Algo supuestamente divertido

por B

En las mudanzas se empieza llenando cajas de libros y acabando vistiendo la ropa de los dieciséis. Irse de un sitio no depende siempre del querer sino muchas veces del poder, compartimentos estancos que la clase media se empeña en maridar.

Es inevitable que uno quiera empezar la casa por el tejado porque localizar un metro y ponerse a medir paredes es otra forma de quitarse la ilusión. Al final es lo mismo comprar una estantería como primer mueble de una casa que decidir cómo será tu boda cuando tienes cinco años; la Tierra girará en torno al Sol pero eso  es la excepción. Lo normal es que uno gire alrededor de sí mismo, que es lo que más gusta.

Alfred Brendel lo explicaba así en El País: “Soy muy escéptico acerca de las creencias de cualquier tipo. Ni el chovinismo, ni el nacionalismo, ni el patriotismo son para mí. No necesito estar arraigado. Me siento en casa cuando tengo mis libros y mi música”.

Entiendo ahora la fascinación de las revistas de decoración y las primeras páginas de Hola por mostrar los excesos de las casas ajenas y a sus mujeres estiradas en sus sofás posando sugerentes: es el único desnudo integral que te queda cuando Play Boy te dice que ya no tienes clientela. La nostalgia, al final, se soluciona con dinero.

Cambiar de casa, de amigos y de barrio implica una limpieza que si no está organizada se acaba convirtiendo en una enfermedad emocional. Una vez puestos a salvo los libros, lo único que queda es romper facturas, cartas y ropa y tirarlos por la ventana como si una fuera siciliana, guapa, histérica y caprichosa, para quedarse después asomada al balcón y gritar una revolución ignorando que, como de costumbre, sigue sin haber nadie por la calle

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