Nadie por la calle

Mes: noviembre, 2013

Luz de Madrid por la mañana

Se me adelanta Muñoz Molina al hablar de la luz de Madrid en los días de sol, que él reconoce como diáfana, brillante y afilada. Al azul del cielo de Madrid yo le añado la característica de corresponderse a un color de Pantone, el Process Blue C en todas sus variantes, y de estar de momento libre de impuestos. Ya lo dijo David Trueba en Jot Down: “En Madrid nos gusta tanto el cielo porque no lo alcanzan los concelajes de urbanismo”.

No tener que trabajar un lunes mientras todo el mundo está encerrado en sus oficinas es un lujo comparable al de beber vino en una bañera llena de espuma mientras estructuras entre burbuja y burbuja un guión que te ha pedido Hollywood o, en última instancia, a tener una columna de opinión semanal en un periódico de tirada nacional: lo único que uno quiere de ese momento es que se inmortalice en foto de revista, salir lo más guapo posible y sobre todo que se entere todo el mundo de que te estás dedicando a ti mismo.

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Algo supuestamente divertido

En las mudanzas se empieza llenando cajas de libros y acabando vistiendo la ropa de los dieciséis. Irse de un sitio no depende siempre del querer sino muchas veces del poder, compartimentos estancos que la clase media se empeña en maridar.

Es inevitable que uno quiera empezar la casa por el tejado porque localizar un metro y ponerse a medir paredes es otra forma de quitarse la ilusión. Al final es lo mismo comprar una estantería como primer mueble de una casa que decidir cómo será tu boda cuando tienes cinco años; la Tierra girará en torno al Sol pero eso  es la excepción. Lo normal es que uno gire alrededor de sí mismo, que es lo que más gusta.

Alfred Brendel lo explicaba así en El País: “Soy muy escéptico acerca de las creencias de cualquier tipo. Ni el chovinismo, ni el nacionalismo, ni el patriotismo son para mí. No necesito estar arraigado. Me siento en casa cuando tengo mis libros y mi música”.

Entiendo ahora la fascinación de las revistas de decoración y las primeras páginas de Hola por mostrar los excesos de las casas ajenas y a sus mujeres estiradas en sus sofás posando sugerentes: es el único desnudo integral que te queda cuando Play Boy te dice que ya no tienes clientela. La nostalgia, al final, se soluciona con dinero.

Cambiar de casa, de amigos y de barrio implica una limpieza que si no está organizada se acaba convirtiendo en una enfermedad emocional. Una vez puestos a salvo los libros, lo único que queda es romper facturas, cartas y ropa y tirarlos por la ventana como si una fuera siciliana, guapa, histérica y caprichosa, para quedarse después asomada al balcón y gritar una revolución ignorando que, como de costumbre, sigue sin haber nadie por la calle