Nadie por la calle

Adaptation

Un día me preguntaron sobre cómo funcionaba el proceso de escritura y no tuve ni idea de cómo responder. Imagino que desde fuera se verá como algo místico, casi una revelación de la verdad absoluta, un timbrazo o pitido de una bocina que brota desde un lugar recóndito del cerebro e, inexplicablemente, llega en ocasiones a tener sentido. Días después descubrí que mi caso era bien sencillo: empiezo siempre por el final y me invento todo lo demás.

Elena Ferrante contaba recientemente en un artículo en The Guardian que la experiencia de escribir desde niña un diario la arrojó al final en brazos de la ficción. Acabó tan cansada del ejercicio de descripción y a la vez tan asustada de que alguien pudiera descubrir lo que de verdad pensaba que prefirió contar esas verdades suyas en historias ajenas e inventadas, camuflándolas como pequeños camaleones en hojas verdes brillantes. Si hay algo común a los que escribimos es que, fuera de los libros, preferimos mentir descaradamente.

En El ladrón de orquídeas, reportaje de Susan Orlean que mutó en libro y que se llevó al cine por Spike Jonze (Adaptation), John Laroche se divide entre la obsesión patológica del coleccionista y el vacío que experimenta desde una insatisfacción congénita. Más allá de una absurda interpretación de la crítica a una sociedad consumista, el relato habla de la naturaleza humana, tan compleja y tramposa. Orlean explicó que su proceso a la hora de escribir es buscar en el día a día algo en lo que no ha reparado previamente, un resquicio de lo ordinario que poder observar con un nuevo prisma para después contar una historia. También es común en los escritores arruinar primero la vida de los demás antes que hacer peligrar la nuestra.

F1126210

Anuncios

Call me by your name

Se equivocó Dios al colocar la manzana como la fruta prohibida en vez del albaricoque. Las manzanas no manchan, son harinosas y al segundo mordisco el aburrimiento es palpable y se nota hasta en el paladar. Los albaricoques, sin embargo, se quedan pegados a la boca, a las manos, dejan un rastro pegajoso en dedos, labios y barbilla, escurren jugo al morderlos, su piel se pega a la tuya y el hueso se chupa hasta que la lengua se queda dormida, intentando extraer hasta el último hilo de carne. Está claro que Dios no sabía nada de sexo.

De una historia narrada ya mil veces, el despertar sexual del primer amor, la novela de Aciman, bellísimamente trasladada al cine por Luca Guadagnino, es experta en recrearse en un erotismo y un deseo que comienza tremendamente sutil, apenas un roce en la espalda, una mirada a destiempo o un mal entendido despecho, para acabar explotando como un caballo desbocado, salvaje, en esa ingenuidad adolescente llena de hambre y ganas, pero también de desconocimiento, de lloros, de un torrente de emociones imposibles de gestionar que acaban salpicando todos los rincones de la casa.

Call me by your name es una historia de silencios, de miradas penetrantes, de moscas colándose por ventanas, el calor sordo del verano, kilómetros en bicicleta en una Italia del norte desértica de partidas de cartas y orquestas pequeñas, pero también de ruidos, como el de la madera de la cama crujiendo tras las embestidas, un piano cuya música envuelve las tardes, los platos amontonados tras los desayunos, comidas y cenas, el agua salpicando, los mordiscos a las frutas cogidas de los árboles, las pisadas continuas de vivir descalzo y de los besos sonoros de una familia que se quiere a cada rato, a cada día.

Porque el argumento es, casi por encima de las lágrimas finales, de la fecha de caducidad del primer amor, de la pena de septiembre, de un sexo trémulo que será infinito, una historia sobre el reconocimiento, el descubrirse y entenderse en unos ojos ajenos, sean  los de un desconocido que cambiará a un adolescente o los de un padre y una madre que acunan, dan alas y cobijan entre abrazos incondicionales a un hijo con un corazón hecho pedazos.

Es imposible no reconocerse en esas lágrimas finales y echar un ojo a las propias cicatrices, blancas y lejanas la mayoría que se mezclan con alguna impertinente que sigue rosácea y abultada, para admitir, como confiesa brusca e impetuoso el anhelo de los diecisiete años, que seguimos no sabiendo nada de las cosas importantes de la vida.

12

 

Llámame por tu nombre, de André Aciman, está publicado por Alfaguara y la adaptación se ha llevado al cine por el director Luca Guadagnino.

 

 

En cuerpo y alma

Canción dulce, de Leila Silmani, me revolvió el estómago, el juicio y el corazón. Se juntó el quejido valiente y tremendo de la artista Paula Bonet  sobre la ausencia de palabras acerca de la maternidad con el peor desenlace posible en un librito de cinco personajes y trescientas páginas. Si con Marta Sanz en Clavícula me estallaron todos los huesos del cuerpo de una manera insoportable y enfermé quince veces, con este libro la angustia por el bienestar de unos hijos que ni existen ha sido desalentadora.

Me es imposible no escudriñar la casa de enfrente  desde los 18 grados  de la terraza e intentar adivinar todos los cadáveres escondidos en los armarios, las discusiones de punta a punta de la casa, ver si puedo localizar si hay un niño en peligro, cuántas personas mayores llorarán por estar solas o si alguien rescatará restos de comida de la basura para volverlos a poner en la mesa. Cómo responde el cuerpo ante la pérdida de un amor que se supone puro, tirano e incondicional, como el de ese hijo que decide de repente, ignorar a una madre o un padre, trasladar ese afecto, como si de una transferencia bancaria se tratara, a otra cuenta, a otros brazos, a una tumba.

Desde hace varios años, mi cuerpo protesta a veces. La cabeza algunos domingos por la mañana, de forma justificada y hastiada, la rodilla izquierda asociada, según un ridículo autodiagnóstico, a lluvia y tormenta, y el corazón aleatoriamente  y sin motivo ya aparente. De ahí que a veces intente mirarme para dentro, me pregunte a qué se deben punzadas indescifrables en partes que no sé ni cómo identificarlas y que me obsesione por los cuerpos ajenos. Cómo será el dolor en otra cabeza, en otra rodilla y en otro corazón. El dolor del miedo, el de los clavos de operaciones, el de una brecha en la cabeza, el de un corte, el del portazo en la cara, el de una casa lejana, el dolor de un divorcio, el de una despedida,  el de un parto o el de un entierro.

Hay tabú hacia todo lo que a uno le duele, sobre todo si se empieza con un corte inocuo y acaba inexplicablemente partiendo el alma. Con tanta tristeza y herida alrededor es inevitable que me pregunte en días soleados y alegres como el de ayer que cuándo empezarán a sangrar los 21 gramos de la mía.

 

portada_cancion dulce.indd

Paper Girls

 

Paper Girls o la fabulosa voladura ochentera, guerrera, adolescente y feminista.
De, cómo no, Brian K. Vaughan y Cliff Chiang.

Una declaración de amor

Contaba Bolaño que las metáforas son la manera que tenemos de perdernos en las apariencias o de quedarnos inmóviles en el mar de las apariencias, que en ese sentido funcionan como el más puro salvavidas. Pero la trampa, ay, la trampa, es que hay salvavidas que ayudan a flotar mientras que hay otros que caen a plomo en el fondo, hundiéndote por siempre jamás. Que la vida iba en serio y todo lo demás, que conviene no olvidar la lección y localizar ese salvavidas que consiga acercarte a la orilla.

Mi salvavidas es la tortilla francesa.

La tortilla francesa me ha salvado la vida infinidad de veces, la vida mía del día a día, del trabajo amargo, del desamor universitario, de la lejanía de casa, de los funerales a destiempo, la vida del lloro repentino que aparece en medio del salón sin haber sido invitado.  La vida de no saber qué hacer, la de aguantar el hipo, la de pensar en otra cosa y la vida de un martes de no tener nada para cenar.

La he comido desde que no tengo ni recuerdo, por toda la geografía española y parte del extranjero, en comedor de colegio, en campos de fútbol, en conciertos, en bocadillo, con pan tostado, untado en tomate, con brie, con salmón ahumado, queso, finas hierbas, atún, jamón y en la terraza de mi casa de pie. La he cenado en los mejores y peores días de mi vida, me he atragantado con ella de tanto reírme, las he cocinado para los demás y para mí, y no escondo que fantaseo a menudo con la comida de un restaurante ya cerrado en Manhattan que las hacía enormes, esponjosas y baratas, donde fuimos en mi casa tremendamente felices, con esa felicidad espontánea, explosiva e infantil que siempre tienen las familias cuando descubren por primera vez Nueva York.

La tortilla francesa significa que cuando la muerdo, pase lo que pase, todo va ir bien. Aunque siga lloviendo, todo va a ir bien. Y por todo eso, por lo que significa un huevo roto con un tenedor, cuando J me hizo por primera vez una tortilla para cenar, en otra casa y en otra vida, y le salió tal como a mí me gusta, alargada, acolchada y poco hecha, fue por lo que me casé con él.

 

o-GAY-STREET-NYC-900

 

La isla y los demonios

La vida le parecía irrealmente hermosa. Tendida sobre el mar, sintiendo flotar sus cabellos, empezó a reírse suavemente. Nunca nadie comprendería el encanto de esta aventura contándola con las limitadas palabras que tenemos para expresarnos. ¿Qué podría decir? “Así ha sido el más hermoso día de mi vida: no comí y me fui en un coche polvoriento a buscar a mi familia a un sitio donde no estaba. Encontré a una persona a quien quiero mucho que estuvo riñéndome de la manera más agria. Dormí en un cuarto horrible lleno de pulgas, y cuando no lo pude resistir más salí a bañarme al mar yo sola, desnuda, en la noche.”

Y, sin embargo, esta era la felicidad. Profunda, plena, verdadera. Cada uno tiene una manera distinta de sentir la felicidad, y ella la sentía así.

Y tuvo un temor grande y supersticioso de que el destino le guardara algo muy malo para vengar esta alegría que ella había alcanzado quizás indebidamente. Le parecía que jamás había oído a nadie que una muchacha de su edad hubiera tenido tal plenitud de dicha como la que ella sentía entre las aguas del mar del Sur, esta noche, sin merecerla.

La isla y los demonios, Carmen Laforet

 

1234567

Y las mujeres de Matt Kelly
https://www.emkaephotos.com/

Walk this way

El cuchillo, cómo no, se salió de su trayectoria y terminó en mi dedo. La sierra dentada se hundió en la carne, sin resistencia alguna, y mi cerebro se dio cuenta, como siempre, tarde. Lo achaqué, como todo lo que me ocurre, a un castigo de Dios: cortar panceta ibérica a las seis y media de la tarde para hacerme un bocadillo debe de ser pecado.

En cuanto limpié sangre y envolví el dedo de una forma cutre y supongo que poco aséptica, hice lo que hacen todos los seres humanos en la misma situación: retomar la actividad, con un dedo menos y sumando más probabilidades de riesgo. La culpabilidad también tomó cartas. Tan injusto fue saber que con una manzana no me hubiera cortado, porque ni las compro, que no sólo me hice un bocadillo enorme sino que aproveché parte de la panceta para hacer un sofrito para lentejas.

Cuando te pasa algo tan estúpido e irrisorio como cortarte un dedo y no hay nadie para verlo, lo primero que te apetece, a la manera inventada de Dominguín con Ava Gardner, es contarlo. “Nadie me quiere, nadie se preocupa de mí”, le cantaba escondido Igor al Dr. Frankenstein en un calabozo, mientras se reía de su propia ocurrencia. Es curioso que cuando Gene Wilder garabateó en dos hojas arrugadas la sinopsis de El jovencito Frankenstein, se encontraba en uno de los picos bajos de su carrera, ninguneado tanto por la industria como por su segunda mujer.

“Mírate al espejo, y échale la culpa a Dios”, le dijo Mel Brooks a Wilder cuando este se quejaba de que todo el mundo se reía del personaje que interpretaba en Madre coraje y sus hijos. Nunca una pareja tuvo tan magníficos resultados tirando balones fuera. Si algo me encandila precisamente de El jovencito Frankenstein es que, de una película de terror que podría haber sido un terrible drama (un cómico que escribe deprimido la historia de un monstruo abandonado, bobo y solo), sale una de las mejores lecciones sobre optimismo de todo el cine. Alegrarse por estar vivo. Aceptarse a uno mismo. Empeñarse en arreglar lo que está mal, aunque no sepa uno por dónde empezar. Quedarte con lo que quieres tú y no con lo que esperan los demás.  Cortarse y seguir cocinando.

Por supuesto, el bocadillo y las lentejas estaban de escándalo.

 

frankenstein21

Qué vas a hacer con el resto de tu vida

Si echo un vistazo atrás, confirmo sin ningún tipo de rubor que todas las cosas buenas que me han pasado han sido totalmente por accidente, acompañadas casi siempre de un encogimiento de hombros, un poco de ingenua ignorancia y tremendo entusiasmo, porque si algo funciona (la Coca-Cola, la democracia, la minifalda y los karaokes) para qué cambiarlo. Las dos o tres veces que he tenido que pensar una decisión vital he acabado del revés: con dolor de cabeza y llamando llorando a mi madre. Lo mejor de no ser un genio o una estrella emergente es que sigo viviendo sin ninguna vergüenza, sin traumas infantiles, y manteniendo la capacidad de que, si me lo propongo, bailo fenomenal mientras voy andando por la calle o suenan canciones pegadizas en centros comerciales. Tanto es así que hace ya varios años me di cuenta que, bebido el primer café, el día puede discurrir porque  a mí la vida me pasa, y me pasa casi siempre para bien.

Descubre Carmelo Gómez en La gran vida, película de Antonio Cuadri, que a pesar de todo lo que le han contado, la vida es algo tan simple como caer y levantarse, y volver a caer y volver a levantarse, alegrarte los viernes y lloriquear los lunes, abrazarte a quien te abrace y a quien no te abrace pues no te abrazas y punto, y no pasa nada.

Me encantó encontrar en  Qué vas a hacer con el resto de tu vida, la nueva novela de Laura Ferrero, un mensaje similar pero rodeado de una esperanza húmeda y cálida, porque nos gusta jactarnos de que la prioridad de la vida somos siempre nosotros mismos. Como los protagonistas de la novela, es momento de aceptar que en el fondo lo que somos son pequeñas islas a la intemperie, que vemos llegar barcos que piden permiso para atracar en la orilla, sin saber el tiempo que se quedarán, si pedirán auxilio por una tormenta fugaz o si, inexplicablemente y como los aventureros de siglos pasados, un día decidirán partir tras años por sorpresa y sin hacer ruido al amanecer. Los abrazos, los viernes, las novelas que enternecen, los barcos grandes y los botes salvavidas llegan cuando tienen que llegar. A pesar de la vida.

 

Title-Ibizan-Traditional-Finca-870x250

 

 

 

Tomates verdes fritos

Aprovechando que se ha estrenado la nueva película de It, me he pasado las últimas semanas haciendo campaña por el libro como si yo fuera, no sé, joven activista política de largometraje cutre de Antena 3, y, por supuesto, he vuelto a tener pesadillas. Pennywise se me colaba en la cocina con el único objetivo de tirar por el desagüe todas las cervezas de la nevera y eso, añadido a la insistencia de mi madre de que escriba una novela, me ha hecho cuestionarme si será verdad lo bien que sienta llevar una vida sana.

A menudo no dejo de preguntarme si todo lo que tenemos es lo que de verdad imaginaban para nosotros nuestros padres. En mi caso la pregunta es complejísima, porque a mí se me dan tremendamente bien dos o tres cosas que me han aportado un encantador mundo interior completamente incompatible con el exterior. Celebramos con extrema alegría que apenas me manche comiendo y que haya aprendido a sentarme en público sin despatarrarme, lo que sumado siempre a un entusiasmo desmedido hacia casi todo me ha ayudado a conseguir barbaridad de cosas que me he propuesto. Me gustaría decir en casa que pase lo que pase todo nos irá bien, la frase más tramposa y a la vez más certera de la historia, porque aunque el amor no mueva montañas sí que nos mueve a nosotras, y que con eso y un sofá en el que quepamos con espacio sin compartir mantas hay, de verdad, más que de sobra.

Decía Czeslaw Milosz que cuando nace un escritor en una familia esa familia se acaba, y a mí me gusta demasiado la mía para que me den la espalda ahora mismo, justo cuando tanto he logrado. Comiendo hace dos domingos  mi madre hizo trueque de ese libro que insistentemente me pide por una bandeja de cannolis, dejando otra vez de manifiesto que las aragonesas con las que comparto sangre comemos, reímos y gritamos como italianas.  Y resulta que por primera vez en años, y por esas cosas tontas que tienen la vida y el unto de tomate, mi madre, mi hermana y yo llegamos  cada una a su casa con las camisas blancas impregnadas de rídiculas y amorosas manchitas de salsa.

tomates-fannie-y-equipo1

 

Ciudadanos particulares

“Puedo admitir determinadas cosas ahora: que no puedo estar sola. Que ambición, transgresión y justa venganza a fin de cuentas no eran suficientes. Y al final que mis ganas de escribir no tienen nada que ver con talento o expresión. No es que yo tenga un camino que seguir con las palabras; es que no lo tengo sin ellas”.
Ciudadanos particulares,
Tony Tulathimutte

El domingo por la tarde, tras la victoria contra Turquía en el baloncesto, terminamos con copas en el sofá riéndonos de la pobre reportera de Cuatro que, varada entre riadas de agua, hacía un esfuerzo por mantenerse en pie y  ofrecer datos sobre el huracán que asolaba Miami como si en televisión de repente las imágenes no significaran nada. Que no pase ni una semana sin una muestra de nuestra prepotente crueldad.

Mi egoísmo particular, que ocupa una parcela pequeñísima, pero compacta, bien regada e inalterable al desánimo, suele preguntarse a menudo que quién escribirá de nosotros cuando estemos muertos.  En un ejercicio ridículo de planificación, como lo de preocuparse por todo lo que no nos va a ocurrir ni vamos a conseguir,  me dio por preguntar a mis amigos un lunes que qué íbamos a hacer el viernes, y lo único que obtuve como respuesta fue el montaje de una foto de Diana de Gales y la Madre Teresa comparándolas con C3PO y R2D2. La tontería surtió efecto y la respuesta vino sola: pocas personas van a atreverse a analizar nuestra generación porque somos tan idiotas que ya nos comunicamos sin palabras.

Si hay algo que por encima de todo destaco de Ciudadanos particulares, de Tony Tulathimutte, una buena aproximación de lo que creo que realmente somos, es la encomiable cabezonería de sus jóvenes protagonistas de seguir adelante con sus sueños, rotos desde el comienzo, a pesar de que ninguno tiene talento, ambición y fuerza.  Dudo de esa supuesta capacidad autodestructiva que algunos nos señalan, puesto que supone mucho esfuerzo, dinero y desgaste para de verdad llevarla a cabo, y es cierto que tendemos a  dejar que las grandes ciudades expliquen nuestro estado de ánimo para no tener que pensarlo por nosotros mismos, pero quizás ese efecto espejo dure seis meses. Lo que sí que me gusta es que sigue habiendo un porcentaje alto de nosotros que sigue el impulso de ese empeño tierno y absurdo de conseguir  a toda costa todo lo que decidimos que queríamos ser a los seis años en una mañana tonta de colegio. Por muy drástico que sea, no deja de ser envidiable aceptar hundirse con el Titanic sin dejar de tocar tremendamente mal el violín cuando además sabes que no te está mirando nadie.

IMG-6968.JPG