Nadie por la calle

Una declaración de amor

Contaba Bolaño que las metáforas son la manera que tenemos de perdernos en las apariencias o de quedarnos inmóviles en el mar de las apariencias, que en ese sentido funcionan como el más puro salvavidas. Pero la trampa, ay, la trampa, es que hay salvavidas que ayudan a flotar mientras que hay otros que caen a plomo en el fondo, hundiéndote por siempre jamás. Que la vida iba en serio y todo lo demás, que conviene no olvidar la lección y localizar ese salvavidas que consiga acercarte a la orilla.

Mi salvavidas es la tortilla francesa.

La tortilla francesa me ha salvado la vida infinidad de veces, la vida mía del día a día, del trabajo amargo, del desamor universitario, de la lejanía de casa, de los funerales a destiempo, la vida del lloro repentino que aparece en medio del salón sin haber sido invitado.  La vida de no saber qué hacer, la de aguantar el hipo, la de pensar en otra cosa y la vida de un martes de no tener nada para cenar.

La he comido desde que no tengo ni recuerdo, por toda la geografía española y parte del extranjero, en comedor de colegio, en campos de fútbol, en conciertos, en bocadillo, con pan tostado, untado en tomate, con brie, con salmón ahumado, queso, finas hierbas, atún, jamón y en la terraza de mi casa de pie. La he cenado en los mejores y peores días de mi vida, me he atragantado con ella de tanto reírme, las he cocinado para los demás y para mí, y no escondo que fantaseo a menudo con la comida de un restaurante ya cerrado en Manhattan que las hacía enormes, esponjosas y baratas, donde fuimos en mi casa tremendamente felices, con esa felicidad espontánea, explosiva e infantil que siempre tienen las familias cuando descubren por primera vez Nueva York.

La tortilla francesa significa que cuando la muerdo, pase lo que pase, todo va ir bien. Aunque siga lloviendo, todo va a ir bien. Y por todo eso, por lo que significa un huevo roto con un tenedor, cuando J me hizo por primera vez una tortilla para cenar, en otra casa y en otra vida, y le salió tal como a mí me gusta, alargada, acolchada y poco hecha, fue por lo que me casé con él.

 

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La isla y los demonios

La vida le parecía irrealmente hermosa. Tendida sobre el mar, sintiendo flotar sus cabellos, empezó a reírse suavemente. Nunca nadie comprendería el encanto de esta aventura contándola con las limitadas palabras que tenemos para expresarnos. ¿Qué podría decir? “Así ha sido el más hermoso día de mi vida: no comí y me fui en un coche polvoriento a buscar a mi familia a un sitio donde no estaba. Encontré a una persona a quien quiero mucho que estuvo riñéndome de la manera más agria. Dormí en un cuarto horrible lleno de pulgas, y cuando no lo pude resistir más salí a bañarme al mar yo sola, desnuda, en la noche.”

Y, sin embargo, esta era la felicidad. Profunda, plena, verdadera. Cada uno tiene una manera distinta de sentir la felicidad, y ella la sentía así.

Y tuvo un temor grande y supersticioso de que el destino le guardara algo muy malo para vengar esta alegría que ella había alcanzado quizás indebidamente. Le parecía que jamás había oído a nadie que una muchacha de su edad hubiera tenido tal plenitud de dicha como la que ella sentía entre las aguas del mar del Sur, esta noche, sin merecerla.

La isla y los demonios, Carmen Laforet

 

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Y las mujeres de Matt Kelly
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Walk this way

El cuchillo, cómo no, se salió de su trayectoria y terminó en mi dedo. La sierra dentada se hundió en la carne, sin resistencia alguna, y mi cerebro se dio cuenta, como siempre, tarde. Lo achaqué, como todo lo que me ocurre, a un castigo de Dios: cortar panceta ibérica a las seis y media de la tarde para hacerme un bocadillo debe de ser pecado.

En cuanto limpié sangre y envolví el dedo de una forma cutre y supongo que poco aséptica, hice lo que hacen todos los seres humanos en la misma situación: retomar la actividad, con un dedo menos y sumando más probabilidades de riesgo. La culpabilidad también tomó cartas. Tan injusto fue saber que con una manzana no me hubiera cortado, porque ni las compro, que no sólo me hice un bocadillo enorme sino que aproveché parte de la panceta para hacer un sofrito para lentejas.

Cuando te pasa algo tan estúpido e irrisorio como cortarte un dedo y no hay nadie para verlo, lo primero que te apetece, a la manera inventada de Dominguín con Ava Gardner, es contarlo. “Nadie me quiere, nadie se preocupa de mí”, le cantaba escondido Igor al Dr. Frankenstein en un calabozo, mientras se reía de su propia ocurrencia. Es curioso que cuando Gene Wilder garabateó en dos hojas arrugadas la sinopsis de El jovencito Frankenstein, se encontraba en uno de los picos bajos de su carrera, ninguneado tanto por la industria como por su segunda mujer.

“Mírate al espejo, y échale la culpa a Dios”, le dijo Mel Brooks a Wilder cuando este se quejaba de que todo el mundo se reía del personaje que interpretaba en Madre coraje y sus hijos. Nunca una pareja tuvo tan magníficos resultados tirando balones fuera. Si algo me encandila precisamente de El jovencito Frankenstein es que, de una película de terror que podría haber sido un terrible drama (un cómico que escribe deprimido la historia de un monstruo abandonado, bobo y solo), sale una de las mejores lecciones sobre optimismo de todo el cine. Alegrarse por estar vivo. Aceptarse a uno mismo. Empeñarse en arreglar lo que está mal, aunque no sepa uno por dónde empezar. Quedarte con lo que quieres tú y no con lo que esperan los demás.  Cortarse y seguir cocinando.

Por supuesto, el bocadillo y las lentejas estaban de escándalo.

 

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Qué vas a hacer con el resto de tu vida

Si echo un vistazo atrás, confirmo sin ningún tipo de rubor que todas las cosas buenas que me han pasado han sido totalmente por accidente, acompañadas casi siempre de un encogimiento de hombros, un poco de ingenua ignorancia y tremendo entusiasmo, porque si algo funciona (la Coca-Cola, la democracia, la minifalda y los karaokes) para qué cambiarlo. Las dos o tres veces que he tenido que pensar una decisión vital he acabado del revés: con dolor de cabeza y llamando llorando a mi madre. Lo mejor de no ser un genio o una estrella emergente es que sigo viviendo sin ninguna vergüenza, sin traumas infantiles, y manteniendo la capacidad de que, si me lo propongo, bailo fenomenal mientras voy andando por la calle o suenan canciones pegadizas en centros comerciales. Tanto es así que hace ya varios años me di cuenta que, bebido el primer café, el día puede discurrir porque  a mí la vida me pasa, y me pasa casi siempre para bien.

Descubre Carmelo Gómez en La gran vida, película de Antonio Cuadri, que a pesar de todo lo que le han contado, la vida es algo tan simple como caer y levantarse, y volver a caer y volver a levantarse, alegrarte los viernes y lloriquear los lunes, abrazarte a quien te abrace y a quien no te abrace pues no te abrazas y punto, y no pasa nada.

Me encantó encontrar en  Qué vas a hacer con el resto de tu vida, la nueva novela de Laura Ferrero, un mensaje similar pero rodeado de una esperanza húmeda y cálida, porque nos gusta jactarnos de que la prioridad de la vida somos siempre nosotros mismos. Como los protagonistas de la novela, es momento de aceptar que en el fondo lo que somos son pequeñas islas a la intemperie, que vemos llegar barcos que piden permiso para atracar en la orilla, sin saber el tiempo que se quedarán, si pedirán auxilio por una tormenta fugaz o si, inexplicablemente y como los aventureros de siglos pasados, un día decidirán partir tras años por sorpresa y sin hacer ruido al amanecer. Los abrazos, los viernes, las novelas que enternecen, los barcos grandes y los botes salvavidas llegan cuando tienen que llegar. A pesar de la vida.

 

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Tomates verdes fritos

Aprovechando que se ha estrenado la nueva película de It, me he pasado las últimas semanas haciendo campaña por el libro como si yo fuera, no sé, joven activista política de largometraje cutre de Antena 3, y, por supuesto, he vuelto a tener pesadillas. Pennywise se me colaba en la cocina con el único objetivo de tirar por el desagüe todas las cervezas de la nevera y eso, añadido a la insistencia de mi madre de que escriba una novela, me ha hecho cuestionarme si será verdad lo bien que sienta llevar una vida sana.

A menudo no dejo de preguntarme si todo lo que tenemos es lo que de verdad imaginaban para nosotros nuestros padres. En mi caso la pregunta es complejísima, porque a mí se me dan tremendamente bien dos o tres cosas que me han aportado un encantador mundo interior completamente incompatible con el exterior. Celebramos con extrema alegría que apenas me manche comiendo y que haya aprendido a sentarme en público sin despatarrarme, lo que sumado siempre a un entusiasmo desmedido hacia casi todo me ha ayudado a conseguir barbaridad de cosas que me he propuesto. Me gustaría decir en casa que pase lo que pase todo nos irá bien, la frase más tramposa y a la vez más certera de la historia, porque aunque el amor no mueva montañas sí que nos mueve a nosotras, y que con eso y un sofá en el que quepamos con espacio sin compartir mantas hay, de verdad, más que de sobra.

Decía Czeslaw Milosz que cuando nace un escritor en una familia esa familia se acaba, y a mí me gusta demasiado la mía para que me den la espalda ahora mismo, justo cuando tanto he logrado. Comiendo hace dos domingos  mi madre hizo trueque de ese libro que insistentemente me pide por una bandeja de cannolis, dejando otra vez de manifiesto que las aragonesas con las que comparto sangre comemos, reímos y gritamos como italianas.  Y resulta que por primera vez en años, y por esas cosas tontas que tienen la vida y el unto de tomate, mi madre, mi hermana y yo llegamos  cada una a su casa con las camisas blancas impregnadas de rídiculas y amorosas manchitas de salsa.

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Ciudadanos particulares

“Puedo admitir determinadas cosas ahora: que no puedo estar sola. Que ambición, transgresión y justa venganza a fin de cuentas no eran suficientes. Y al final que mis ganas de escribir no tienen nada que ver con talento o expresión. No es que yo tenga un camino que seguir con las palabras; es que no lo tengo sin ellas”.
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Tony Tulathimutte

El domingo por la tarde, tras la victoria contra Turquía en el baloncesto, terminamos con copas en el sofá riéndonos de la pobre reportera de Cuatro que, varada entre riadas de agua, hacía un esfuerzo por mantenerse en pie y  ofrecer datos sobre el huracán que asolaba Miami como si en televisión de repente las imágenes no significaran nada. Que no pase ni una semana sin una muestra de nuestra prepotente crueldad.

Mi egoísmo particular, que ocupa una parcela pequeñísima, pero compacta, bien regada e inalterable al desánimo, suele preguntarse a menudo que quién escribirá de nosotros cuando estemos muertos.  En un ejercicio ridículo de planificación, como lo de preocuparse por todo lo que no nos va a ocurrir ni vamos a conseguir,  me dio por preguntar a mis amigos un lunes que qué íbamos a hacer el viernes, y lo único que obtuve como respuesta fue el montaje de una foto de Diana de Gales y la Madre Teresa comparándolas con C3PO y R2D2. La tontería surtió efecto y la respuesta vino sola: pocas personas van a atreverse a analizar nuestra generación porque somos tan idiotas que ya nos comunicamos sin palabras.

Si hay algo que por encima de todo destaco de Ciudadanos particulares, de Tony Tulathimutte, una buena aproximación de lo que creo que realmente somos, es la encomiable cabezonería de sus jóvenes protagonistas de seguir adelante con sus sueños, rotos desde el comienzo, a pesar de que ninguno tiene talento, ambición y fuerza.  Dudo de esa supuesta capacidad autodestructiva que algunos nos señalan, puesto que supone mucho esfuerzo, dinero y desgaste para de verdad llevarla a cabo, y es cierto que tendemos a  dejar que las grandes ciudades expliquen nuestro estado de ánimo para no tener que pensarlo por nosotros mismos, pero quizás ese efecto espejo dure seis meses. Lo que sí que me gusta es que sigue habiendo un porcentaje alto de nosotros que sigue el impulso de ese empeño tierno y absurdo de conseguir  a toda costa todo lo que decidimos que queríamos ser a los seis años en una mañana tonta de colegio. Por muy drástico que sea, no deja de ser envidiable aceptar hundirse con el Titanic sin dejar de tocar tremendamente mal el violín cuando además sabes que no te está mirando nadie.

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Límites de exposición temporal para agentes químicos

En un momento de la fabulosa serie Parks and Recreation, el contable Ben Wyatt diseña y produce un juego de mesa enrevesado y ridículo que termina siendo un éxito impresionante entre los departamentos administrativos de empresas pequeñas. Crear desde tu propia imaginación algo aparentemente inútil pero que hace muy feliz a un pequeño y anodino grupo de personas es la mejor forma de triunfar en esta vida.

Óscar Palmer Yáñez, responsable de Es Pop Ediciones, confesaba en una entrevista reciente a Jot Down que lo que le había hecho feliz a él era dejar un trabajo de oficina para abrazar del todo el mundo de los libros y quedarse, mientras pueda, a vivir en él. Si su padre, un pizzero que terminó de corresponsal en Moscú, le enseñó que los límites a veces no están donde dicen los demás, parecía selección natural renunciar a un empleo fijo para montar en los supuestos peores tiempos una editorial.

Kevin McCallister tenía sólo ocho años cuando impidió un atraco en su casa en Navidad, consiguiendo además que la policía encarcelara a Joe Pesci.

También se saltaron los límites Julio Verne, Marie Curie, la ñoña de Pollyanna, Miguel Induráin, Lewis Carrol, Madame Butterfly, y todas esas personas que hicieron algo por primera vez mientras el mundo les gritaba un no.

Queda un mes para las vacaciones y, como todos los veranos, reparo con un suspiro propio de cómic japonés en que mis límites en agosto cada vez se parecen más a los que tendría cualquiera de las protagonistas de Mujeres Desesperadas: llevar la ropa justa en la maleta, calcular bien los libros que puedo llevar, bajo ningún motivo ponerme más de diez minutos al sol y que no me roben de mi casa las joyas que no tengo mientras estoy en la playa. Como casi siempre que se acerca mi cumpleaños me da por hacer una extravagancia ridícula, el otro día se me chamuscó uno de los cables que permanecía intacto, el de vivir de manera medio discreta sin denuncias por parte de vecinos y policía, y me compré en un adolescente impulso una carcasa para el móvil muy hortera, llena de brillantes que molestan a la vista, de la que sobresalen de forma terrorífica las dos orejas de Mickey Mouse y que me recuerdan constantemente que mis límites están en conseguir ser gran parte del tiempo una perfecta y encantadora tonta.

 

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Bandera blanca

El sábado pasado aparecimos mi hermana y yo por casa pasadas las tres de la mañana y en un estado de sobriedad totalmente alarmante para esas horas. La riña de mi madre por supuesto se prolongó en el espacio y el tiempo mientras además nos recordaba que no era el momento ideal para reírnos como dos hienas histéricas.

Aparecer por casa de madrugada y sin un estado tambaleante es como descubrir que de repente te encanta una verdura odiada: la revelación de la única fe o el secreto mejor guardado de una secta. Es imposible no mirarse hacia dentro y preguntarse si, en el fondo, se lleva haciendo un ridículo espantoso demasiado tiempo.

Cuando pasada la tontuna y se decide crecer tranquilo y bien las madres deberían dar paga extra y el BOE publicar decreto. Es llegar el fin de semana y glorificarme de ver mi casa recogida, disfrutar de levantarme voluntariamente temprano y poner mucho mimo en la forma que doy a las albóndigas. Tomando algo hace un par de sábados casi me escandalicé de que me hubieran dado las diez y media de la noche sin cenar  y automáticamente entendí que el siguiente paso era llevar en el bolso una rebequita, por si en julio refresca.

Mientras que a los veinte años salía hasta en domingo, ahora llegan os festivos y no deja de maravillarme lo  bien que lucen mis amigos bajo la brillante luz del día. La noche nos ha confundido tanto que hay veces que me entran ganas de meterme en las discotecas para predicar como una histérica que la resurrección va a llegar y que será revelada a partir de los 30 años. Pocas cosas más placenteras y gustosas en la vida que volverse un converso.

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Interludio

Ahora, que me pongo crema en la cara de forma voluntaria y me acuerdo, casi siempre, de regar mi única planta. Ahora, que pruebo de vez en cuando la fruta y que intento apagar la luz antes de las doce. Ahora, que lucho para que no me den pena las cosas muertas, como las flores y mis zapatillas rotas.  Ahora, que leo algo menos pero me importa muy poco. Ahora, el poema de las noches de junio de Jaime Gil de Biedma. Ahora, que me cortaría el pelo yo misma y que haría todo lo que no quise hacer en la adolescencia. Ahora, que ya no quiero ser como esas chicas largas, eternas, de las revistas. Ahora, que le han quitado el poder a la palabra. Ahora, que chiquitan chiquititan tan tan, que tun pan pan, que tun pan que tepe tepe pan pan pan, que tun pan que pin. Ahora, el universo en llamas. Ahora, que el viaje significaba vivir, gozar de la sensación cada vez más rara de respirar, de moverse por uno mismo, creerse dueño de su destino.

Ahora, que ha llegado el verano y están todas las ventanas de mi casa abiertas.

 

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¿Dónde vamos a bailar esta noche?

Leila Guerriero quiso ser cowboy y yo, como Josephine March, debería haber sido muchas cosas. Las mujeres a las que yo siempre quise parecerme, Celia, la bruja novata, Ana María Matute, Carmen Sandiego, mi madre, larguísimo etcétera, parecían ir por el mundo sin necesidad de explicarse y sabiendo sacar de la estraza hasta pajaritas brillantes de papel. Muchos años después de la infancia yo sigo sin saber hacer manualidades, ni arreglarme el pelo y casi todo el mundo acuerda que cada vez hablo peor.

De la misma forma que obligo a mi memoria a mentirme para negar que todas mis heroínas se hicieron mayores, me veo frente al espejo contando repetidamente mis tres canas y convenciéndome de que lo de llorar tanto viendo películas de dibujos es lo normal.

Ayer, mientras me engañaron sin saber cómo para cambiar una cerveza normal por una italiana con un ligero sabor a mandarina, envidiaba a Javier Aznar por su capacidad de salir del cascarón y escribir un libro en el que toda nuestra generación se ve reflejada: ya no solo habla de amor, como Loriga, sino que además es el primero en susurrar al oído “y ahora qué” cuando se encienden de repente las luces del bar.

Lo fugaz, lo efímero, lo que brilla un segundo para desaparecer después aún cobra mayor deseo si consigue vencer al destino y quedar atrapado entre las páginas de un libro.  De la misma forma que Holden Caulfield le confesaba a su hermana que quería ser el guardián entre el centeno justo al borde del precipicio, sería curioso ver qué respondemos nosotros, sobre todo cuando nuestros héroes ya están retirados y abandonaron las pantallas de cine y los campos de fútbol  sin que apenas los recordemos.

No hay nada que se escurra más que el presente y quizá, por eso mismo, nos empeñamos en gritar tan fuerte cuando se marca un gol. Estrenar vestido, nadar a contracorriente, salir un miércoles, llamar por teléfono por última vez, perder la cartera, el avión y hasta la ropa interior son sólo los pequeños detalles que nos empeñamos en recrear solamente para no tener que pensar en todo lo que tenemos pendiente.  En ¿Dónde vamos a bailar esta noche?  Javier Aznar consigue cumplir el sueño que todos compartimos; paralizar el tiempo, el mejor que tuvimos, y que no pierda jamás ese olor del verano de nuestros veinte años.

Dónde vamos a bailar esta noche

¿Dónde vamos a bailar esta noche? es el primer libro de Javier Aznar, con prólogo de David Gistau y diseño de portada de Rodrigo Sánchez, está editado por Círculo de Tiza.