Nadie por la calle

Días de fútbol

 

Miro el calendario y cuento con los dedos para atrás: el resultado son doce días de Mundial y catorce sin antena de televisión. Aprieto con fuerza los botones del mando a distancia pensando que, si me concentro de verdad, aparecerá algo en la pantalla que no sea CSI Nueva York. Nunca el negro había sido un color tan triste como hasta ahora. Dios jugará a los dados, pero no a fútbol.

Encuentro en la procrastinación un placer soberbio muy difícil de explicar, un cóctel vanguardista compuesto por una levísima irritación, una pereza suave que se estira como un chicle infinito que se resiste a perder el sabor, y destellos de breve esperanza en un destino que no creo. Una fe ciega en que todo saldrá bien, como si fuera el final de una saga literaria fantástica, sobre todo si me quedo en un margen y decido no intervenir. El resultado es entretenimiento barato para mí misma y pura desesperación ajena; fiel reflejo de España frente al balón.

Pasé los primeros días intentando hacer lo posible por ver el fútbol sin mover un dedo, lo que implicó aprovecharme de mis amigos, ocupar sus casas, piratear sus cuentas de pago, acceder a dominios en Internet nada fiables, bajar la ventanilla del coche y asomar la cabeza cual perro de caza por la Castellana a ver si escuchaba gritar gol. Comentaba Antonio Agredano en sus fabulosas crónicas de estos días en Rusia que nuestra única opción de triunfar en este campeonato es “ganar de rebote o robando. Por fin una Selección a la altura de su pueblo”.

Las horas muertas delante de una televisión que no sirve para nada las he pasado mandando mensajes larguísimos a mis amigos y recordando goles, tarjetas y torneos pasados, lo más parecido a rememorar la Mili. Me dio, de repente, por contar los años, las mudanzas, y todos los suspensos desde el Mundial de Corea y Japón, y el fundido a negro de la pantalla de televisión, como si de otra secuela inútil de Poltergeist se tratara, le dio por mostrarme cruelmente mi reflejo (despeinada, enloquecida, con ojeras, sin duchar) y descubrí que había empezado a involucionar.

De repente todo me pareció ridículo, llamé a un antenista quince veces en apenas dos horas, le hice prometerme que tendría televisión antes de las ocho de la tarde, le enseñé donde estaba el cable de la antena para conectar todo, y pagué una factura escandalosa por un trabajo de veinte minutos.

El partido fue insoportable y nadie quiso otra cerveza pasadas las diez. Menuda tragedia la vida adulta cuando coincide con el Mundial.

 

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La muerte les sienta tan bien

Contaba Chesterton que nacer en una familia es, en realidad, la bienvenida a un cuento de hadas, un cuento en ocasiones terrorífico porque implica ceder el control y renunciar a veces a uno mismo: “Hay otra defensa de la familia que es posible y esa defensa es que la familia no es pacífica, ni agradable ni unánime”.

Se cumplen veinticinco años de la publicación de Las vírgenes suicidas, la primera novela de Jeffrey Eugenides, que narra el suicidio de las cinco hermanas Lisbon, beldades rubias, silenciosas y etéreas, perfectísimas novias del atormentado Holden Caulfield.

Lo que es una historia de por sí truculenta (el suicidio pactado de las hermanas sin motivos aparentemente suficientes) se suaviza al enmarcarse en una narración que posee un sentido del humor tierno y sutil. La parte trágica de la novela funciona para el lector como un señuelo, una mosca enganchada al sedal de una caña de pescar para atraerlo hacia el filo del cuchillo donde conviven los límites del deseo y la realidad. Y es que Eugenides sabe diseccionar como nadie la incompatibilidad de los anhelos de la adolescencia, que son plenos, infinitos y románticos, con los límites que va poniendo la propia existencia mientras uno va adentrándose en la edad adulta: nunca se volverán a tener los amigos de los doce años, el deseo efervescente de los veranos interminables, la capacidad innata para creer que los sueños serán a la vez eternos, reales e incorruptibles.

En un artículo publicado en El País con motivo del estreno de la adaptación cinematográfica de Las vírgenes suicidas, la primera película de Sofia Coppola y una adaptación completamente fiel del libro, el escritor Gustavo Martín Garzo se reservaba una gran columna para adentrar al lector y al espectador en el verdadero significado de la obra:

La película de Sofía Coppola habla de esa eterna disociación entre la realidad y el deseo que no ha dejado de torturar a los hombres, y que es sin duda el descubrimiento más doloroso a que se tienen que enfrentar los adolescentes en su tránsito hacia la edad adulta. Todos deben aceptar que esa vida a la que se encaminan es demasiado estrecha para albergar los anhelos que albergan en su interior. Tal es la enseñanza de la película de Sofia Coppola: la muerte de las tiernas vírgenes no se debe a un rechazo de la vida sino a un exceso de amor. Aman tanto la vida que no pueden soportar la idea de que esa verdad que ocultan nunca llegue a ser real.

La atmósfera en la que está enmarcada la historia, que se trasladó a la pantalla como una suicida más del realto, es una neblina ensoñadora a ratos irreal y a ratos asfixiante, que le va como anillo al dedo al deseo adolescente y hormonal de los narradores de la historia.

El pacto de suicidio de las hermanas, que va aclarándose en la historia como va aclarándose la neblina rosácea y veraniega de la película, será la excusa que servirá a Eugenides para sentar las bases de toda su literatura: la incomprensión del mundo, la necesidad de encontrar respuestas y la búsqueda de una identidad que siempre aparece difusa y perdida. La historia es, en realidad, una crónica casi periodística, donde los hechos finales sirven para desenredar un hilo cronológico, sentimental y social en el que la narración intenta desentrañar un suceso para el que los testigos no tienen ningún tipo de explicación, sólo conjeturas propias de un corrillo chismoso de un patio de vecinos.

Hay en Las Vírgenes Suicidas una reconstrucción tan minuciosa y a la vez elucubrada del comportamiento de las protagonistas que se asemeja mucho a la recreación forense y policial de un crimen, propia de las series norteamericanas que tanto arrasan en las televisiones actuales. Y quizás, todas esas pistas que nos van adentrando en la historia, todos los testigos que hablan e imaginan a las hermanas, que crean ese halo misterioso y a la vez casi infranqueable, no sean más que otro juego de máscaras, triquiñuelas convertidas en un elemento diferenciador que ha hecho del libro una auténtica historia de culto, una obra continuamente revisada, copiada, emulada, inspirando buena parte de la cultura de los últimos veinte años.

Peter Guttridge bien supo lo que hacía al afirmar en su reseña sobre el libro en el diario The Independent en 1993 que el prácticamente desconocido Eugenides podría ser uno de los próximos grandes escritores de la literatura contemporánea . Lo que el crítico entonces fue incapaz de imaginar es que el libro se convertiría en casi un tesoro que pasa a escondidas como si fuera un secreto y que, también gracias a la película que dirigió Sofia Coppola sobre la historia, acabaría por crear una religión, un grupo de feligreses deslumbrados por los cabellos rubios, las faldas escocesas, las flores arrancadas y la literatura basada en la dificultad del cambio de la infancia a la vida adulta. Si hay algo que es común a toda la adolescencia es el sentimiento de lejanía con el mundo, lo complicado que es cualquier cambio a esa edad si además crece en un hogar puritano, reservado y austero, con horarios marcados, palabras prohibidas y largos de las faldas del uniforme acotados.

El adolescente como creador literario

Ya en su primera novela Eugenides dejó bien claro el interés de su obra, que no es otro que el cómo ser niña y cómo ser adolescente. En definitiva, cómo es empezar a ser una mujer, algo muy complicado desde dentro y mucho más oscuro e indescifrable desde fuera, tema abordado muchas veces desde la crítica feminista pero pocas desde la literatura, sobre todo aquella construida bajo la mano masculina.

Una de las singularidades de Las vírgenes suicidas frente a la corriente tradicional de la bildungsroman (en alemán, novela de iniciación) es que muy pocos aspectos de la construcción narrativa pertenecen al canon. No se llega a saber nada de las hermanas a través de ellas mismas, es un narrador coral en primera persona del plural el que dibuja a los protagonistas a través de los hechos acontecidos, de las declaraciones de terceros, de sus impresiones maduradas con el paso del tiempo y con recuerdos. Un narrador testigo, propio de un periódico de sucesos en el que el lector confía pese a sólo consigue reconocer sombras fugaces. En Las vírgenes suicidas no existe la aparición de ese egocentrismo autobiográfico tan propio de este tipo de historias; Eugenides vuelve a dar una vuelta de tuerca a la tradición en la novela de iniciación para suplantar ese egocentrismo adolescente natural por la manipulación, literariamente mucho más femenina.

Al final, en cualquier buena historia adolescente que se precie, el verdadero problema, el único e irremediable drama es el amor. Como si de un trío incomprendido se tratara o una comedia casi de enredos, está el amor no correspondido de los vecinos a las niñas, y el amor insostenible de las hermanas Lisbon hacia ellas mismas, en las que el engaño final conlleva a que el telón termine bajado sobre unos chicos adolescentes que comprenden muy tarde, con esa punzada dolorosa e incrédula del que se sabe víctima de una estafa mayúscula.

El amor adolescente está basado en el autoengaño casi místico, un rezo interior y desesperado en el que el resto de religiones apenas creen. El castigo termina siendo la incapacidad de olvido, el recuerdo latente de las cinco hermanas en las vidas de los muchachos después de tantos años, que siguen leyendo sus diarios y los recortes de los periódicos, convertidos en radiografías que esconden los síntomas de una enfermedad incurable o el misterio de un asesinato que la memoria no va a dejar que quede impune. Al final, lo único que queda de esa obsesión es un consuelo, agarrarse a un recuerdo como a un clavo ardiendo para no dejar escapar ese primer amor de juventud, que es tan ambiguo, tan intangible y tan desconcertante como la propia adolescencia.

Tan listo es Eugenides, tan perspicaz, que colocó la primera piedra de su obra en torno a la cuadratura del círculo; mientras las niñas buenas van al cielo y las malas están en todas partes, sólo él parece saber por qué las niñas bien nunca saben dónde ir.

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Artículo publicado originalmente en Nueva Revista.

 

Adaptation

Un día me preguntaron sobre cómo funcionaba el proceso de escritura y no tuve ni idea de cómo responder. Imagino que desde fuera se verá como algo místico, casi una revelación de la verdad absoluta, un timbrazo o pitido de una bocina que brota desde un lugar recóndito del cerebro e, inexplicablemente, llega en ocasiones a tener sentido. Días después descubrí que mi caso era bien sencillo: empiezo siempre por el final y me invento todo lo demás.

Elena Ferrante contaba recientemente en un artículo en The Guardian que la experiencia de escribir desde niña un diario la arrojó al final en brazos de la ficción. Acabó tan cansada del ejercicio de descripción y a la vez tan asustada de que alguien pudiera descubrir lo que de verdad pensaba que prefirió contar esas verdades suyas en historias ajenas e inventadas, camuflándolas como pequeños camaleones en hojas verdes brillantes. Si hay algo común a los que escribimos es que, fuera de los libros, preferimos mentir descaradamente.

En El ladrón de orquídeas, reportaje de Susan Orlean que mutó en libro y que se llevó al cine por Spike Jonze (Adaptation), John Laroche se divide entre la obsesión patológica del coleccionista y el vacío que experimenta desde una insatisfacción congénita. Más allá de una absurda interpretación de la crítica a una sociedad consumista, el relato habla de la naturaleza humana, tan compleja y tramposa. Orlean explicó que su proceso a la hora de escribir es buscar en el día a día algo en lo que no ha reparado previamente, un resquicio de lo ordinario que poder observar con un nuevo prisma para después contar una historia. También es común en los escritores arruinar primero la vida de los demás antes que hacer peligrar la nuestra.

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Call me by your name

Se equivocó Dios al colocar la manzana como la fruta prohibida en vez del albaricoque. Las manzanas no manchan, son harinosas y al segundo mordisco el aburrimiento es palpable y se nota hasta en el paladar. Los albaricoques, sin embargo, se quedan pegados a la boca, a las manos, dejan un rastro pegajoso en dedos, labios y barbilla, escurren jugo al morderlos, su piel se pega a la tuya y el hueso se chupa hasta que la lengua se queda dormida, intentando extraer hasta el último hilo de carne. Está claro que Dios no sabía nada de sexo.

De una historia narrada ya mil veces, el despertar sexual del primer amor, la novela de Aciman, bellísimamente trasladada al cine por Luca Guadagnino, es experta en recrearse en un erotismo y un deseo que comienza tremendamente sutil, apenas un roce en la espalda, una mirada a destiempo o un mal entendido despecho, para acabar explotando como un caballo desbocado, salvaje, en esa ingenuidad adolescente llena de hambre y ganas, pero también de desconocimiento, de lloros, de un torrente de emociones imposibles de gestionar que acaban salpicando todos los rincones de la casa.

Call me by your name es una historia de silencios, de miradas penetrantes, de moscas colándose por ventanas, el calor sordo del verano, kilómetros en bicicleta en una Italia del norte desértica de partidas de cartas y orquestas pequeñas, pero también de ruidos, como el de la madera de la cama crujiendo tras las embestidas, un piano cuya música envuelve las tardes, los platos amontonados tras los desayunos, comidas y cenas, el agua salpicando, los mordiscos a las frutas cogidas de los árboles, las pisadas continuas de vivir descalzo y de los besos sonoros de una familia que se quiere a cada rato, a cada día.

Porque el argumento es, casi por encima de las lágrimas finales, de la fecha de caducidad del primer amor, de la pena de septiembre, de un sexo trémulo que será infinito, una historia sobre el reconocimiento, el descubrirse y entenderse en unos ojos ajenos, sean  los de un desconocido que cambiará a un adolescente o los de un padre y una madre que acunan, dan alas y cobijan entre abrazos incondicionales a un hijo con un corazón hecho pedazos.

Es imposible no reconocerse en esas lágrimas finales y echar un ojo a las propias cicatrices, blancas y lejanas la mayoría que se mezclan con alguna impertinente que sigue rosácea y abultada, para admitir, como confiesa brusca e impetuoso el anhelo de los diecisiete años, que seguimos no sabiendo nada de las cosas importantes de la vida.

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Llámame por tu nombre, de André Aciman, está publicado por Alfaguara y la adaptación se ha llevado al cine por el director Luca Guadagnino.

 

 

En cuerpo y alma

Canción dulce, de Leila Silmani, me revolvió el estómago, el juicio y el corazón. Se juntó el quejido valiente y tremendo de la artista Paula Bonet  sobre la ausencia de palabras acerca de la maternidad con el peor desenlace posible en un librito de cinco personajes y trescientas páginas. Si con Marta Sanz en Clavícula me estallaron todos los huesos del cuerpo de una manera insoportable y enfermé quince veces, con este libro la angustia por el bienestar de unos hijos que ni existen ha sido desalentadora.

Me es imposible no escudriñar la casa de enfrente  desde los 18 grados  de la terraza e intentar adivinar todos los cadáveres escondidos en los armarios, las discusiones de punta a punta de la casa, ver si puedo localizar si hay un niño en peligro, cuántas personas mayores llorarán por estar solas o si alguien rescatará restos de comida de la basura para volverlos a poner en la mesa. Cómo responde el cuerpo ante la pérdida de un amor que se supone puro, tirano e incondicional, como el de ese hijo que decide de repente, ignorar a una madre o un padre, trasladar ese afecto, como si de una transferencia bancaria se tratara, a otra cuenta, a otros brazos, a una tumba.

Desde hace varios años, mi cuerpo protesta a veces. La cabeza algunos domingos por la mañana, de forma justificada y hastiada, la rodilla izquierda asociada, según un ridículo autodiagnóstico, a lluvia y tormenta, y el corazón aleatoriamente  y sin motivo ya aparente. De ahí que a veces intente mirarme para dentro, me pregunte a qué se deben punzadas indescifrables en partes que no sé ni cómo identificarlas y que me obsesione por los cuerpos ajenos. Cómo será el dolor en otra cabeza, en otra rodilla y en otro corazón. El dolor del miedo, el de los clavos de operaciones, el de una brecha en la cabeza, el de un corte, el del portazo en la cara, el de una casa lejana, el dolor de un divorcio, el de una despedida,  el de un parto o el de un entierro.

Hay tabú hacia todo lo que a uno le duele, sobre todo si se empieza con un corte inocuo y acaba inexplicablemente partiendo el alma. Con tanta tristeza y herida alrededor es inevitable que me pregunte en días soleados y alegres como el de ayer que cuándo empezarán a sangrar los 21 gramos de la mía.

 

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Paper Girls

 

Paper Girls o la fabulosa voladura ochentera, guerrera, adolescente y feminista.
De, cómo no, Brian K. Vaughan y Cliff Chiang.

Una declaración de amor

Contaba Bolaño que las metáforas son la manera que tenemos de perdernos en las apariencias o de quedarnos inmóviles en el mar de las apariencias, que en ese sentido funcionan como el más puro salvavidas. Pero la trampa, ay, la trampa, es que hay salvavidas que ayudan a flotar mientras que hay otros que caen a plomo en el fondo, hundiéndote por siempre jamás. Que la vida iba en serio y todo lo demás, que conviene no olvidar la lección y localizar ese salvavidas que consiga acercarte a la orilla.

Mi salvavidas es la tortilla francesa.

La tortilla francesa me ha salvado la vida infinidad de veces, la vida mía del día a día, del trabajo amargo, del desamor universitario, de la lejanía de casa, de los funerales a destiempo, la vida del lloro repentino que aparece en medio del salón sin haber sido invitado.  La vida de no saber qué hacer, la de aguantar el hipo, la de pensar en otra cosa y la vida de un martes de no tener nada para cenar.

La he comido desde que no tengo ni recuerdo, por toda la geografía española y parte del extranjero, en comedor de colegio, en campos de fútbol, en conciertos, en bocadillo, con pan tostado, untado en tomate, con brie, con salmón ahumado, queso, finas hierbas, atún, jamón y en la terraza de mi casa de pie. La he cenado en los mejores y peores días de mi vida, me he atragantado con ella de tanto reírme, las he cocinado para los demás y para mí, y no escondo que fantaseo a menudo con la comida de un restaurante ya cerrado en Manhattan que las hacía enormes, esponjosas y baratas, donde fuimos en mi casa tremendamente felices, con esa felicidad espontánea, explosiva e infantil que siempre tienen las familias cuando descubren por primera vez Nueva York.

La tortilla francesa significa que cuando la muerdo, pase lo que pase, todo va ir bien. Aunque siga lloviendo, todo va a ir bien. Y por todo eso, por lo que significa un huevo roto con un tenedor, cuando J me hizo por primera vez una tortilla para cenar, en otra casa y en otra vida, y le salió tal como a mí me gusta, alargada, acolchada y poco hecha, fue por lo que me casé con él.

 

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La isla y los demonios

La vida le parecía irrealmente hermosa. Tendida sobre el mar, sintiendo flotar sus cabellos, empezó a reírse suavemente. Nunca nadie comprendería el encanto de esta aventura contándola con las limitadas palabras que tenemos para expresarnos. ¿Qué podría decir? “Así ha sido el más hermoso día de mi vida: no comí y me fui en un coche polvoriento a buscar a mi familia a un sitio donde no estaba. Encontré a una persona a quien quiero mucho que estuvo riñéndome de la manera más agria. Dormí en un cuarto horrible lleno de pulgas, y cuando no lo pude resistir más salí a bañarme al mar yo sola, desnuda, en la noche.”

Y, sin embargo, esta era la felicidad. Profunda, plena, verdadera. Cada uno tiene una manera distinta de sentir la felicidad, y ella la sentía así.

Y tuvo un temor grande y supersticioso de que el destino le guardara algo muy malo para vengar esta alegría que ella había alcanzado quizás indebidamente. Le parecía que jamás había oído a nadie que una muchacha de su edad hubiera tenido tal plenitud de dicha como la que ella sentía entre las aguas del mar del Sur, esta noche, sin merecerla.

La isla y los demonios, Carmen Laforet

 

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Y las mujeres de Matt Kelly
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Walk this way

El cuchillo, cómo no, se salió de su trayectoria y terminó en mi dedo. La sierra dentada se hundió en la carne, sin resistencia alguna, y mi cerebro se dio cuenta, como siempre, tarde. Lo achaqué, como todo lo que me ocurre, a un castigo de Dios: cortar panceta ibérica a las seis y media de la tarde para hacerme un bocadillo debe de ser pecado.

En cuanto limpié sangre y envolví el dedo de una forma cutre y supongo que poco aséptica, hice lo que hacen todos los seres humanos en la misma situación: retomar la actividad, con un dedo menos y sumando más probabilidades de riesgo. La culpabilidad también tomó cartas. Tan injusto fue saber que con una manzana no me hubiera cortado, porque ni las compro, que no sólo me hice un bocadillo enorme sino que aproveché parte de la panceta para hacer un sofrito para lentejas.

Cuando te pasa algo tan estúpido e irrisorio como cortarte un dedo y no hay nadie para verlo, lo primero que te apetece, a la manera inventada de Dominguín con Ava Gardner, es contarlo. “Nadie me quiere, nadie se preocupa de mí”, le cantaba escondido Igor al Dr. Frankenstein en un calabozo, mientras se reía de su propia ocurrencia. Es curioso que cuando Gene Wilder garabateó en dos hojas arrugadas la sinopsis de El jovencito Frankenstein, se encontraba en uno de los picos bajos de su carrera, ninguneado tanto por la industria como por su segunda mujer.

“Mírate al espejo, y échale la culpa a Dios”, le dijo Mel Brooks a Wilder cuando este se quejaba de que todo el mundo se reía del personaje que interpretaba en Madre coraje y sus hijos. Nunca una pareja tuvo tan magníficos resultados tirando balones fuera. Si algo me encandila precisamente de El jovencito Frankenstein es que, de una película de terror que podría haber sido un terrible drama (un cómico que escribe deprimido la historia de un monstruo abandonado, bobo y solo), sale una de las mejores lecciones sobre optimismo de todo el cine. Alegrarse por estar vivo. Aceptarse a uno mismo. Empeñarse en arreglar lo que está mal, aunque no sepa uno por dónde empezar. Quedarte con lo que quieres tú y no con lo que esperan los demás.  Cortarse y seguir cocinando.

Por supuesto, el bocadillo y las lentejas estaban de escándalo.

 

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Qué vas a hacer con el resto de tu vida

Si echo un vistazo atrás, confirmo sin ningún tipo de rubor que todas las cosas buenas que me han pasado han sido totalmente por accidente, acompañadas casi siempre de un encogimiento de hombros, un poco de ingenua ignorancia y tremendo entusiasmo, porque si algo funciona (la Coca-Cola, la democracia, la minifalda y los karaokes) para qué cambiarlo. Las dos o tres veces que he tenido que pensar una decisión vital he acabado del revés: con dolor de cabeza y llamando llorando a mi madre. Lo mejor de no ser un genio o una estrella emergente es que sigo viviendo sin ninguna vergüenza, sin traumas infantiles, y manteniendo la capacidad de que, si me lo propongo, bailo fenomenal mientras voy andando por la calle o suenan canciones pegadizas en centros comerciales. Tanto es así que hace ya varios años me di cuenta que, bebido el primer café, el día puede discurrir porque  a mí la vida me pasa, y me pasa casi siempre para bien.

Descubre Carmelo Gómez en La gran vida, película de Antonio Cuadri, que a pesar de todo lo que le han contado, la vida es algo tan simple como caer y levantarse, y volver a caer y volver a levantarse, alegrarte los viernes y lloriquear los lunes, abrazarte a quien te abrace y a quien no te abrace pues no te abrazas y punto, y no pasa nada.

Me encantó encontrar en  Qué vas a hacer con el resto de tu vida, la nueva novela de Laura Ferrero, un mensaje similar pero rodeado de una esperanza húmeda y cálida, porque nos gusta jactarnos de que la prioridad de la vida somos siempre nosotros mismos. Como los protagonistas de la novela, es momento de aceptar que en el fondo lo que somos son pequeñas islas a la intemperie, que vemos llegar barcos que piden permiso para atracar en la orilla, sin saber el tiempo que se quedarán, si pedirán auxilio por una tormenta fugaz o si, inexplicablemente y como los aventureros de siglos pasados, un día decidirán partir tras años por sorpresa y sin hacer ruido al amanecer. Los abrazos, los viernes, las novelas que enternecen, los barcos grandes y los botes salvavidas llegan cuando tienen que llegar. A pesar de la vida.

 

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