en aquella película, los dos amigos que se quieren pero se odian cada año un poco más. Podría haber jugado a comer hormigas, insultar a los parados de la fila del INEM, dejarme enterrar en un bloque de hormigón. Podría no haberos hecho caso. Podrían gustarme las bodas, podría saber más de geografía, religión, pintura, arte. Podría haber estudiado más, haber hecho contactos, tenido más oportunidades, podría mentir en el currículo. Podría tanto, y a la vez tan poco. Podría leer revistas de moda, dar conferencias, sentar cátedra, hacerme famosa, publicar fotos en las redes sociales, podría darme importancia, podría haber dado lástima. Podría agujerearme la oreja, hacerme un tatuaje, cambiar de estilo, llevar plataformas, meterme en la cama a las seis de la mañana, arruinarme en los casinos, ir al gimnasio, correr por el parque. Podría haberte dicho que no, no arreglarme en tu cumpleaños, no hacerte el desayuno, no dormir con tu camisa. Podrías haberte ido. Podríais no haberme querido tanto.

Los imponderables de la trama

Las reglas del juego, los imponderables de la trama, la coherencia de la narración. La gente -ese concreto magma hecho de personas en donde no parece haber ninguna persona en concreto-, con tal de no admitir que no tolera una gota más de verosimilitud, recurre a todo género de palabras cuyo alcance no entiende.

Sé muy bien lo que me digo, porque soy escritor, lo que equivale a regentar una tienda de disfraces y artículos de broma, un comercio en donde se dota de apariencia inverosímil a las cosas verosímiles o al revés, según el baile al que se tenga que asistir. En los estantes y en el escaparate de esa tienda se amontonan las palabras: el confeti por estrenar que luego será pisoteado, en mitad de charcos de champagne, por las suelas, durante el final de la fiesta, los matasuegras retraídos en su timidez de caracol mudo, los polvos de estornudar, las serpentinas de colores distintos que después colgarán de los aparadores, las lámparas y las cabezas de los invitados aturdidos en el baile del mundo. Las palabras constituyen el último juguete al que nos aferramos los niños malcriados de la literatura, para salvaguardar a capricho un embelesado mirador desde el que se contempla la vida adulta. O eso, al menos, opinan las autoridades que legislan estos asuntos tan espinosos. Por lo visto, es algo que tiene que ver con la inmadurez congénita, con los deseos insatisfechos de dormir con nuestra madre y con cierta obcecación autodestructiva.

Los reinos de la casualidad, Carlos Marzal.

La soledad de los números primos

Ganar la Lotería debería de servir para hacer agujeros y no taparlos. Algo así como Sharon Stone en Casino: tirar fichas al aire, reírse de forma escandalosa y provocar un ataque al corazón. Las cantidades desmedidas de dinero están para gastarlas de forma obscena, a la manera de Blesa, y se ha demostrado que, por una de esas contradicciones naturales de la vida, los pobres lo gastan peor que los ricos. El principal problema del dinero es que depende siempre de los números, una ciencia que no estamos destinados a entender ya que cuando se pregunta siempre por una cifra sólo sabemos decir “más”.

Como en todas las cosas que no comprendemos pero que son necesarias al final acabamos eligiendo por estética. Es la única explicación posible a que muchos décimos de Lotería se rechacen sin pensar: la fealdad del cero o que nunca se compren los números más bajos. Sólo los números de Lost han conseguido crear tanta expectación, 4 – 8 – 15 – 16 – 23 – 42, que fueron también un boleto premiado en la serie,  aunque da igual porque al final, por lo que entendí, ahí morían todos.

La Lotería gusta tanto porque el dinero sólo se gana de manera casual, sin que haya nada que pensar.  Además, para ponerse pajarita y lanzar la tarjeta en la mano hace falta preparación y concentración. El poker necesita de chulería y la ruleta de desdén, los dos elementos más cinematográficos para hacerse millonario si además se le suma una rubia misteriosa y dada a meter al hombre en problemas, aunque desde que a James Bond casi lo mata una mano ya nadie está dispuesto a intentarlo. De ahí el éxito de los sorteos navideños, que además como están gravados con impuesto son la forma más sencilla de expiar y pagar todos los pecados.

Los patos de Central Park

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El patito feo no acaba bien, de hecho nadie sabe cómo termina esa historia; es el comienzo de una nueva que Andersen no supo cómo empezar y la dejó en un saludo de cabeza cortante y con cambio de familia, como en los realities de Mtv.

A Toni Soprano los patos le hacían llorar. Y a Holden Caulfield le obligaron a obsesionarse cinco minutos con la realidad:

De pronto se me ocurrió preguntarle al taxista si sabía una cosa.
-¡Oiga!- le dije -. Esos patos del lago que hay cerca de Central Park South…Sabe qué lago le digo, ¿verdad? ¿Sabe usted por casualidad adónde van cuando el agua se hiela? ¿Tiene usted alguna idea de dónde se meten?
Sabía perfectamente que cabía una posibilidad entre un millón. Se volvió y miró como si yo estuviera completamente loco.
-¿Qué se ha propuesto, amigo? – me dijo -. ¿Tomarme un poco el pelo?
-No, solo quería saberlo, de verdad.

Hoy Toni ya no está y Holden Caulfield viviría ingresado en un hospital por déficit de atención y trastorno depresivo bipolar. Joey Tribianni y Chandler Bing compraron un pato y un pollo (dos veces), y aunque ganaron durante unas semanas un piso mejor, se quedaron sin su futbolín para poder salvarlos. El Pingüino se hizo un villano por amor, o por desprecio, aún tengo dudas después de tantos años.

En Tomates verdes fritos robaron un lago:

– ¿Sabes la historia del lago que había aquí antes? Pues un mes de noviembre vino una bandada de patos y se posaron en el lago, la temperatura bajó tan deprisa que el lago se heló, entonces los patos se fueron volando y se llevaron el lago con ellos… dicen que ahora debe estar en algún lugar de Georgia.

Y en El lago de los cisnes mueren todos.
Observo desde el otro lado del río cómo baja la poca corriente que hay, y cómo los patos se resbalan por el agua. Kilómetros arriba en la ciudad, en el Canal, los patos siguen haciendo fila para merendar las galletas y los trozos de pan que les tiran los niños, esperando que alguien les haga caso. Dudo que se conviertan en cisnes, dudo que Batman los salve, no serán la mascota de nadie, no dejarán el fango del río.

O puede que no.
Puede que sigan en el río porque nosotros somos los que necesitamos los patos.

Han Solo aceptó a regañadientes desafiar al Imperio a cambio de mucho dinero y sin creer en la causa. Al final lideró toda la revolución sólo por amor. Lástima que no se diera cuenta.

Feliz no cumpleaños

Pienso que a la Constitución los años le están empezando a sentar mal, como si se le hubiera adelantado la crisis de los 40 y no tuviera ni siquiera la posibilidad de arreglarlo adoptando un niño, comprándose un deportivo o acostándose con alguien del trabajo. Le pasa un poco como a la reina del baile: cuando ya ha pasado por todo el equipo de rugby luego ni siquiera el repetidor la quiere.

Lo malo de tener cada año una fiesta en tu honor es que acabas saliendo en todas las revistas y lo único que importa es si has repetido vestido o si has vuelto a salir del coche enseñando la ropa interior. Lo de con quién se acaba la noche ya es lo de menos: coleccionar hombres poderosos con dinero cada cambio de vestuario sólo está al alcance de profesionales, como Inés Sastre.

Al final, tras la resaca de la fiesta, lo único que recuerdan los invitados es si no se acabaron las botellas en la barra libre y si hubo un mínimo de cinco platos, cantidad que algún catering de boda de los noventa debió de calificar como el colmo de la exquisitez: algo completamente insustancial porque si hay algo en lo que estamos de acuerdo los españoles es  que den lo que den de cenar siempre nos quedamos con hambre.

Cartas de amor y guerra

“(…) Tú te habías ido ya. Apenas te recuerdo aquel verano. Sólo eras una de las personas que me tenían antipatía o que me resultaban indiferentes. No me gustaba pensar en ti. No me necesitabas y era más fácil hablar con, o mejor dicho dirigirse a, Madame Bellois y atiborrarme de vino. Agradecí que fueras conmigo al médico una tarde, pero al cabo de una semana en París ya tanto me daba vivir o morir. Las cosas eran siempre iguales. Los apartamentos estaban desastrados, las sirvientas olían mal; el ballet siempre delante de mis narices, estropear un cuento para llevar a los Troubetskoys a cenar, emponzoñar un viaje a África. Te estabas volviendo loca y lo llamabas genio, yo me estaba arruinando y lo llamaba lo primero que me viniera a la cabeza. Y creo que cualquiera lo bastante distanciado para vernos fuera de nuestra fácil representación de nosotros mismos adivinaba tu egoísmo casi megalomaníaco y mi demencial entrega a la bebida. Hacia el final ya nada importaba mucho. Lo más cerca que he estado alguna vez de dejarte fue cuando me dijiste que creías que era marica, en la rue Palatine, aunque lo que dijeras ya sólo me producía una especie de compasión distante por ti. A pesar de tu capacidad de observación superior y de tu inteligencia más firme, yo tengo la facultad de advininar sin datos, incluso con cierto asombro, por qué y de dónde llegó el atajo mental. Ojalá Hermosos y malditos hubiera sido un libro escrito con madurez porque era real. Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el uno al otro”.

Cartas de amor y guerra, Francis Scott Fiztgerald.