Nadie por la calle

Interludio

Ahora, que me pongo crema en la cara de forma voluntaria y me acuerdo, casi siempre, de regar mi única planta. Ahora, que pruebo de vez en cuando la fruta y que intento apagar la luz antes de las doce. Ahora, que lucho para que no me den pena las cosas muertas, como las flores y mis zapatillas rotas.  Ahora, que leo algo menos pero me importa muy poco. Ahora, el poema de las noches de junio de Jaime Gil de Biedma. Ahora, que me cortaría el pelo yo misma y que haría todo lo que no quise hacer en la adolescencia. Ahora, que ya no quiero ser como esas chicas largas, eternas, de las revistas. Ahora, que le han quitado el poder a la palabra. Ahora, que chiquitan chiquititan tan tan, que tun pan pan, que tun pan que tepe tepe pan pan pan, que tun pan que pin. Ahora, el universo en llamas. Ahora, que el viaje significaba vivir, gozar de la sensación cada vez más rara de respirar, de moverse por uno mismo, creerse dueño de su destino.

Ahora, que ha llegado el verano y están todas las ventanas de mi casa abiertas.

 

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¿Dónde vamos a bailar esta noche?

Leila Guerriero quiso ser cowboy y yo, como Josephine March, debería haber sido muchas cosas. Las mujeres a las que yo siempre quise parecerme, Celia, la bruja novata, Ana María Matute, Carmen Sandiego, mi madre, larguísimo etcétera, parecían ir por el mundo sin necesidad de explicarse y sabiendo sacar de la estraza hasta pajaritas brillantes de papel. Muchos años después de la infancia yo sigo sin saber hacer manualidades, ni arreglarme el pelo y casi todo el mundo acuerda que cada vez hablo peor.

De la misma forma que obligo a mi memoria a mentirme para negar que todas mis heroínas se hicieron mayores, me veo frente al espejo contando repetidamente mis tres canas y convenciéndome de que lo de llorar tanto viendo películas de dibujos es lo normal.

Ayer, mientras me engañaron sin saber cómo para cambiar una cerveza normal por una italiana con un ligero sabor a mandarina, envidiaba a Javier Aznar por su capacidad de salir del cascarón y escribir un libro en el que toda nuestra generación se ve reflejada: ya no solo habla de amor, como Loriga, sino que además es el primero en susurrar al oído “y ahora qué” cuando se encienden de repente las luces del bar.

Lo fugaz, lo efímero, lo que brilla un segundo para desaparecer después aún cobra mayor deseo si consigue vencer al destino y quedar atrapado entre las páginas de un libro.  De la misma forma que Holden Caulfield le confesaba a su hermana que quería ser el guardián entre el centeno justo al borde del precipicio, sería curioso ver qué respondemos nosotros, sobre todo cuando nuestros héroes ya están retirados y abandonaron las pantallas de cine y los campos de fútbol  sin que apenas los recordemos.

No hay nada que se escurra más que el presente y quizá, por eso mismo, nos empeñamos en gritar tan fuerte cuando se marca un gol. Estrenar vestido, nadar a contracorriente, salir un miércoles, llamar por teléfono por última vez, perder la cartera, el avión y hasta la ropa interior son sólo los pequeños detalles que nos empeñamos en recrear solamente para no tener que pensar en todo lo que tenemos pendiente.  En ¿Dónde vamos a bailar esta noche?  Javier Aznar consigue cumplir el sueño que todos compartimos; paralizar el tiempo, el mejor que tuvimos, y que no pierda jamás ese olor del verano de nuestros veinte años.

Dónde vamos a bailar esta noche

¿Dónde vamos a bailar esta noche? es el primer libro de Javier Aznar, con prólogo de David Gistau y diseño de portada de Rodrigo Sánchez, está editado por Círculo de Tiza.

La mejor portada del año

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De Guillermo Otergo, para La Luna de Metrópoli.

A year in the life

Al escuchar oír de Las Chicas Gilmore lo normal es pensar en embarazos adolescentes, litros de café, conversaciones rapidísimas y un pueblo de locos. Pero también es pensar en la necesidad de la no normalidad, de ser feliz a la manera que se quiere, de los dieciséis años rodeados de libros, de gente que te mima y cuida, de pasar el tiempo con quien quieras.

Anoche los fabulosos chicos de Play me invitaron a hablar sobre una de mis series preferidas y, sin darme cuenta, se me escapó media adolescencia.

Podéis escuchar el podcast aquí

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Sopa de cocido

Me vine de casa echando de menos toda la sopa de cocido que no había comido y con un pelo envidiable. Estuve durante diez minutos del viaje intentando analizar un fenómeno extrañísimo: a mismo champú, distinto olor, más brillo y espesor. Como si mi pelo me estuviera diciendo “en Madrid no lo llevas así”.

Pienso a menudo en una de las citas de Jon Krakauer de su precioso libro Into the Wild en la que el periodista asegura que la felicidad sólo es real cuando es compartida. Ahora que estoy leyendo el descalabro horrible que fue el desastre del Everest en mayo de 1996, sorprende pasar del Krakauer vital, inquieto y casi místico  de Into the Wild al Krakauer temeroso, inseguro y paranoico de Into thin Air, el libro donde relató la tragedia de las expediciones comerciales. Del cielo al infierno en un año. Los que somos cobardes por naturaleza y heredamos vértigo a la mayoría de edad (no nadamos nunca hasta la boya, rechazamos la copa que no nos va a sentar bien y seguimos yendo a votar) encontramos en las experiencias extremas ajenas la adrenalina necesaria para convencernos de que nuestra postura (ignorar llamadas de números desconocidos, no querer vivir en el extranjero y no besar a chicos extraños) es la correcta.

Conduciendo de camino a la estación, mi hermana, un gato y yo protestábamos a mi madre de que no queríamos volver al colegio, que mejor nos quedábamos en casa, a vivir la felicidad compartida: rechazaríamos trabajos deseados en ciudades grandes, nos despediríamos de novios, amigos, bodas y niños y decidiríamos apostar por la rutina del cine de los sábados por la tarde, discutir como discutíamos antes, comer judías verdes y sanjacobos, irnos de vacaciones en septiembre, quedarnos las tres en el mismo sofá mientras apoyamos a nuestro concursante preferido de Saber y Ganar para al final acabar mal durmiendo la siesta escuchando de fondo Amar es para siempre.

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Las chicas de ayer

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Todo septiembre intentando ser una de las chicas de Bruce Davidson.
El fracaso ha sido tranquilizadoramente absoluto.

 

 

Tenemos que comprar un bar

Lo que más me interesa de Netflix es su pasado. Poco me importan los estrenos de purpurinas y bailes anunciados como la próxima revolución porque el verdadero encanto de la plataforma lo encuentro en que me saque todas mis vergüenzas ocultas. Me he vuelto a reír con series que juré no volver a ver, he visto capítulos enteros de historias que no me interesaban lo más mínimo y he dejado colgadas a mitad las mejor valoradas por la crítica. Para que mi felicidad fuera completa necesitaría que añadieran urgentemente al catálogo Punky Brewster, las películas de Los Cinco, Marmalade Boy, Urgencias y más series para adolescentes.

Este verano me he sentido como si tuviera otra vez el videoclub debajo de casa y pudiera leer pacientemente varias veces la sinopsis de cada película colocada en la estantería, teniendo que escoger muy cuidadosamente la elegida para no arrepentirme. El hecho de poder seleccionar en la televisión lo que quiera y cuando quiera es lo más cercano a sentirme millonaria.

Anoche la decisión final fue para el capítulo 13 de la cuarta temporada de Cómo conocí a vuestra madre, Three days of snow. Cuando rompí con la serie, hace varios años, me centré en todo el odio reconcentrado de los últimos meses y olvidé los buenos comienzos, y así, como quien encuentra de repente las fotos de un noviazgo anterior donde se está joven y guapo, me encontré a mí misma queriendo hacer ayer lo mismo que los protagonistas: montar ese bar que todos hemos jurado tener algún día, aunque sea sólo durante veinticuatro horas. A mí me gustan tanto los bares porque son los lugares donde mejor me lo he pasado. Me he caído de taburetes, he bailado encima de mesas, he entrado hasta en la cocina, me he enamorado, me han dejado, he trazado planes de venganza, me he quedado encerrada, me han echado y he protagonizado los mejores y más vergonzosos momentos de mi vida. Un bar es lo más parecido que puede haber a la tienda de discos de Rob Gordon, el único sitio al que ir cuando estás triste, el refugio perfecto para cualquier desastre o para empezar a escribir una gran novela mala.

Un bar en el que no servir la última o poder quedarse a dormir, eso pensaba yo todas las mañanas siguientes durante los años de universidad, mientras recorría las calles empedradas del casco viejo de la ciudad, poniéndome morada de garrotes pequeños de chocolate, con los vaqueros rotos que mi madre odiaba y la cara llena de churretes por culpa del rímel barato.

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Volver

El 13 de julio se cumplieron 19 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, que fue secuestrado el día 10 de ese mismo mes. El día 11 de julio me prohibieron ver la televisión porque estaba obsesionada con la historia. El día que lo mataron teníamos reserva en un restaurante al que no íbamos nunca para celebrar el cumpleaños de mi madre, 12 de julio, con mi abuela. De esa comida sólo recuerdo que mi madre lloraba y que yo no pregunté nada, por si me reñían.

El 14 de julio de 2001, quince años ya, ETA asesinaba a José Javier Múgica con una bomba lapa colocada en su furgoneta. Su mujer Reyes escuchó la explosión cuando iba de camino a asomarse a la ventana, para despedirse desde el interior de la casa. Javier Marrodán le daba las gracias por todo lo luchado aquí.

El 18 de julio se cumplieron 40 años de la perfección hecha gimnasia de Nadia Comaneci. También fueron los 80 años del comienzo de la Guerra Civil Española, pero de eso no voy a hablar.

También el 19 de julio fueron los 25 años de la escapada de Indurain en el Tour, destrozando a Lemond en las carreteras de Francia. De esto, sin embargo, no ha hablado casi nadie.

Mañana, 22 de julio de 2016, hará diez años que mi padre me regaló el disco del concierto de Queen de Live at Wembley ’86, que el pasado 12 de julio (otra vez cumpleaños de mi madre) cumplió 30 años. Lo escuché tanto que la carátula está rajada, hecha un desastre y la caja no cierra bien. Mañana, 22 de julio de 2016, hará diez años también que ese disco es mi preferido.

Hoy, 21 de julio de 2016, hace veintiocho años que estuve a punto de nacer.

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La niñera

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Me obligo a creer que los niños que Vivian Maier fotografió fueron felices.

Heredar la tierra

Cuando me preguntan sobre las cosas que echo de menos me pongo grandilocuente y digo que mi futuro. El problema del individualismo es como el sueño de la razón, que produce monstruos pero en este caso además egocéntricos. Educar a los niños obligándolos a creerse especiales perjudica casi igual que dándoles con una vara en la palma de las manos; es lo mismo que lo de las dos Españas, que uno nunca está seguro de saber cuál es peor que la otra.

Si no estamos reventando cristales es porque en el fondo la herencia cristiana se impone a lo demás, y de la resignación acaba haciendo uno himno, patria y bandera. Es exactamente lo mismo que lo de  “la puntita y nada más”, todo el mundo sabe que tras esa frase siempre viene algo detrás. La indignación fundamentada es completamente legítima pero encuentra muros infranqueables cuando la sociedad te obliga a esperar pacientemente un turno o levantar la mano para hablar en clase . Entre toda la educación recibida se olvidaron de explicar que eso de la paz fue un macroconcierto patrocinado exclusivamente por Woodstock y algún iluminado podrá hablar de la revolución de Portugal, pero lo importante de esa historia es que fue romántica y no democrática. El gran inconveniente de la violencia es muy parecido al de la educación superior; pasada la euforia general no nos hace niños intocables y especiales. Si hay algo que reprochar a nuestra formación, a nuestra igualdad y a nuestra fraternidad es que se hayan creído las  herederas naturales e indiscutibles de la monarquía. Es exactamente lo mismo que Francia y esa costumbre suya de mirar por encima del hombro al resto de Europa, la recompensa que se adjudicaron hace doscientos años por cambiar la historia hacia un destino que nadie ha descubierto todavía.

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